viernes, 21 de febrero de 2014

CAPITULO 44

Ella envolvió sus piernas alrededor de mis caderas y enterró su cara
en mi cuello. Gemí en voz alta y empecé a caminar. Cuando llegamos a la
habitación, la vista de la cama hecha con sábanas limpias nunca había
sido más bienvenida. ¡Lunes! ¡Maria había llegado, gracias a los
benditos dioses! Si esas sabanas hubiesen seguido todavía allí con la
evidencia de mi sesión de mi lamentable masturbación por todos lados no
sé lo que habría hecho. Hice una nota mental para dar a Maria una —
gracias por ser discreta— propina.
Puse a Paula yaciendo en su espalda y sólo la miré por un
momento. La necesidad de ir lento era importante en este momento.
Quería amarla y aceptar este regalo que me estaba dando. Necesitaba su
sabor.
Su cabello oscilaba sobre los hombros y sus ojos brillaban de un
tono verdoso por la blusa turquesa que todavía vestía. No la usará por
mucho tiempo.
Empecé con sus zapatos de deporte. Luego los calcetines. Cogí sus
pies y los masajee antes de deslizarme hacia arriba de la pierna a la
cadera, a la pretina de sus pantalones cortos. Mis dedos se deslizaron por
debajo y se apoderaron de ellos. Llegaron más abajo. Mis ojos vieron
pedazos de su piel mientras la tela se deslizaba lejos del ombligo, caderas,
estómago, coño, y largas piernas. Piernas que se envolvían alrededor de mí
cuando yo estaba en el interior de ese hermoso y desnudo coño. Dulce
Cristo.
Había una razón para que mi chica fuera modelo. Modelo de
desnudos. Poseía un cuerpo que tenía el poder de hacer que me quedara
sin habla. Sin embargo, todavía no había terminado de revelar mi obra
maestra. Cogí su camiseta. Era una parada rápida también. Nada debajo.
Quería gritar un triunfante SÍ. Sus pechos se derramaron hacia el lado tan
pronto como saqué esa camisa fuera por la cabeza.
—Paula... hermosa. —Escuché el sonido de su nombre viniendo de
mis labios, pero no podía recordar mi intención de decirlo. Tenía que verla
desnuda de nuevo, recordar cómo se veía, saber que tenía derecho de
tocarla y que ella me aceptaría. Tenía que tener una pequeña parte de ella
dentro de mí antes de que pudiera hacer otra cosa también, estaba tan
desesperado.
Poco a poco llevé mi boca desde el ombligo hasta un pecho perfecto,
cubriendo todo el pezón y chupándolo profundamente. Lo puse en el
interior de mi boca y acaricie la parte inferior con los dedos. Tan suave.
Floreció hasta que quedo apretado y duro debajo de mi lengua y tenía que
darle la misma atención al otro para ser justo. Esas bellezas merecían una
participación absoluta de igualdad.
Se veía tan dispuesta y sensual yaciendo allí para mí que llené mis
ojos con su imagen. Como un retrato. Pero uno que sólo yo podía ver. Eso
no es cierto. La irritación persistente fue fugaz mientras empujaba la idea
de que otros la vieran desnuda, en el fondo de la mazmorra de mi mente.
En este momento tenía un festín delante de mí. Era el momento de
participar.
Necesitaba sentir su carne contra mi lengua y labios. Necesitaba
tanto de ella que yo temblaba mientras me quitaba los zapatos y cogía el
cinturón. Me quité mi ropa rápidamente, muy consciente de que Paula
observaba cada movimiento que hacía, sus ojos viajando por todo mi
cuerpo. Su mirada admirada me puso tan duro que mis pelotas dolieron y
mi polla ardió. Sólo por ella.
Bajé de la cama con mis rodillas guiándome, totalmente distraído
acerca de dónde ir primero. Era un banquete ante mí, toda extendida en
mi cama, con las piernas ligeramente flexionadas pero sin revelar lo que
quería ver. Mi urgencia creció y las palabras salieron de mi boca. —Abre y
muéstrame. Quiero ver lo que es mío, nena.
Poco a poco, sus pies se deslizaron hacia arriba, hasta que se
apoyaron sobre las sabanas mientras doblaba las piernas por las rodillas.
Contuve el aliento y sentí el golpe de mi corazón en mi pecho. Movió una
pierna y luego la otra. Simplemente así. Ella hizo lo que yo le pedía. Una
presentación perfecta, en un movimiento elegante que envió una oleada de
lujuria a mi polla solo por el espectáculo que me estaba dando. Me sentía
muy lejos de estar satisfecho. Quería un buen vistazo antes de empezar a
entrar en lo que me ella había sido negado durante muchos días.
—Pon tus manos sobre tu cabeza y aférrate a la cama.
Sus ojos parpadearon un poco y se centró en mi boca.
—Confía en mí. Voy a hacerlo bueno para ti, nena. Déjame hacer
esto a mi manera...
—Pedro —susurró, pero hizo lo que le pedí, lentamente llevando sus
brazos para cruzar las muñecas por encima de su cabeza y agarrarse al
borde del colchón. Dios, me encantaba cuando decía mi nombre durante el
sexo. Me encantaba cuando lo decía, y punto.
—Nena —Sus pechos se desbordaron a los lados y un poco hacia
arriba con el levantamiento de sus brazos. Los pezones de frambuesa con
puntas perfectas rogaban por más de mi lengua. Fui de nuevo a ellos,
chupando y pellizcando la piel sensible, amando cómo se movía debajo de
mi boca. Corría al ritmo conmigo.
Llevé mis labios a los de ella. Mis dedos se extendieron a un pezón y
lo enrollaron alrededor antes de tirar de la punta en un pequeño pellizco.
Ella gimió y se arqueó para mí, pero mantuvo sus brazos. Pellizqué el otro
y la vi flexionar las caderas un poco, sus piernas cada vez más abiertas,
mostrando aún más esa parte de ella que necesitaba conocer más.
—Eres tan hermosa en está posición —dije contra su estómago
mientras besé mi camino hasta el lugar en el que tenía que tener mi boca.
La besé primero y me encantó su respuesta. Ella tembló bajo mis caricias.
Corrí mi lengua por los pliegues, presionándola abierta como una flor. Mía.
Ella flexionó sus músculos y gimió. Pequeños sonidos suaves de placer y
necesidad. Necesidad de lo que yo podía darle. Necesidad de mí.
—Eres... tan jodidamente hermosa, Paula —murmuré contra su
carne.
—Me haces sentir hermosa —tartamudeó ella en un susurro y se
abrió un poco más debajo de mí.
—Eso es todo... entrégate a mí, nena. —Besé sus labios vaginales al
igual que lo haría con su boca—. Voy a hacer que te corras tan fuerte, y no
vas a pensar en otra cosa salvo en mi cuando lo hagas —dije.
—Por favor, hazme...
Gruñí contra su carne. —Hacerte correr con mi lengua es la cosa
más sexy del mundo. Cómo te mueves. Cómo sabes. Cómo suenas cuando
llegas allí...
—Ahhh... —Gimió y se movió debajo de mí. Ese magnífico sonido. Me
puse a trabajar en ella en serio mientras gritaba, arqueando las caderas
para encontrarse con mi boca. La sostuve abierta y devoré la suavidad
temblorosa. No podía parar y no pude frenar. Su coño contra mis labios,
mi lengua donde podría encontrar su camino dentro de ella una y otra vez,
era todo lo que importaba. No me detuvo, continué acariciado su clítoris
hasta que la sentí correrme.
—Oh, Dios, ¡Pedro! —Exclamó en voz baja, convulsionándose
mientras su clímax se hacía cargo.
—Umm —gemí, casi sin poder hablar—. ¡Ahora, vamos a hacer eso
otra vez! —Le dije mientras me levantaba y alineaba mi polla. Me estremecí
cuando nuestras pelvis se tocaron, como si una descarga de electricidad
me estuviese cargando. Nuestros ojos se encontraron y los suyos se
ampliaron en ese instante antes de que yo la tomara.
Enterré mi polla en un fuerte empuje, incapaz de negármelo a mí
mismo por un segundo más. Ella gimió el más sexy de los sonidos que he
escuchado cuando me dejé caer en ella. Mierda, se sentía bien —apretada
y caliente y tragándome, sus músculos internos comprimiéndose a mi
alrededor a través de la fuerza de su clímax en curso. Era algo tan
cautivante que me asustó saber el poder que tenía sobre mí. Paula me
mantuvo cautivo como lo había hecho desde el principio. El sexo no fue
diferente. Me mantuvo cautivo todo el tiempo.
Se movió conmigo, aceptando cada golpe como si lo necesitara para
vivir.
—¡Te voy a follar hasta que te corras otra vez!
Y lo hice.

CAPITULO 43






Para cuando tuve a Paula tras las puertas cerradas de mi
departamento, la noche de verano había caído en la ciudad.
En el camino habíamos parado una vez más para comprar un nuevo
teléfono para ella. Había tomado casi una hora escojerlo, pero era
necesario. Su viejo teléfono ahora lo tenía yo. Quien fuera que llamara
buscando a Paula Chaves tendría que lidiar conmigo.
Quizás esta noche investigara al periodista y hablaría con Miguel Chaves. No era algo que me emocionaba, pero no iba a evitarlo. «Hola,
Miguel. Estoy follándome a tu hija de nuevo. Oh, y antes que lo olvide, debes
saber que su seguridad está totalmente en mis manos ahora. ¿También
mencioné que es mía? Mía, Miguel. Mantengo lo que es mío cerca y a salvo.»
Me pregunté cómo tomaría las nuevas noticias, y luego noté que no
me importaba. Era él quien puso a Paula en mi camino. Ahora ella era mi
prioridad. Me importaba ella. Sólo quería protegerla y evitar que la
dañaran. Él tendría que lidiar con el asunto como yo.
Caminé detrás de ella, de pie ante la ventana, mirando las luces de
la ciudad. Me había dicho que amaba la vista la primera vez que la traje a
casa. Le dije que verla en mi casa era la mejor vista, sin comparación. Mi
opinión no había cambiado.
La toqué cuidadosamente, mis manos en sus hombros, mis labios en
su oído. —¿Qué miras?
Ella vio mi reflejo en el vidrio por lo que no se asustó. —La ciudad.
Amo las luces de noche.
—Amo mirarte viendo las luces de noche —Moví su cabello a un
costado y besé su cuello. Inclinó la cabeza para darme acceso mientras yo
inhalaba, la esencia de su piel drogándome, volviéndome loco por ella—.
Se siente tan bien tenerte aquí —susurré.
Todo el tiempo luchaba con mis deseos cuando ella estaba cerca.
Este era un nuevo problema que nunca había enfrentado en una relación
antes. Amaba la parte de follar —soy un chico y tengo un pene. Tampoco
he tenido grandes problemas encontrando una cita. A las mujeres les
gusta mi aspecto y, como papá decía, hace todo más fácil, pero no mejor.
Cuando las mujeres te persiguen porque creen que eres sexy y tienes poco
dinero rápidamente se reduce todo a un intercambio muy básico. Una
cena, algo de sexo, quizás una segunda cita… follar. Y luego… adiós. El
punto es no me gusta que me usen, y he tenido años de intentos de
mujeres que quieren salir solo por sexo.
Paula evoca una reacción diferente de mí y lo hace desde el primer
encuentro. Para empezar, ella nunca me buscó. Si no la hubiera oído
llamarme atractivo esa noche en la galería no sabría que me miró. Presionó
todos los botones correctos, y por primera vez me importaba la mujer
mucho más que el sexo con ella.
Oh, aún me importaba el sexo, pero era muy diferente ahora. Las
necesidades dominantes en mí se habían modificado al conocer a Paula,
como si ella fuera la causa. De hecho, yo sabía que lo era. Quería cosas
con ella que me asustaban, porque yo no quería… no, no podía soportar
perderla por eso.
Lo que compartió conmigo esta noche me asustaba como nunca.
También dejaba en claro su misterioso comportamiento del principio. Al
menos tenía unas respuestas de por qué ella huía.
—También me alegra —suspiró profundamente—. Te extrañé tanto,
Pedro.
Se inclinó contra mí, la curva de su trasero justo contra mi cadera.
Con sólo las capas de su pantalón corto cubriéndole esa hermosa parte, mi
polla se despertó enseguida, lista y preparada para el servicio.
¡Santo Cielo! Eso fue todo lo que necesité para comenzar. Ella
sentiría mi erección en un momento, ¿Y después qué? No debería
acercarme a ella así ahora. Seguía frágil y necesitaba compartir su
historia. Si pudiera decirle eso a mi pene. La volví para poder besarla,
intentando tirar de ella hacia mí. Sabía tan bien. Paula se derretía justo
donde yo quería, y sabía que ya no podía retroceder. Necesitaba volver a
reclamar a mi mujer.
Sólo un bastardo querría llevarla a la cama y desnudarla ahora
mismo. Error, yo era un bastardo enfermo.
Podía vivir con eso.
Paula siempre me decía que le gustaba que fuera directo. Dijo que
se sentía mejor cuando yo le decía lo que quería porque sabía lo que venía.
Ella necesitaba eso de mí. Por lo que inspiré hondo y se lo dije.
—Quiero llevarte a la cama ahora mismo. Te quiero en mis brazos y
quiero… estar en ti —Sostuve su cara entre mis manos y esperé su
respuesta.

También te deseo —Asintió y se inclinó para besarme—.
Llévame a la cama, Pedro. —Las palabras más hermosas
que había escuchado en días y días llegaron a mis oídos.
Tomé esos labios dulces que me ofrecía y la levanté del
piso, su cuerpo apretado contra mi pecho.

CAPITULO 42




La besé lentamente, mis manos moviéndose a su rostro. Empujé mi
lengua entre sus dulces labios y por todos los cielos, ella me dejó entrar.
Sí. Me permitió entrar y me besó de regreso, su cálida y suave lengua
deslizándome contra la mía. Premio Mayor. Sabía que gané esta ronda,
quería detener todo y agradecer a mi madre en el cielo.
En cambio, seguí besando a Paula. La dejé saber todo en ese beso,
tomando sus labios, jugando con mis dientes, intentando entrar en ella.
Mientras más entrara, más difícil sería para ella volver a dejarme. Así
funcionaba mi mente con ella. Estás eran estrategias de batalla y podría
hacerlas todo el día. Ya no huiría de mí, no se escondería, nada de finales.
Ella sería mía y me dejaría amarla.
Paula se derritió bajo mis labios, se volvió tan suave y permisiva,
encontró el lugar que necesitaba y se acomodó en ello, como hacía yo al
tomar el control. Funcionaba para nosotros, muy, muy bien. Me retiré y
suspiré profundamente. —Ahora vamos a casa.
—¿Qué pasó con ir despacio? —preguntó suavemente.
—Todo o nada, nena —susurré—. No puede ser de otra forma con
nosotros. —Si ella supiera lo que tenía en mente para el futuro podría
volverse temerosa conmigo de nuevo y no podía arriesgarme aún. Habría
tiempo de sobra para esa charla más tarde.
—Aún tenemos mucho de que hablar —dijo.
—Entonces hablaremos mucho —Además de otras cosas.
Se volvió en su asiento y se reclinó, poniéndose cómoda para
mirarme mientras salía del estacionamiento. Me miró todo el viaje. Me
gustaba tener sus ojos en mí. No, lo amaba, joder. Amaba que estuviera a
mi lado, pareciendo quererme tanto como yo a ella. También la miraba
cuando podía dejar de mirar el camino.
—¿Conque todo o nada? Tendré que aprender a jugar al póquer.
Me reí. —Oh, estoy de acuerdo. De alguna manera creo que te saldrá
naturalmente, cariño —Arqueé las cejas—. ¿Qué tal un póquer de prendas
primero?
—Esperaba que lo sugirieras. Qué bueno que no me decepciones —
dijo, poniendo los ojos en blanco.
Sólo sonreí y la imaginé quitándose la ropa en un juego de póquer
porque yo ganaría cada mano. Una muy, muy linda imagen.
Al final me pidió que pasáramos por su casa para que consiguiera
sus “pastillas”. No estaba seguro de si eran las anticonceptivas o las de
dormir y no tenía intención de preguntar. Definitivamente necesitábamos
ambas. Por lo que hice lo que cualquier tipo con cerebro haría. La llevé a
su departamento. De nuevo, me enorgullecí por no ser un idiota.
Esperé mientras ella preparaba un bolso. Le dije que trajera cosas
para varios días. Lo que realmente quería era que se quedara en mi casa
indefinidamente, pero no pensé que fuera el momento indicado para
sugerir eso —sigo manteniendo mi estado de un no-imbécil.
Los recuerdos llenaron mi mente cuando ella entró. La pared
adyacente a la puerta principal siempre estaría grabada en mi lóbulo
frontal. La imagen de ella en su pequeño vestido púrpura y botas,
sostenida por mí. Cristo, había sido sublime la forma en que manejó mi
polla contra la pared esa noche. Amo esa pared, joder. Divertido. Sonreí
por mi chiste inteligente.
—¿Ahora por qué sonríes? —preguntó Paula mientras salía de su
habitación con el bolso preparado, viéndose mucho mejor de lo que hacía
más temprano. Su personalidad de siempre había vuelto.
—Eh… sólo pensaba en cuánto amo tu pared —Le hice mi mejor
gesto sugestivo y tomé el bolso de su mano.
La expresión de sorpresa de Paula rápidamente pasó a ser de
humor. —Aún puedes hacerme reír, Pedro, a pesar de todo. Tienes un
extraño talento.
—Gracias. Me gusta compartir todos mis talentos contigo —dije
sugestivamente, rodeándola con un brazo mientras salíamos de su
departamento. Ella miró la pared cuando pasamos.
—Vi eso —dije.
—¿Qué viste? —preguntó inocentemente. Oh, ciertamente tenía una
cara de póquer. No podía esperar a jugar cartas con ella.
—Miraste la pared y recordaste estar follándome contra ella.
Me codeó juguetonamente mientras caminábamos. —¡No hice eso!
Además, tú me follaste a mí, no de la otra forma.
—Lo que sea —Le hice cosquillas y me hizo una mueca. Era
encantador volver a tenerla en mis brazos—. Sólo digo la verdad nena, fue
una follada épica la de esa pared.

jueves, 20 de febrero de 2014

CAPITULO 41


—Me habría olvidado de todo de no ser por el video. No tenía idea de
lo que me habían hecho ni de que me filmaron. Fui a la escuela el lunes y
era una noticia. Yo era una noticia. Me habían visto, desnuda, desmayada
de borracha, siendo… siendo usada como un juguete… follada… usada
como un objeto…
Las lágrimas caían por sus mejillas pero no perdió la compostura.
Siguió hablando y yo sólo le sostuve la mano.
—Todos sabían que era yo. La gente vio el video todo el fin de
semana y pasándoselo. El video me mostraba claramente, pero los chicos
estaban fuera de la cámara y el sonido fue cambiado por una canción en
lugar del audio, por lo que no se podían oír sus voces. —Bajó su voz a un
susurro—. Nine Inch Nails… quiero follarte como un animal. Lo hicieron
como un video musical con la letra de la canción impresa en toda la
pantalla en letras grandes… me dejas violarte… me dejas profanarte… me
dejas penetrarte…
Ella se detuvo y mi corazón se rompió en dos por lo que ella sufrió.
Sólo sabía cuánto quería hacer que lo nuestro funcionara. Entonces, la
detuve. Tenía que hacerlo. Ya no podía seguir oyendo y contenerme en
público. Necesitábamos privacidad para esto. Sólo quería llevármela a casa
y abrazarla con fuerza. El resto se arreglaría después.
Apreté su mano para que me mirara. Grandes ojos luminosos, en
colores que se mezclaban, llenos de lágrimas que quería borrarle, me
miraron. —Déjame llevarte a casa, por favor. —Asentí para que entendiera
que era lo que necesitábamos—. Quiero estar a solas contigo ahora,
Paula. Todo lo demás no importa tanto.
Ella hizo un sonido que me desgarró. Tan suave, pero herido y
dolido. Me puse de pie abruptamente, manteniéndola cerca, y bendita sea,
ella me siguió sin protestar. Arrojé un poco de dinero en la mesa y la llevé
al auto y la acomodé en el asiento.
—¿Estás seguro de esto, Pedro? —Me preguntó con los ojos rojos y
llorosos.
La miré fijamente. —Nunca he estado tan seguro de algo —Me
incliné contra ella y puse mi mano en su cuello para controlar el beso. La
besé profundamente en los labios, incluso presionando sus dientes con mi
lengua para que se abriera para mí. Paula necesitaba saber que aún la
deseaba. Sabía que luchaba contra las emociones y mi conocimiento de su
pasado. Ella asumió que no la desearía más si conocía los detalles.
Mi chica no podría estar más equivocada.
—Todas tus cosas siguen esperándote. Pero quiero que sepas… —
hablé directamente a centímetros de su rostro, mirando fijamente sus
ojos—. No tengo intención de dejarte ir —Tragué fuertemente—. Si vienes
conmigo estás aceptándome todo, Paula. No conozco otra forma de estar
contigo. Yo quiero todo o nada. Y quiero que tú también.
—¿Todo o nada? —Puso su mano en mi mejilla y la sostuvo allí, con
un cuestionamiento genuino.
Volví mi cara para besarle la mano mientras sostenía mi rostro. —
Un término de póquer. Significa apostar todo lo que tienes en las cartas
con las que estás jugando. Eres lo que yo tengo.
Volvió a cerrar los ojos y su labio tembló levemente. —Ni siquiera te
he contado todo. Hay más. —Alejó su mano.
—Abre los ojos y mírame —dije suavemente pero con firmeza.
Ella obedeció de inmediato y tuve que contener un gemido, ya que
me encendió eso. —No me importa lo que aún no me has contado o incluso
lo que acabas de contarme en el restaurante. —Sacudí la cabeza un poco
para que comprendiera—.No cambiará como me siento. que
hablaremos más y puedes contarme el resto cuando puedas… o cuando
necesites. Lo oiré. Necesito oír todo para asegurarme de mantenerte a
salvo. Lo que haré, te lo prometo, Paula.
—Oh, Pedro… —Su labio inferior tembló mientras me miraba, tan
hermosa en su tristeza como lo era feliz.
Podía ver que a Paula le preocupaban muchas cosas —compartir
su pasado, mi reacción a su pasado, las posibles amenazas de su
seguridad en Londres, mis sentimientos— y yo realmente quería borrar
esas preocupaciones de su rostro si pudiera. Desearía que se liberara de
sus persecutores y que la dejaran para vivir su vida, con suerte conmigo a
su lado. Nunca había prometido algo con tanto ímpetu como ahora. Yo la
mantendría a salvo, pero también quería asegurarme de que entendiera en
qué se metía si accedía a venir conmigo.
—Nada de huir de mí, Paula. Si necesitas espacio, está bien, lo
respetaré y te lo daré. Pero tienes que dejarme ir a verte a donde estés, y
saber que no te irás de nuevo… o me cerrarás la puerta —Acaricié su labio
con mi pulgar—. Es lo que necesito de ti, nena. ¿Puedes hacerlo?
Ella comenzó a respirar más rápido, su pecho moviendo sus senos
de arriba abajo en esa blusa azul turquesa, sus ojos brillantes. Sabía que
tenía miedo, pero Paula tenía que aprender a confiar en mí si queríamos
tener una oportunidad para nosotros. Me aferré a la esperanza de que
tomaría mi oferta. No sabía qué hacer si ella no lo hacía. ¿Derrumbarme?
¿Convertirme en un acosador? ¿Anotarme en psicoterapia?
—Pero… me cuesta tanto confiar en una relación. Has llegado más
lejos que nadie antes. Por primera vez he tenido que elegir entre una
relación seria y compleja o estar tranquila… y sola.
Gemí y la sujeté con más fuerza. —Sé que tienes miedo, pero quiero
que nos des una oportunidad. No tienes que estar sola. Tienes que estar
conmigo. —Las palabras sonaron algo duras pero no podía retractarme.
Paula me sorprendió sonriendo y sacudiendo un poco la cabeza. —
Eres algo más, Pedro Alfonso. ¿Siempre fuiste así?
—¿Así como?
—Tan demandante, decidió y directo.
Me encogí de hombros. —Supongo. No lo sé. Sólo sé como soy
contigo. Quiero cosas contigo que nunca antes había querido. Te quiero y
es todo lo que sé. Ahora mismo quiero que vengas a casa y estemos juntos.
Y sólo tomaré la promesa de que no te irás ante la menor señal de
problemas. Me darás la oportunidad de enmendarme y no me cerrarás la
puerta—Sostuve sus hombros con ambas manos—. Puedo ser
comprensivo si me dices lo que necesitas de mí. Quiero darte lo que sea
que necesites, Paula. —Froté su cuello con mis pulgares, la suave piel
magnetizándose bajo mis dedos cuando comencé a tocarla. Una vez que
conseguía sentirla no quería dejarla ir.
Echó la cabeza hacia atrás cerró los ojos un instante,
sucumbiendo a nuestra atracción y dándome esperanza. Dijo una palabra.
Mi nombre. —Pedro…
—Creo que también sé lo que es eso. Sólo tienes que confiar en mí
para dártelo —La apreté con un poquito más de fuerza—. Escógeme.Escógenos.
Ella tembló. Lo vi pasar y también lo sentí. Asintió y murmuró las palabras: —De acuerdo. Prometo no volver a huir.

CAPITULO 40


Pizza a la luz de las velas es excelente con la persona
indicada. Para mí, la persona indicada se encontraba
sentada justo frente a mí y no me habría importado
donde estuviéramos siempre y cuando fuera juntos. Pero
Paula necesitaba comida y yo necesitaba oír su
historia, por lo que Bellísima serviría como cualquier otro lugar.
Teníamos una mesa en un rincón oscuro y privado, una botella de
vino tinto, y una grande de pepperoni y salsa para compartir. Intenté no
ponerla incómoda mirándola demasiado, pero era malditamente difícil
porque mis ojos morían de hambre por verla. Estaban famélicos.
En cambio, hice lo mejor para escucharla bien. Frente a mí, Paula
parecía luchar con por donde empezar. Le sonreí y comenté lo bien que
sabía la comida. Me descubrí deseando que comiera un poco más pero
mantuve la boca cerrada al respecto. Estoy seguro de que no soy un idiota.
Crecí con una hermana mayor y las lecciones aprendidas de Luciana sin
duda me han acompañado todos estos años. A las mujeres no les gusta
que les digan qué comer y qué no. Es recomendable dejarla tranquila y
esperar lo mejor.
Parecía muy perdida en sus pensamientos cuando comenzó a
contarme de su familia. No me gustaba el lenguaje corporal triste ni el tono
derrotado de su voz, pero eso era irrelevante.
—Mis padres se separaron cuando tenía catorce. Supongo que no lo
manejé muy bien. Soy hija única, por lo que supongo que quería llamar su
atención o quizás quería vengarme de ellos por divorciarse. Quién sabe,
¿pero lo peor? Era una zorra de la escuela —Levantó su mirada para
encontrarla con la mía, determinada para que comprendiera—. Es verdad,
lo era. No era muy buena eligiendo a los chicos con los que salía y no me
importaba mi reputación.Era malcriada e inmadura, y muy
estúpidamente osada.
¡Enserio! Primera sorpresa de la noche. No podía imaginar así a
Paula y tampoco quería, pero mi parte pragmática comprendió que casi
todos teníamos un pasados, y mi chica no era diferente. Tomó su copa de
vino y la miró como si estuviera recordando. No dije nada. Sólo la escuché
y disfruté tenerla tan cerca.
—Una vez salió una noticia que se difundió por toda California hace
unos años. El hijo de un sheriff hizo un video de una chica en una fiesta.
Ella estaba desmayada de borracha cuando él y dos amigos la follaron y
jugaron con ella en la mesa de billar.
Sentí los vellos en mi nuca erizarse. Por favor, no. —Recuerdo eso —
dije, forzándome a escuchar y no reaccionar demasiado—. El sheriff
intentó eliminar la evidencia contra su hijo pero no pudo y los estúpidos
fueron presos de todas formas.
—Sí… en ese caso sí. —Bajó la mirada a su pizza y luego volvió a
mirarme—. Aunque no en el mío.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y de repente yo tampoco tenía
hambre.
—Fui a una fiesta con mi amiga Sofia y por supuesto, nos
emborrachamos. Tanto que no recuerdo nada de esa noche hasta que me
desperté y los oí riendo y hablando de mí —Tomó un gran trago de vino
antes de seguir—. Facundo Pieres era, es, un completo imbécil, rico y rufián.
Su papá era Senador del Estado de California en esa época. No sé por qué
alguna vez salí con él. Probablemente sólo porque me lo pidió. Como dije
antes, no tomaba buenas decisiones. Me arriesgaba. Así de poco me
importaba yo misma.
Odio esto.
—Él estaba en la universidad y yo estaba en mi último año del
instituto. Supongo que se sentía con derecho a que cada vez que viniera yo
anduviera con él, aunque no éramos exclusivos ni nada. Sé que me
engañaba. Supongo que él creía que yo me quedaba esperando que
volviera a casa de la universidad y me usara a su conveniencia. Sabía que
estaba enojado conmigo por salir con otro chico que conocí en una
competencia de atletismo, pero no qué tan cruel sería por ello.
—¿Hacías atletismo en la escuela? —pregunté.
—Sí… corría —Asintió y volvió a mirar su copa—. Entonces me
desperté completamente desorientada e incapaz de mover mis
extremidades. Creemos que pudo haber puesto algo en mi bebida… —
Tragó fuertemente y siguió con valentía—, hablaban, pero al principio no
sabía que era sobre mí. O lo que me habían hecho. Eran tres, todos en sus
vacaciones de Acción de Gracias. Ni siquiera conocía a los otros dos, sólo a
Facundo. No eran de mi escuela —Bebió un poco de vino—. Podía oírlos
riéndose de alguien. Diciendo cómo le habían metido una botella y un palo
de billar y… y la follaron con esas cosas… cómo ella era una zorra que les
había rogado que lo hicieran.
Paula cerró los ojos e inspiró hondo. Sentía pena por ella. Quería
matar a Pieres y su amigo, y deseé que su otro amigo estuviera vivo para
poder matarlo también. No sabía nada de esto. Había asumido que había
sido una indiscreción juvenil que un idiota decidió grabar, no una
completa violación de una chica de diecisiete. Estiré mi mano y cubrí la
suya. Se tensó un instante y cerró los ojos con más fuerza, pero no
retrocedió. De nuevo, su coraje me sorprendió y esperé que dijera más.
—Aunque no tenía idea de que hablaban de mí, estaba muy
confundida. Cuando pude mover mis piernas y brazos luché para
levantarme. Se rieron y me dejaron allí en la mesa. Yo sabía que había
tenido sexo pero no sabía con quién ni tenía los detalles. Me sentía
enferma y con resaca. Sólo quería salir de la casa. Por lo que me puse mi
ropa, encontré a Sofia y me llevó a casa.
Un gruñido surgió de mi garganta. No pude evitarlo. Incluso para mí
sonaba bajo. Paula me miró casi anonadada por un segundo y luego puse
mano sobre la de ella. Me concentré en ella y controlé mis emociones.
Perder la calma no ayudaría a Paula en nada, por lo que pasé mi pulgar
sobre su mano suavemente, esperando que entendiera cuánto me dolía
saber que la habían usado así. Mi mente daba vueltas con la información.
En el momento del crimen, los culpables eran adultos y ella menor.
Interesante. Y no podía imaginar por qué Miguel Chaves omitió esa
información al contratarme. Al parecer sólo intentaba proteger la
reputación de su única hija. Ahora entiendo por qué reaccionó así cuando
descubrió que dormía con ella.

CAPITULO 39




Asintió ligeramente, de esa manera condescendiente que tenía —La
mirada que me dio me volvió completamente loco por ella hasta tal grado
que mi posesividad me sorprendió.
Yo sabía que estaba herida y temerosa, pero también sabía que ella
pelearía por atravesar cualquier dificultar que la persiguiera. Sin embargo,
no cambiaba lo que yo sentía. Para mí, era mi hermosa chica americana y
siempre lo sería.
—No iré a ninguna parte, Paula. Estás atrapada conmigo y es
mejor que te acostumbres a eso —dije. La besé en sus labios y dejé ir su
barbilla.
Medio sonrió mientras yo puse el auto en reversa. —Te extrañé
mucho, Pedro.
—Yo como no tienes idea —Alargué mi mano y toqué su rostro otra
vez. No podía evitarlo. Tocarla significaba que ella realmente estaba aquí
conmigo. Sentir su piel y cuerpo cálido me decía que yo no estaba
soñándolo—. Comida primero. Vas a comer algo substancial, y yo voy a
verte y disfrutar cada segundo de lo que tu boca puede hacer. ¿Qué te
apetece en este momento?
—No lo sé. ¿Pizza? No estoy exactamente vestida para la cena —
sonrió, señalando su ropa—. Tú usas traje.
—Como estás vestida es la menor de mis preocupaciones, nena —
Llevé su mano a mis labios y besé su piel suave—. Eres hermosa para mí
en cualquier cosa… o con nada. Especialmente con nada —bromeé.
Ella se sonrojó ligeramente. Sentí mi polla vibrar cuando vi su
reacción. Quería llevarla pronto a mi casa. A mi cama, donde podía tocarla
toda la noche y saber que ella estaba allí conmigo. No la dejaría irse
nuevamente.
Una vez me dijo que amaba cuando le besaba la mano. Y sé que yo
no puedo evitarlo. Es difícil no tocarla y besarla todo el tiempo, porque no
soy una persona que se niega cualquier placer que quiera. Y la quiero a
ella.
Articuló un silencioso «gracias», pero aun parecía triste.
Probablemente temía nuestra conversación, pero yo sabía que eso tenía
que ocurrir. Por su propio bien tenía que decirme algo fuerte y yo debía
escucharla. Si esto es lo que ella necesitaba hacer para que nosotros
siguiéramos adelante, entonces yo escucharía lo que fuera.
—Entonces, pizza será —Dejé ir su mano para conducir, pero apenas
pude arreglármelas. Sólo a duras penas. Mi chica estaba a mi lado en mi
auto. Podía olerla, verla, e incluso tocarla si extendía la mano; estaba tan
cerca de mí. Y por primera vez en días, el constante dolor en mi pecho
desapareció.

miércoles, 19 de febrero de 2014

CAPITULO 38

Me eché para atrás y tomé su rostro entre mis manos. La sostuve en
esa posición para así poder mirarla. Ella nunca vaciló con la mirada. Mi
chica era valiente. La vida apestaba a veces, pero ella no rehuía. Miré sus
labios y supe que la besaría quisiera ella o no. Esperaba que quisiera.
Sus encantadores labios eran tan suaves y dulces como recordaba.
Más aun porque yo había estado sin ellos durante mucho tiempo. Me
sentía en el cielo con mi boca sobre la suya. Me perdí en el momento y
olvidé que estábamos en público. Perdí el control en el momento que
Paula me respondió.
Me respondió el beso y se sintió tan bien poder sentir su lengua
enredándose con la mía, gemí contra su boca. Sabía lo que quería hacer. Y
mis requerimientos eran pocos. Privacidad. Paula  desnuda. Si las cosas
fueran así de simples…
Recordé que nos encontrábamos de pie en medio de una multitud en
el Embankment Victoria y desafortunadamente no había un lugar privado
cerca.
Dejé de besarla y froté su labio inferior con mi pulgar. —Vendrás
conmigo. Ahora mismo.
Asintió con su rostro aún en mis manos y la besé una vez más. Un
beso de agradecimiento.
No hablamos mientras no dirigimos hacia el auto. Sin embargo,
caminamos tomados de la mano. Yo no estaba dispuesto a dejarla ir hasta
que ella estuviera dentro del coche. Una vez que estuvo en el asiento del
pasajero y las puertas con seguro, me giré y la miré seriamente. Parecía
medio hambrienta y eso me molesto. Recordé la primera noche cuando nos
conocimos y como le conseguí una barra nutritiva y agua.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—¿Primero? A conseguirte algo de comer —Salió un poco más duro
de lo que yo quería.
Asintió hacia mí y luego apartó la mirada hacia la ventana.
—Después de comer te conseguiremos un nuevo celular y un
número telefónico para ti. Necesito quedarme con tu viejo número para
poder rastrear a quien intente contactarte. ¿De acuerdo?
Ella bajó la mirada hacia su regazo y asintió nuevamente. Casi la
tomé en brazos y le digo que todo estaría bien, pero me contuve.
—Luego voy a llevarte a tu casa. Mi hogar… casa.
—Pedro, no es una buena idea —susurró, todavía mirando hacia su
regazo.
—Al diablo con las buenas ideas —exploté—. ¿Podrías al menos
mirarme? —Levantó su mirada para encontrarse con la mía y parecía
molesta en su asiento, vislumbré el fuego parpadeando, haciéndola verse
más atractiva. Quería arrastrarla hasta mí y sacudirla, obligarla a
entender que esa tontería de romper era cosa del pasado. Vendría a casa
conmigo, punto. Giré la llave en el encendido.
—¿Qué quieres de mí, Pedro?
—Eso es fácil —dije algo tosco—, quiero volver a lo que teníamos
hace diez días. ¡Quiero regresar a mi oficina, follando en mi escritorio con
tus piernas alrededor de mí! ¡Quiero tu cuerpo debajo del mío, mirándome
con una expresión distinta a la que vi cuando me dejaste en los
ascensores! —Descansé mi frente en el volante y tomé aire.
—Está bien… Pedro—Su voz sonó temblorosa y más que un poco
derrotada.
—¿Está bien, Pedro? —Me burlé—. ¿Qué significa eso? ¿Está bien,
me iré a casa contigo? ¿Está todo bien entre nosotros? ¿Está bien, te
dejaré que me protejas? ¿Qué? Necesito más de ti, Paula —Hablé hacia el
parabrisas porque me daba miedo ver su rostro ahora mismo. ¿Qué
pasaría si yo no puedo hacerla entender…?
Se inclinó hacia mí y puso su mano sobre mi pierna. —Pedro, yo…
yo necesito… yo necesito la verdad. Tengo que saber lo que ocurre a mi
alrededor…
Inmediatamente cubrí su mano con la mía. —Lo sé, nena. Me
equivoque ocultándote la información…
Negó con la cabeza hacia mí. —No, tú no lo sabes. Déjame terminar
de decírtelo —Puso sus dedos en mis labios para callarme—, siempre me
interrumpes.
—Me callaré —Agarré sus dedos con mi otra mano y los mantuve en
mis labios. Besé sus dedos y luego los solté. Diablos, me gusta aprovechar
todas las pequeñas oportunidad que se me presenten.
—Tu honestidad y franqueza es una de las cosas que amo de ti,
Pedro. Siempre me dices lo que quieres, lo que pretendes hacer, cómo te
sientes. Fuiste sincero conmigo y me hiciste sentir protegida —Ladeó la
cabeza y la sacudió—. No tienes idea de lo mucho que necesitaba de ti. No
tenía miedo de lo desconocido porque eras muy bueno diciéndome
exactamente lo que querías que ocurriera entre nosotros. Eso realmente
funcionaba para mí. Pero confíe en ti ciegamente y tu lastimaste esa parte
entre nosotros por no ser honesto, y no decirme que fuiste contratado para
protegerme. El hecho de que necesito protección probablemente me
hubiera vuelto loca, pero tú no tenías ni un jodido derecho a ocultármelo.
Dios, era sexy cuando se cabreaba y decía malas palabras. Le di un
momento de triunfo porque tenía completamente la razón.
Cuando alejó sus dedos de mis labios, dándome permiso para
hablar, musité las palabras que más quería decir—: Lo siento mucho —Y
realmente lo lamentaba. Lo que había hecho estaba mal. Paula
necesitaba saber toda la verdad. Ella tenía sus razones; La confianza era
importante para ella y yo metí la pata. Espera. ¿Acaso ella dijo: “una de las
cosas que amo de ti”?
—Pero… he hablado con mi padre, y él me contó cosas que yo no
sabía antes, comprendí que la culpa no es totalmente tuya. Papá te puso
en una posición que tú no pediste… y he estado tratando de verlo desde tu
perspectiva. Tu carta me ayudó a entenderlo.
—Entonces, ¿Me perdonas y podemos dejar atrás todo este caos? —
Estaba esperanzado, pero no me sentía seguro del todo. Quería saber
dónde estábamos situados, así podría adivinar a donde iríamos desde este
punto. Podría trabajar con probabilidades como esa.
—Pedro, hay tantas cosas que no sabes sobre mí. No sabes
realmente lo que me ocurrió, ¿verdad?
Paula me dio una mirada angustiada demasiado madura para su
edad. Me gustaría desaparecer su angustia si pudiera. Me hubiera gustado
decirle que no importaba lo que yo sabía. Si para ella sería horrible y
doloroso contármelo, entonces no tenía por qué hacerlo. Pero yo sabía que
esto sería a la manera de Paula. Ella necesitaba poner sus cartas sobre
la mesa para poder seguir adelante.
—Supongo que no. No sabía que tu pasado te había marcado tan
profundamente hasta hace poco. Pensé que yo estaba protegiéndote de un
posible blanco político y posible exposición de daños o si había alguien
acosándote. Una vez que vi tus demonios me preocupó más asustarte o
herirte. Yo sólo quería protegerte y mantenernos juntos —Hablé con su
rostro cerca del mío, bebiendo su respiración.
—Lo sé, Pedro. Lo entiendo ahora —Se movió de nuevo plenamente
en su asiento—. Pero tú todavía no lo sabes todo —Apartó la mirada hacia
la ventana otra vez—. No te gustará oírla. Tú no… querrás… que sigamos
juntos después de saberlo.
—No digas eso. Yo sé exactamente lo que quiero —Tomé su barbilla
y tiré de ella hacia mí dirección—. Vamos por algo de comida para ti y
luego me puedes contar lo que necesitar decir. ¿Sí?