domingo, 23 de marzo de 2014

CAPITULO 141


Tener a Paula durmiendo sobre mí en el vuelo de regreso a Londres me
hizo sentirme mejor de lo que había estado en días. Ella estaba totalmente
agotada, y tan exhausta que se había quedado dormida casi de inmediato
después de sentarnos en nuestros asientos. Tampoco la culpaba. La
despedida de su madre había sido… dolorosa, a falta de una descripción
mejor. Yo mismo estaba exhausto por la experiencia. Dios, esa maldita
mujer no me gustaba ni una pizca. Me esperaba un jodido infierno con esta
suegra. Y no había nada en el mundo que pudiera hacer al respecto. Mi
dulce chica tenía una bruja como madre. Era muy guapa en plan diseñador
chic, pero una bruja abominable al fin y al cabo. Imaginé a Miguel Chaves
recibiendo ahora sus alas de santo por haberla soportado todo ese tiempo.
Reprimí un escalofrío.
Su queridísima madre había intentado que Paula prolongara su viaje y
me dejara ir a casa solo. Me rechinaron los dientes al recordarlo. ¡Como si
yo hubiera permitido tal cosa! Seguro que habría intentado influirla para
que me dejara o para que regresara a Estados Unidos.
Al final Paula no le hizo caso a su madre. Simplemente se dio la vuelta
y dijo que volvería a casa a Londres para casarse conmigo y tener a nuestro
bebé. No creo que jamás me haya sentido más orgulloso de nadie como de
mi chica cuando pronunció esas palabras y me miró.
Paula abrió los ojos y yo capté ese momento de inocencia, ese
despertar feliz e inconsciente de todas las cosas malas que le habían
ocurrido en su vida…, como perder a un ser querido. Solo duraba una
décima de segundo, en cualquier caso. Lo sé por experiencia.
Sus ojos brillaron en un primer momento y entonces se nublaron,
mostrando el dolor de su realidad durante unos segundos antes de cerrarlos
para protegerse de pensamientos dolorosos y poder superar el resto de ese
viaje en el que estábamos tan expuestos. Viajar en primera clase era mejor
que en turista, pero aun así estábamos en una cabina, rodeados de extraños
y sin ninguna privacidad. Paula había mantenido la compostura hasta ese
momento. Todavía no se había venido abajo, y debo decir que me
preocupaba bastante, pero no había nada que pudiera hacer. No podía sufrir
en su lugar. Tendría que hacerlo ella a su modo y a su tiempo.
La azafata vino para tomar nota de nuestras cenas. Salmón o pollo a la
parmesana encabezaban esa noche el menú. Miré a Paula y obtuve un
minúsculo movimiento de cabeza y una cara triste. Lo ignoré y le dije a la
azafata que los dos tomaríamos salmón, pues recordé cuánto le había
gustado cuando cenamos con mi padre y Maria.
—Tienes que comer algo, cariño.
Asintió con la cabeza y sus ojos se humedecieron.
—¿Qué…, qué voy a hacer ahora?
Le cogí la mano y la presioné contra mi corazón.
—Vas a volver a nuestra casa y pasarás un tiempo descansando y
haciendo lo que te haga sentir mejor. Irás a ver a la doctora Roswell y
hablarás con ella. Vas a trabajar en tu investigación para la universidad
cuando te sientas con fuerzas para ello. Organizarás la boda con las chicas
y con Oscar. Iremos a ver al doctor Burnsley para concertar una segunda cita
y para averiguar qué tal va nuestra aceituna. Vas a dejar que te cuide y a
seguir adelante con tu vida. Con nuestra vida.
Ella escuchó cada palabra. Absorbió cada una de ellas y yo estaba
contento por haberle dado algo que creo que necesitaba escuchar. En
ocasiones, tener a otra persona que te diga que todo va a salir bien es lo que
realmente necesitas para superar los momentos más duros. Sé que Paula
necesitaba escucharlo, tanto como yo decirlo.
—Y yo estaré junto a ti en cada paso del camino. —Me llevé su mano a
los labios—. Te lo prometo.
—¿Cómo sabes lo de la aceituna? —dijo sonriendo un poquito.
—Puse la página de Embarazo en mis favoritos y la visito
religiosamente, como tú me recomendaste. Esta semana es del tamaño de
una aceituna, y la semana que viene de una ciruela pasa. —Le guiñé el ojo.
—Te quiero —susurró en voz muy baja, y se pasó la mano por el pelo.
—Yo también te quiero, preciosa. Mucho, muchísimo.
La azafata llegó con toallitas húmedas y el servicio de bebidas. Yo pedí
vino y Paula zumo de arándanos con hielo. Esperé a que diera un sorbo.
No quería tener que obligarla a comer, pero recurriría a tácticas
persuasivas si tenía que hacerlo.
Para mi sorpresa y alivio, pareció gustarle el zumo de arándanos.
—Esto sabe muy pero que muy bien. —Dio otro sorbo—. Se me están
pegando tus palabras.
—Puedo asegurarte que todavía suenas como mi chica americana,
cariño.
—Lo sé, quiero decir que se me está pegando tu manera de hablar, como
decir «esto sabe bien» en lugar de decir «esto está rebueno». Se me está
pegando de estar tan cerca de ti —dijo.
—Bueno, dado que jamás te vas a librar de mí, entonces supongo que
significa que en poco tiempo conseguiré que hables como una británica
nativa.
—Bueno, puedes intentarlo, desde luego. —Bebió un poco más de zumo
y pareció algo más animada.
—Para cuando nazca la aceituna, serás una yanqui irreconocible, estoy
seguro.
Su cara se iluminó.
—Me acabo de dar cuenta de algo guay.
—¿De qué se trata? —pregunté intrigado pero feliz de verla más
animada de lo que había estado en muchos días.
—Aceituna tendrá acento inglés —dijo arrugando ligeramente la nariz
—. Me resulta un poco extraño…, pero supongo que me acostumbraré a
ello… y me gusta.
No pude evitar reírme.
—Serás la mejor mamá aceituna del mundo.
Me sonrió un momento, pero entonces la sonrisa desapareció tan rápido
como había aparecido.
—No como la mía, eso desde luego.
El dolor y la angustia sonaron alto y claro en sus palabras.
—Siento haberlo mencionado —dije moviendo la cabeza; no quería
hablar mal de su madre, pero me resultaba muy difícil no hacerlo.
—Quieres decir haberla mencionado.
—Eso también —argumenté. En realidad no quería meterme en las
complejidades de la relación de Paula con su madre, pero si era eso de lo
que quería hablar, entonces podría sin duda darle mi opinión. Solo
esperaba no tener que hacerlo.
Me libró de ello haciéndome otra pregunta.
—¿Y qué hay de tu madre, Pedro?
—Bueno, apenas la recuerdo. Lo único que tengo son los recuerdos que
despiertan las fotografías. Creo que puedo acordarme de cosas de ella, pero
quizá solo lo imagino cuando veo las fotos y escucho las historias de ella
que me cuentan mi padre y Luciana.
—Dijiste que te habías tatuado las alas en tu espalda por tu madre.
No, no quería hacer esto ahora mismo.
Casi suspiré, pero justo conseguí retenerlo. Sabía que era mejor dejarla
al margen en ese momento. Paula me había preguntado antes por el
tatuaje y sabía que ahora ella quería que yo compartiera eso, pero
simplemente no me sentía todavía preparado para ello. No aquí, en un
vuelo público bajo circunstancias trágicas. No era para mí el momento ni
el lugar adecuados para dejar salir esas emociones.
El salmón apareció justo entonces y me salvó.
Paula siguió bebiendo zumo y evitando la comida, que no estaba para
nada mal para ser comida de avión.
—Toma —dije ofreciéndole el tenedor con un trocito de pescado, tras
decidir que si ella no iba a comer por su cuenta, entonces tendría que
alimentarla yo mismo.
Escudriñó el trozo con cuidado antes de abrir la boca para recibirlo. Lo
masticó lenta y pausadamente.
—El salmón está bueno, pero yo quiero saber por qué las alas te
recuerdan a tu madre.
De modo que es así como quieres jugar, ¿eh? Chantaje emocional a
cambio de comer… Le ofrecí otro trozo de pescado.
Mantuvo los labios cerrados.
—¿Por qué ese tatuaje, Pedro?
Respiré hondo.
—Son alas de ángel, y dado que me la imagino así, me pareció muy
apropiado tener las alas a lo largo de la espalda.
—Es una idea bonita —sonrió.
Le tendí otro pedazo tierno de salmón, que esta vez aceptó sin rechistar.
—¿Cómo se llamaba tu madre?
—Ana.
—Es bonito. Ana. Ana Alfonso… —repitió.
—Yo también lo creo —le dije.
—Si aceituna es una niña, creo que tenemos el nombre perfecto para
ella, ¿no crees?
Sentí cómo se me movía la garganta para tragar saliva. Y no se debía a
comer salmón. Su propuesta significaba algo para mí…, algo profundo y
muy personal.
—¿Harías eso?
—De verdad que me encanta el nombre de Ana, y si tú quieres,
entonces… Sí, por supuesto —respondió, con sus ojos un poco más
brillantes que antes.
Yo estaba conmocionado, completamente agradecido por su generosidad
y buena voluntad al brindarme un regalo tan bonito, sobre todo en un
momento de tristeza tan terrible para ella.
—Me encantaría llamar a nuestra niña Ana por mi madre —afirmé
con sinceridad antes de sostener en alto un pequeño pedazo de pan.
Ella cogió el trozo de pan y lo masticó lentamente, sin quitar en ningún
momento los ojos de mí.
—Bueno, entonces ya está decidido —dijo con una voz triste y
meditativa.
Imaginé lo que debía de estar pensando, así que fui a ello.
—¿Y si aceituna es un niño?
—Sí, sí, sí. —Comenzó a llorar—. Quiero… llamarle Mi… g… guel
—consiguió decir antes de desmoronarse justo encima del océano
Atlántico, en una cabina de primera clase, en el vuelo nocturno 284 de
British Airways, de San Francisco a Londres-Heathrow.
La acerqué a mí y la besé en la frente. Después la abracé y dejé que
hiciera lo que finalmente necesitaba. Lo hizo en silencio y nadie se fijó en
nosotros, pero aun así me dolía tener que presenciar cómo atravesaba el
siguiente paso del duelo.
La azafata, que llevaba una insignia con el nombre de «Gloria» y tenía
un leve acento irlandés, se percató y acudió rápidamente para ofrecernos
ayuda. Le pedí que se llevara la cena y que nos trajera una manta más.
Gloria pareció entender que Paula estaba afligida y se apresuró a retirar
la comida, apagar las luces y traer una manta para taparnos. Cuidó mucho
de nosotros durante el resto del vuelo y me aseguré de agradecerle
sinceramente su amabilidad cuando desembarcamos varias horas después.
Durante el resto del vuelo abracé a mi chica contra mi pecho hasta que
agotó sus lágrimas y se durmió. Yo también descansé, pero a ratos. Mi
mente se movía hacia todas partes. Tenía abundantes preocupaciones y
solo podía esperar y rezar para que el farol que me tiré cuando amenacé a
Pieres en el funeral funcionara. Estaba preparado para hacer todo lo que
había prometido si alguien daba un paso hacia Paula, que sabía que
estaría muy vigilada de aquí en adelante.
No sabía quién era el responsable de las muertes de Montrose y Fielding.
No sabía si Miguel Chaves se había implicado en ese lío y si había sido
asesinado. No sabía quién había mandado ese mensaje al móvil antiguo de
Paula, ni quién había dado el aviso de bomba la noche de la gala
Mallerton. No sabía muchas cosas de las que necesitaba algunas
respuestas.
Sentía miedo dentro de mí.
Un miedo insano, como una locura, que me tenía aprisionado y me
calaba hasta los huesos.

CAPITULO 140



Me sentí aliviada cuando Pedro vino a mi lado de donde quisiera que
hubiese estado. Lo necesitaba, y todo parecía más fácil de llevar cuando él
estaba cerca. Eso me hacía sentir muy débil, algo que yo aborrecía, pero no
podía evitarlo y estaba demasiado exhausta como para importarme. Él era
el único salvavidas que tenía aquí. Quería volver a casa. A Londres, a mi
casa.
Cuando subió llevaba consigo dos platos de comida.
—Te he traído un poquito de todo —dijo.
—Oh, gracias…, pero ahora no tengo nada de hambre. No puedo comer
eso —contesté mirando la fruta y el cruasán.
Frunció el ceño y apretó los dientes. Supe que estaba a punto de tener
una discusión.
—Tienes que comer algo. ¿Qué has tomado hoy además de un poco de
té? —musitó—. Piensa en el bebé…
—No puedes obligar a nadie a comer. Créeme, lo sé por experiencia —la
altiva voz de mi madre interrumpió nuestra discusión.
Nada de opiniones tipo: «Pedro tiene razón, Paula, tienes que comer
porque tu bebé necesita comida aunque tú no tengas hambre», o
comentarios como: «Ahora comes por dos, cariño». En fin…, ¿qué podía
esperar?
Vi a Pedro girar la cabeza y clavarle la mirada a mi madre. Creo que le
salía un poco de humo de las orejas, pero no perdió el control como
pensaba que podría hacer. Simplemente se quedó helado y la ignoró.
—Ven, siéntate conmigo y toma algo —me dijo con una voz delicada
acompañada de la firme intención de llegar hasta el final.
¿Cómo iba a decirle que no? No podría. Lo que hacía lo hacía porque se
preocupaba por mí. Yo necesitaba comer, a pesar de que mi apetito fuera
inexistente. Pedro tenía razón. Tenía alguien más en quien pensar además
de en mí. Sobre todo ahora.
Miré a mi madre y mis ojos deambularon a lo largo de su aspecto en ese
momento impecable, tanto el vestido como el peinado, para el funeral de
su exmarido. ¿Por qué demonios habrá siquiera venido a la misa? Apenas
había hablado con mi padre después de que me mudara a Londres. Puede
que hasta ni sintiera pena por él. ¿Podría? No tenía ni la más remota idea.
Me apenaba darme cuenta de que no podría jurarlo, porque no la conocía lo
suficiente para hacerlo. Mi madre y yo no estábamos tan unidas como para
eso. No compartíamos nuestros sentimientos o secretos. Nunca supe por
qué se divorció de pronto de mi padre, o si incluso alguna vez le había
querido. No sabía siquiera por qué se habían casado. ¿Cómo se habían
conocido? ¿Dónde le había pedido él matrimonio? ¿Anécdotas de sus
citas? No tenía nada.
Me giré y fui con Pedro hacia la mesa, con mi corazón cada vez más
lejos de ella a cada paso que daba.
—Eres tan guapa —dijo Pedro en voz baja mientras yo trataba
denodadamente de ingerir un poco de la comida que me había traído—, por
dentro tanto como por fuera.
Intenté tragar el melón dulce, que por cómo sabía en mi lengua debía de
ser seguro un trozo de serrín húmedo.
—Quiero irme a casa —le dije.
—Lo sé, nena. Yo quiero llevarte a casa. No hay muchas más cosas de
las que preocuparse. Dado que tu padre lo tenía todo en fideicomiso,
podemos volver en unos meses y ocuparnos de todo entonces. El señor
Murdock dijo que en cualquier caso lo mejor sería esperar un poco…, no se
deben tomar decisiones sobre algo tan personal así de primeras —explicó
poniendo su mano sobre la mía.
Sí. Hugo Murdock era el compañero de negocios de mi padre en la firma
de abogados. O… lo había sido. Lo mejor es un fideicomiso testamentario,
decía siempre mi padre. Ahora yo contaba con una casa en Sausalito, todo
el dinero y las inversiones de mi padre; todas las posesiones materiales que
había adquirido en sus cincuenta y un años ahora me pertenecían.
Yo no quería nada de eso. Solo quería que mi padre volviera.
Una voz amiga interrumpió mis pensamientos.
—Paula…, oh, cariño, estás aquí.
Me volví y vi a Jesica con los brazos abiertos. Fui hacia ella y abracé a
mi amiga con fuerza. Jesi y yo íbamos juntas al colegio. Primer grado, en
la clase de la señorita Flagler. Prácticamente inseparables curso tras curso
hasta el último año de instituto. Hasta las vacaciones del Día de Acción de
Gracias, para ser exactos.
Sí, Jesica había estado conmigo el día que me ocurrió eso. Había sido
una verdadera amiga cuando la había necesitado, pero después de lo
sucedido yo no había estado muy predispuesta a las amistades. Necesitaba
marcharme. Algo necesario en mi proceso de recuperación. Habíamos
seguido en contacto a lo largo de los años desde que estaba en Londres,
pero no nos habíamos visto desde hacía más de cuatro años. Ella seguía
estando bronceada y atlética, con su pelo rubio cortado como un hada como
complemento perfecto a su complexión pequeñita. Me emocionó que
apareciera aquí para darme el pésame.
—Lo siento muchísimo, Paula. Tu padre… era simplemente el hombre
más dulce del mundo… Me gustaban mucho nuestras conversaciones
siempre que nos veíamos en el gimnasio. Le encantaba hablar de ti.
—Oh, Jesi… —Sentí que se me humedecían los ojos y que mis
emociones se amontonaban—. Gracias por venir, significa muchísimo para
mí verte aquí. Él te tenía mucho cariño. Pensaba que eras muy dulce. —
Nos abrazamos otra vez y la contemplé bien—. Es maravilloso verte de
nuevo. —Me volví a Pedro—.Jesi, este es Pedro Alfonso, mi
prometido. —Alcé la mano y mostré mi anillo de compromiso—. Pedro,
esta es Jesica Vettner, mi amiga desde primer grado.
—Es un placer, Jesica—dijo Pedro mientras se estrechaban la mano.
Me pregunté si recordaría que Jesi era con quien fui a la fiesta aquella
terrible noche de mi vida. Si lo recordaba, no mostraba signo alguno de
ello. Pedro disimulaba muy bien en estas situaciones.
Entonces Jesica se giró hacia su acompañante e hizo las presentaciones.
Otra cara de mi pasado. Bruno Westman estaba junto a Jesi. Guau…,
demasiadas emociones. Necesitaba un momento para asimilarlo, estaba
demasiado abrumada. Ver antes al padre de Facundo Pieres había sido de
locos. Me había dejado tan desconcertada que apenas se me había quedado
nada de lo que me había dicho. Mi madre había pasado más tiempo
hablando con el senador que yo. ¿Y ahora Bruno estaba también aquí?
—Paula, siento muchísimo tu pérdida —dijo Bruno mientras daba un
paso para abrazarme.
—Hola, Bruno. Ha pasado mucho tiempo.
Me sentía incómoda, pero sabía que debía de estar siendo igual de
incómodo para él. Compartíamos una parte pequeña de nuestro pasado,
pero no era eso lo que hacía que a mi corazón hecho pedazos lo estuvieran
estrujando al máximo. Era por el hecho de que nosotros cuatro, que ahora
estábamos aquí de pie, lo sabíamos. Y también habíamos visto el vídeo o
teníamos conocimiento de su existencia.
Quería irme a casa ahora más que nunca.
—Gracias por venir hoy. Es muy amable por tu parte.
—Es un placer.
Bruno concluyó el abrazo y yo escudriñé dentro de sus ojos oscuros. No vi
nada dañino en ellos. Solo amabilidad y quizá algo de curiosidad. Eso
debía de ser normal, ¿no? Nos habíamos conocido en una competición de
atletismo cuando estábamos en mitad de secundaria y luego salimos juntos
al comienzo de mi último año de instituto. Habíamos tenido citas que
terminaban como solían hacerlo todas mis citas en aquellos tiempos: sexo
furtivo en lugares privados. Él me gustaba mucho. Bruno era entonces un
chico muy mono y ahora era un hombre atractivo. Ambos compartíamos
una pasión por Hendrix y habíamos tenido muchos debates sobre su
música. Jesi tenía toda la razón cuando me puso en un mensaje en
Facebook que Bruno seguía siendo «sexi». Siempre me había tratado bien.
Nada que ver con cómo me había tratado Facundo Pieres.
Facundo estaba en la universidad y yo era pequeña y estúpida. Hacía toda
una vida de eso. Hacía todo un mundo. ¿Sabía Bruno que él fue la causa de
que Facundo se enfadara tanto como para drogarme y después grabarme con
sus colegas aprovechándose de mí sobre una mesa de billar? Si yo no
hubiera salido con Bruno, quizá Facundo y sus amigos no habrían grabado ese
vídeo la noche de la fiesta. Las posibilidades eran infinitas. Y si hubiera…,
y si pudiera… Sí, no me hacía ningún bien seguir por ese camino.
—Me lo dijo Jesi, desde luego —dijo y me rodeó con el brazo en un
gesto cariñoso y familiar—, y quería darte el pésame en persona.
Jesica le miró y le hicieron chiribitas los ojos. No hacía falta ser un
genio para ver que mi vieja amiga se había enamorado profundamente de
Bruno Westman. Y a él también parecía gustarle. Esperaba de corazón que
les fuera bien. Hacían muy buena pareja.
Forcé una sonrisa y realicé la mejor actuación de mi vida.
—Me alegro un montón de veros. Ha pasado muchísimo tiempo.
Pedro me apretó contra su costado mientras charlábamos con ellos. Era
un gesto posesivo por su parte, que a estas alturas ya me resultaba muy
familiar. Me acariciaba el brazo arriba y abajo mientras ponía toda su
atención en Jesi y Bruno. Sobre todo cuando Bruno nos dijo que su empresa lo
iba a mandar a los Juegos Olímpicos para un viaje de negocios y que
deberíamos quedar cuando estuviera en Londres. Mmm …, me temo que eso
no sucederá, Bruno.
Pedro se aseguró de mencionar nuestra inminente boda, y la fecha,
mientras unía su mano a la mía y la alzaba hasta sus labios para besar la
parte posterior. Tenía el mismo efecto que un perro haciendo pis en una
farola, solo que hecho con mucha elegancia y siendo yo la metafórica
farola. Pedro se las apañaba para salirse con la suya con semejante
comportamiento y hacerlo parecer galante. Siempre lo hacía.
Y, otra vez, me preguntaba si habría sido capaz de sospechar mi
«pasado» con Bruno. Juraría que había podido imaginárselo. El sexto sentido
de Pedro era superagudo cuando se trataba de otros hombres y yo. Al
recordar su arrebato cuando me encontré con Luis Langley en la calle
frente a la cafetería, reconocí que los vívidos celos de Pedro se disparaban
respecto a mis relaciones pasadas con otros hombres. Yo por supuesto que
tenía un pasado, eso estaba claro. Había habido algunos hombres en mi
vida, y él debía aceptarlo. Aunque quisiera no podía cambiarlo. Pero Pedro
también tenía un pasado, y aceptar que había cosas que no se podían
cambiar era parte del aprendizaje para confiar en una relación. Ambos
tendríamos que dejar a un lado algunas cosas. Yo no iba a dejar de hablar
con gente como Luis y Bruno solo porque Pedro se pusiera celoso con
cualquier hombre que hubiera estado conmigo antes que él. Yo no estaba
con ellos ahora, estaba con él.
Traté de quitarle importancia. Daba igual. El pasado era simplemente
eso: pasado…, había terminado… de una vez por todas. E incluso aunque
sufría por dentro y estaba totalmente destrozada por la pérdida de mi
padre, aún entendía que había cosas muy importantes. Todo esto me había
abierto mucho los ojos, y así se quedarían. La pérdida de un ser querido te
hace cambiar al instante tus prioridades, eso había aprendido.
Mi padre se había ido, pero mi mente estaba bien.
Sabía qué importaba y qué no. Ahora mi mundo era la persona que me
apretaba contra su cuerpo vigoroso para protegerme con sumo cuidado y la
personita que estaba creciendo en mi interior.

sábado, 22 de marzo de 2014

CAPITULO 139




Paula estaba preciosa con su traje de Chanel negro y el pelo recogido.
Terriblemente triste, pero muy hermosa. Su madre le había traído la ropa
que tenía que ponerse. Utilizaban la misma talla, por lo visto, y Paula se
sentía incapaz de ponerse a discutir llegados a este punto. Noté que estaba
tratando de sobrellevarlo y que en realidad no se había permitido la
libertad de sumirse en la pena.
Yo me mantenía al margen y fuera de las discusiones todo lo que me era
posible. Paula no estaba en forma para soportar una pelea familiar, así
que me mordía la lengua para mantener la paz. La señora Shultz y yo
manteníamos una tregua; casi evitábamos el contacto directo. No la
escuché en ningún momento preguntarle a Paula cómo se sentía con el
embarazo. Ni siquiera una sola vez. Era como si fingiese que no había
ocurrido. ¿Qué clase de madre se despreocupa tanto de su hija embarazada
como para no preguntarle por ello?
Deseé que todo acabara rápido para poder sacar a mi chica de ahí. La
quería de nuevo en suelo británico. El vuelo a casa de esa noche parecía
que no iba a llegar nunca lo suficientemente rápido.
El funeral había ido bien; si es que una muerte precipitada puede ir bien,
quiero decir. Quería que fuese una desgracia, no un asesinato. Paula no
me había preguntado. No creo que la idea le pasara siquiera por la cabeza,
y me alegraba de ello.
Le reconocí en el momento en que llegó a la reunión tras la misa junto a
la sepultura. Había visto suficientes fotos de ese gilipollas baboso como
para identificarle al verle. Debía de tener los huevos como pomelos para
creerse con derecho a entrar como lo hizo. Fue directo a Paula, la abrazó
y le dio sus falsas condolencias por la terrible pérdida. Creo que ella estaba
demasiado triste como para reaccionar ante su presencia. Su madre estaba
a su lado y se puso a hablar con él con evidente cariño, algo que me cabreó.
¿Cómo podía hacerle eso a Paula? El hijo de ese hombre había violado a
su hija, lo había grabado en vídeo, ¿y le trataba como si fuera un amigo?
Bla, bla, gilipolleces. Crucé la mirada con la de Pieres y me aseguré de
que mi apretón de manos fuese muy fuerte.
Sí, eso es, senador, acabamos de conocernos. Va a ver los huevos que
tengo dentro de nada. Vaya que sí.
Tuve que dar un paso atrás y contenerme. Besé a mi chica en la frente y
le dije que volvería en breve. El senador y yo teníamos una cita.
Le seguí e identifiqué a su equipo de seguridad de inmediato. Quiero
decir, es fácil reconocerse en la profesión. Lo único que iba a hacer era
hablar con el senador. Inofensivo, ¿verdad?
Cuando Pieres fue al baño me aseguré de ralentizar el paso al seguirle.
El momento perfecto. Los idiotas de sus guardaespaldas estaban ocupados
llenando sus platos de comida. El lavabo de caballeros tenía pestillo, lo que
suponía una ventaja añadida. Mi suerte no tenía límites hoy.
Estaba inclinado sobre el lavabo cuando él salió abrochándose el
cinturón.
—Estamos solos y la puerta está cerrada, Pieres.
Se quedó de piedra y evaluó la situación. El senador parecía haber sido
bendecido con un mínimo de inteligencia, eso he de reconocérselo. No se
asustó.
—¿Me está amenazando, Alfonso? —dijo manteniendo su tono de
voz.
—Recuerda mi nombre. Muy bien. Me temo que no se lo podría decir…
todavía. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no me lo dice usted,
senador?
—He venido a honrar a quien fue mi amigo durante muchos años, eso es
todo. —Fue hasta el lavabo y abrió el grifo.
—Ah, eso es lo que usted dice. Yo diría que es más una visita para su
campaña, ¿no cree?
—La muerte de Miguel Chaves ha sido un duro golpe para mí y para todos.
Paula es una chica adorable. Siempre lo ha sido. La pérdida de su padre
debe de ser una carga enorme que soportar. Sé lo mucho que Miguel la
quería. Ella era su vida.
Me quedé mirándole, bastante impresionado ante lo teatrero que sonaba.
Debía de estar ensayando para los discursos que tendría en el futuro.
—Enhorabuena por tu futura boda y tu futuro hijo —dijo mientras se
lavaba las manos.
—Así que ya ha leído nuestro anuncio. —Ladeé la cabeza y me planté
frente a la puerta. Ese cabrón no se iría de ahí hasta que yo lo dijese—.
Esto funciona así, senador. Usted escucha, yo hablo. —Tomó una toalla y
empezó a secarse las manos de forma metódica—. Lo sé todo. Montrose
está muerto. Fielding desapareció a finales de mayo. Apuesto a que
también está muerto y seguirá desaparecido. Sé que mantiene retenido a su
hijo en el ejército norteamericano. Puedo unir todos los cabos. Todo el
mundo desaparece. Cuando el informe de la autopsia de Miguel esté
terminado, lo leeré. ¿Se pregunta qué dirá? —Me encogí de hombros.
—No tiene que ver conmigo, Alfonso. —Sus ojos marrones claro me
aguantaron la mirada—. No soy yo.
Me acerqué a él.
—Es bueno saberlo, Pieres. Asegúrese de que es verdad. Tengo cintas,
documentos, grabaciones…, de todo. Miguel Chaves también las tenía. —No
podía estar seguro de eso, pero sonaba bien—. Y si cree que puede
deshacerse de mí para llegar hasta Paula, desatará una tormenta política
que hará que el Watergate parezca un caso de De buena ley. —Di otro paso
al frente—. Mi gente sabe cómo proceder si yo desaparezco —le susurré
—. Descubrirán el pastel y… puf. —Chasqueé los dedos para dar más
énfasis.
Tragó casi imperceptiblemente, pero lo oí.
—¿Qué quieres de mí?
Negué con la cabeza.
—No es lo que yo quiero, Pieres. Es sobre lo que usted quiere. —Le di
un momento para asimilarlo—. Usted quiere continuar su carrera hacia la
vicepresidencia y dormir a gusto en su cama y no en la celda de una cárcel
con un compañero que quiera llegar a conocerle mejor. —Sonreí
ligeramente—. Usted quiere hacer todo lo que esté en su mano para
asegurarse de que Paula Chaves, pronto Alfonso, lleve una vida
encantadora y muy tranquila con su marido y su hijo en Inglaterra, sin
amenazas ni preocupaciones sobre nada que ocurriese en el pasado —
endurecí el tono de mis palabras—. Un vergonzoso suceso del que fue
víctima. Víctima-de-un-atroz-crimen. —Empezó a sudar. Podía ver el
brillo aparecer en sus sienes—. Usted quiere asegurarse de eso,Pieres.
¿Me ha comprendido? —No movió la cabeza, pero sus ojos asintieron.
Conozco esa mirada y me dijo sí con ella—. Bien. Me alegro de que lo
entienda porque este será el único aviso que reciba. Si algo nos ocurre a
cualquiera de los dos…, bueno…, todo estallará. Hablo del Parlamento
británico, el Washington Post, el London Times, Scotland Yard, el M6, los
servicios de investigación norteamericanos, toda la pesca, como diría
usted. —Ladeé y sacudí la cabeza despacio—. Y con las Olimpiadas en
Londres y los buenos propósitos entre Estados Unidos y Gran Bretaña. —
Junté las manos—. No habrá hoyo lo bastante profundo como para que se
oculte en él. —Dejé arrastrar una mano para enfatizar—. Piense en…
Sadam Husein… si quiere. —Abrí el pestillo de la puerta—. Estoy seguro
de que no necesito recordarle más mierda. —Salí del cuarto de baño y me
giré una última vez—. Mucha suerte en las futuras elecciones. Le deseo
una larga y exitosa carrera, senador. Salud.
El gorila de seguridad de Pieres me empujó y entró en el baño, algo
confundido tras oír mi amistoso comentario de despedida.
Asentí hacia él y fui a buscar a Paula. El amor de mi vida, la madre de
nuestro hijo, mi dulce chica había estado alejada de mi vista demasiado
tiempo y necesitaba regresar a su lado.

CAPITULO 138



La luna veraniega se reflejaba en la superficie del agua y pensé en Miguel
muriendo ahí. No era inspector de homicidios, pero se me pasaban algunas
ideas por la cabeza. Ni se me ocurría decirlas en voz alta. Si lo hacía,
entonces condenaba a mi chica a un destino similar. No tomaría ese
camino. 
—Eh, hermano.
—¿Vigilando bien el fuerte? —contesté al brusco saludo de Pablo.
—Las cosas están tan caóticas como siempre, así que no tienes nada de
que preocuparte. Todo como siempre, Pepe.
—Cierto. Y además confío en ti. Dile a esos gilipollas que te lo he dicho,
por favor.
—Será un placer, jefe, pero deberías saber que todos los clientes han
sido muy comprensivos. La mayoría de ellos son humanos.
Di una calada profunda, inhalé el aroma a especias y dejé que ardiese al
máximo. Pablo me esperó pacientemente. Nada parecía apremiarle nunca.
Es el tipo más frío que he conocido.
—Cosas como estas reorganizan las prioridades de uno bastante rápido,
¿sabes?
—Sí, apuesto a que sí. ¿Cómo lo está llevando Paula?
—Ella… está haciendo todo lo que puede por mantenerse fuerte, pero le
está costando. No he podido mencionarle aún la posibilidad de que haya
sido un asesinato, y no estoy seguro de que vayamos a tener alguna vez esa
conversación. Parece que fue un ataque al corazón mientras nadaba, y
desde luego podría haberlo sido, pero quiero ver el informe de la autopsia.
—Suspiré—. Ya sabes lo que puede tardar. Los institutos forenses en
Estados Unidos están tan jodidos como en Inglaterra.
—¿Alguna pista en la casa?
—Aún no. Al ser abogado especializado en testamentos, bienes,
fideicomisos, etcétera, todo estaba en regla, como era de imaginar, pero
está todo demasiado bien atado. Como si supiese que su muerte estaba
cerca. Y bien podría haber sido un ataque al corazón. Paula sabía que
tomaba medicación para la tensión y le preocupaba. Nunca lo dirías. Era un
tipo en forma.
—Mmmm. La única gente que se beneficiaría de su muerte serían los de
la campaña del senador Pieres.
—Lo sé. Lo odio, pero lo sé. Todo va a ir a parar a Paula; la casa, los
coches, las inversiones. No hay sorpresas, pero me pregunto si Miguel dejó
algo que incriminara a Pieres.
—¿Como una declaración en una cinta de vídeo?
—Sí…, exacto. Tal vez lo sepamos mañana. Tenemos una reunión con
su socio a primera hora para solucionar lo del fideicomiso, después el
funeral y la misa. Va a ser un día muy largo.
—¿Cuándo regresas?
—Si podemos dejarlo todo arreglado, en el vuelo de mañana por la
noche. Quiero a Paula lejos de aquí. Me pone muy nervioso. Estoy fuera
de mí.
—Ya. Transmítele nuestras condolencias, por favor. Llámame si me
necesitas. Estoy aquí.
—Gracias…, te veo en veinticuatro horas.
Terminé la llamada, me encendí un segundo cigarro y contemplé cómo
el humo se elevaba en mitad de la tranquila noche. Fumé y pensé,
permitiendo que mi mente volviera a un lugar en el que no había estado
desde hacía tiempo. Me aterraba, y por una razón lógica.
Ahogarse es una manera horrible de morir. Bueno, si estás consciente.
Esto era algo que sabía por experiencia. La heladora y desesperada
sensación cuando el agua te invade la nariz y la boca. Los intentos
imposibles por mantener la calma y aguantar la respiración, cada vez
menor. El dolor de los pulmones faltos de oxígeno.
Creo que los afganos experimentaron conmigo para ver de qué iba todo
eso de la tortura del submarino. No era su método favorito, eso seguro.
Colgarme de los brazos y despellejarme la espalda era el preferido. Eso y
privarme del sueño durante lo que parecían semanas. La mente hace cosas
raras si no la dejas descansar.
Miré a las estrellas y pensé en ella. Mi madre. Era un ángel y estaba ahí
arriba, en algún lugar. Lo sabía. La espiritualidad es algo muy personal y
no necesitaba confirmación de lo que yo creía porque sabía lo que era
cierto en mi corazón. Ella estaba allí arriba observándome de algún modo y
estaba conmigo cuando me despellejaban la…
No. No iré a ese jodido horror ahora. Más tarde…
Me levanté rápido y apagué mi segundo cigarrillo. Me guardé el resto
del paquete nuevo y entré en la bonita y moderna casa americana de mi
suegro. Nunca volvería a hablar con él, pero, irónicamente, una de las
conversaciones más importantes que he tenido nunca, al compararla con
todas las que he mantenido a lo largo de mi vida, fue con él. Un correo
electrónico con una petición de ayuda… Y una fotografía.
Cuando regresé a meterme en la cama con Paula, recé. Lo hice. Recé por que Miguel Chaves estuviese inconsciente cuando dejó este mundo.

CAPITULO 137



Me senté y contemplé a Paula. Dormía. En una confortable cama de
invitados, en la moderna casa de su padre, en un bonito barrio de las
afueras de San Francisco, mi chica dormía. Estaba destrozada, pero por
ahora descansaba. En este momento se liberaba un poco de la pena.
No podía apartarla de mi vigilancia más de dos horas, así que dejar
Londres e ir a Estados Unidos sin mí para asistir al funeral de su padre ni
siquiera era una opción. ¿Qué ocurriría si intentaban retenerla en suelo
americano? No, no podía arriesgarme. Este era un trabajo de día a día y de
hora tras hora. Mantener a Paula a salvo era mi gran prioridad ahora, a la
mierda las Olimpiadas. Pablo estaba de vuelta en Londres y me había
relevado en el mando, y entre él y Francisca tendrían todo bajo control. No
estaba muy preocupado por mi trabajo. No, mis preocupaciones eran más
grandes e infinitamente más aterradoras.
Esperaba esclarecer en este viaje lo que le había ocurrido a Miguel, pero no
albergaba muchas esperanzas. De todas formas, no pensaba quedarme sin
pelear. Podían intentar llevársela, pero tendrían que pasar por encima de
mi cadáver.
La señora shultz quiso que nos quedásemos con ella en la casa que
compartía con su marido, el silencioso Gerardo, pero Paula no quiso oír
hablar de ello. Dijo que quería estar en casa de su padre, con las cosas de
él, en el lugar en el que le había visto por última vez hablando por Skype
con nosotros. Agradecía que la última ocasión en la que conversaron fuese
un momento feliz. No dejaba de repetírmelo.
—Papá se alegraba mucho por nosotros, lo sabía todo y se sentía feliz.
—Sí que lo estaba, cariño. . . —susurré sobre su cuerpo acurrucado. Mi
bella durmiente tenía el pelo enredado en la almohada y la sábana echada
hasta la garganta como si buscara alivio en el peso de la tela sobre su
cuerpo. Aún estaba conmocionada y apenas comía. Temía por su salud y la
de nuestro bebé. Me daba miedo que esto nos cambiase. Que cambiase sus
sentimientos hacia mí. Que se hundiera.
Era muy consciente de su pasado y ese conocimiento calaba hondo en
mí. Mi chica sufrió una depresión. Incluso había intentado suicidarse en un
momento muy trágico de su vida. Ya lo he dicho. Y tampoco me hacía
nada bien saberlo. Sí, fue hace mucho tiempo y ahora estaba recuperada y
era sensata…, pero nada garantizaba que no regresase a esos
comportamientos autodestructivos otra vez o que me mandara a la mierda
y me dejara para siempre cuando todo se hiciese demasiado grande como
para enfrentarse a ello.
Respiré profundo y miré el espejo de las puertas del armario para
observar mi reflejo. ¿A quién cojones estaba engañando? Paula no estaba
sola. La depresión era una dura compañera y tanto ella como yo ya
estábamos familiarizados con ella desde hacía tiempo.
Resistí el ansia de tocarla. Ella necesitaba descansar y yo necesitaba un
cigarro. Miré la hora en el reloj de la mesilla y me levanté con cuidado. Me
puse unos pantalones de deporte y una camiseta y me dirigí al exterior para
sentarme junto a la piscina a darle a la nicotina. También quería llamar a
Pablo.
Miré el agua oscura mientras llamaba. La misma agua oscura donde
Miguel Chaves había pasado los últimos momentos de su vida.
Dejé la puerta entreabierta para poder oír a Paula en caso de que me
necesitase. Había empezado a tener pesadillas de nuevo y, como estaba
embarazada, los medicamentos no eran una buena opción. Suponían
demasiado riesgo para el desarrollo del bebé. Se habría negado a tomarlas
de todos modos. Así que sufría. Y yo me preocupaba.