lunes, 24 de febrero de 2014

CAPITULO 53




Entré por la puerta principal hoy después de aparcar porque quería
comprar todos los periódicos principales de EE.UU y rastrearlos para
encontrar cualquier cosa pequeña. Habían estado repletos con calumnias
políticas por ahora, pero la lucha final entre los candidatos estaba lejos
todavía. Las elecciones presidenciales se celebraban a principios de
Noviembre en América, así que quedaban cinco meses más de publicidad.
Sentí una punzada de preocupación y prácticamente la ignoré. No podía
fallar en protegerla. No permitiría un fracaso.
Marta me sonrió cuando pagué por los periódicos. Traté de no
estremecerme al ver sus dientes. —Aquí tienes, cariño —dijo, tendiéndome
una manchada mano con mi cambio.
Le eché un vistazo a esa mano sucia y decidí que necesitaba el
cambio más de lo que yo necesitaba contagiarme. —Quédatelo. —Miré sus
extrañamente hermosos ojos verdes y asentí una vez—. Estaré comprando
todos estos periódicos regularmente a partir de ahora, por si los quieres
tener listos —ofrecí.
—Oh, eres un encanto, sí, señor. Los tendré. Que tengas un buen
día, guapo. —Me guiñó un ojo y me mostró un poco más de esos horribles
dientes. Traté de no mirar demasiado cerca, pero creo que Marta podría
competir conmigo en rastrojo de barba. Pobrecita.
Cuando llegué a mi oficina encendí el buzón. Escuché el mensaje del
hombre que había llamado a Paula. Lo reproduje varias veces.
Americano, de hecho, no conflictivo, y nada en su indagación reveló algo
de lo que pudiera saber. “Hola. Soy Tobias Denton del Washington Review.
Estoy tratando de encontrar a Paula Chaves, quién asistió al instituto
Union Bay, en San Francisco…”
Su mensaje era corto y utilitario, y dejó su información para que lo
llamara de vuelta. El historial mostraba que sólo la llamó una vez, así que
había una buena oportunidad de que no supiera mucho, o de que incluso
Paula no fuera la persona correcta con la que trataba de contactar.
Informé a Francisca sin revelar detalles específicos, le dije que buscara
al tal Tobias Denton en el Washington Review y también que mirara qué más
podía averiguar en los periódicos que había comprado esta mañana.
Estaba sentándome, echándole un vistazo al cajón en donde estaban
escondidos los cigarrillos cuando Pablo entró.
—Pareces muy… humano… esta mañana, amigo. —Se sentó en la
silla y me miró, el indicio de una sonrisilla apareciendo en su mandíbula
cuadrada.
—No lo digas —le advertí.
—Vale. —Sacó el móvil y trató de parecer ocupado con él—. No diré
que sé quién trasnochó anoche. Y definitivamente no diré que los vi
besuqueándose mientras esperaban el ascensor esta mañana por la
cámara de segur…
—¡Vete a la mierda!
Pablo se rió de mí. —Diablos, la oficina está encantada, amigo. Todos
podemos respirar de nuevo sin temor a ser despedazados. El jefe volvió con
su novia. ¡Gracias a los Dioses! —Alzó la vista y levantó las manos—. Han
sido un par de jodidas semanas…
—Me encantaría ver cómo lo hace tu desgraciado trasero si Eliana de
repente decidiera marcharse —interrumpí, ofreciendo una sonrisa falsa, y
esperando un cambio de actitud—. Lo que siempre podría suceder, ya
sabes, dado a que sé todos tus vergonzosos secretos.
Funcionó como un encantamiento. Pablo perdió la postura de
gilipollas en menos de cinco segundos.
—Estamos verdaderamente contentos por ti, Pepe —dijo quedamente. Y
sé que lo decía en serio.
—¿Cómo está yendo la investigación militar sobre el Teniente
Pieres? —pregunté, cediendo y abriendo el cajón del escritorio para sacar
el encendedor y el paquete de Djarums.
—Han estado haciendo cosas muy malas a la gente de Irak y
saliéndose con la suya, pero no estoy seguro de cuánto tiempo
permanecerá esto controlado. Creo que el Senador estará aliviado de que
su hijo esté metiéndose en problemas en Irak y que eso no lo usen en su
contra en la campaña electoral.
Gruñí en acuerdo y aspiré de vuelta mi primera, dulce calada. El
cigarrillo dio un buen tiro, pero estaba acostumbrado a eso. Ahora sólo
dejé que la nicotina hiciera su trabajo y que me hiciera sentir culpable por
lo que estaba adentrando en mi cuerpo. —¿Así que crees que es un militar
de carrera? —Exhalé lejos de Pablo.
Pablo negó con la cabeza. —No lo creo.
—¿Por qué no?
Pablo tenía los instintos más agudos de todos los que conocía. No sólo
era un empleado, no por un largo tiempo. Pablo era mucho, mucho más.
Habíamos sido chicos juntos, ido a la guerra, sobrevivido todo el infierno
de vuelta a Inglaterra, llegando a crecer en el proceso y comenzando un
negocio exitoso. Confiaba en él con mi vida. Lo que significaba que podía
confiar en él todo lo respecto a Paula también. Me alegré de que a ella le
gustara, porque tenía la sensación de que él tendría que vigilarla cuando
saliera. Paula odiaría mucho eso. Pero no tanto como odiaría al equipo de
seguridad, no se desquitaría con Pablo. Mi chica era demasiado buena para
ese tipo de cosas.
No me engañaba a mí mismo tampoco —amigo o no, me alegraba
que Pablo ya tuviera una mujer, y si hubiera estado soltero no habría sido
mi primera elección. Era un tipo atractivo.
—Bueno, esta es la parte interesante. El Teniente Facundo Pieres fue
trasladado sólo un par de semanas después de que el avión se estrellara.
Por lo que he podido averiguar, los EE.UU prácticamente lo cesaron con el
traslado por un año, y sólo un puñado de hombres le sirve ahora.
—¿Estás pensando lo que yo, compañero?
Pablo asintió otra vez. —Tan pronto como el Senador se enteró de que
era el próximo vice-candidato presidencial, trasladó a su único hijo a otro
tour en Irak.
Chasqueé la lengua. —Suena como que el Senador conoce a su hijo
muy bien e imaginó que cuanto más lejos pudiera tenerle de la campaña,
mejores oportunidades tendría de ser elegido—Me recosté en la silla y le di
otra calada al cigarrillo—. Quién mejor para conseguir una orden de
traslado que alguien que tiene conexiones políticas. Estoy empezando a
pensar que el Senador Pieres más bien espera que su hijo nunca regrese
de Irak. Un héroe de guerra y todo eso… se ve sensacional para el
patriotismo. —Agité la mano para dar énfasis.
—Precisamente a dónde estaba yendo. —Pablo le echó un vistazo al
cigarro en mis dedos—. ¿Pensé que ibas a dejarlo?
—Lo hago… en casa. —Lo aplasté en el cenicero—. No fumaré
alrededor de ella. —Y estaba bastante seguro de que Pablo era lo
suficientemente astuto como para entender por qué no lo haría. Pero esa
era la cosa sobre los amigos… si os entendíais el uno al otro, no tenías que
explicar hasta la saciedad sobre la mierda que deseabas poder olvidar,
pero que más o menos sabía que era una parte de ti tanto como la médula
ósea.

CAPITULO 52



Sosteniéndola de esta manera, con mi brazo detrás de su culo,
obligándola a estar más cerca de mí era algo que tenía que hacer. Quería
que entendiera que no podía dejarla ir otra vez. No dejaría que se fuera.
Supongo que era la necesidad de mi interior por poseerla. Antes
necesitaba el control durante el sexo, pero no como esto. Paula me hizo
algo que ni siquiera yo podía comprender. Nada antes me hizo sentir así.
Sólo ella.
Tiré de su peso hacia mis caderas. Ella tuvo la idea y se mantuvo a
sí misma suspendida, lo suficiente como para permitirme bajar la
cinturilla de mis pantalones. No es el más fácil de los trucos, pero era
necesario si quería estar dentro de ella, y ella parecía de acuerdo con mi
plan. Sostuve mi polla hacia arriba y le dije en un tono áspero—: Justo
aquí. Y fóllame bien.
Creo que en realidad podría haber una o dos lágrimas en mis ojos
cuando ella se deslizó hacia abajo sobre mí y empezó a moverse. Sé que
quería. Sentí mis ojos mojarse al primer contacto de su coño alrededor de
mi polla con todo ese calor resbaladizo, exuberante, y durante el viaje por
la zona virgen mientras resistía arriba y abajo, follándome hasta la
inconsciencia. Y entonces de nuevo cuando me descargué en su interior.
Me las arreglé para sacarle otro orgasmo con mi pulgar frotando su punto
dulce, y apreciando cada gemido y el sonido que hizo cuando llego a su
punto más alto un momento después. Ella se corrió con fuerza sobre mí.
Sin embargo, mi nombre en sus labios cuando ocurrió fue lo mejor.
Pedro…
Cuando se derrumbó mi polla todavía tenía espasmos, enterrada
profundamente en su interior, sacudida por las convulsiones mientras sus
músculos internos se contraían. Estaba seguro que podría quedarme en su
interior para siempre.
Nos mantuvimos unidos, sin querer separar nunca nuestros
cuerpos. Nos quedamos en el balcón por un tiempo. La abracé y froté
arriba y abajo su espina dorsal con mis dedos. Ella acarició mi cuello y mi
pecho, y me sentí muy suave y cálido a pesar de ser de noche,
estuviéramos afuera, y ella estuviera totalmente desnuda. Tiré de la manta
de la otra tumbona y la puse a su alrededor.
Por primera vez entendí lo que la gente quería decir cuando decían
que lloraban de felicidad.




Adelántate y escoge la que más te guste para hoy —le dije.
Paula sonrió desde la puerta de mi armario y luego
desapareció en su interior.
—Bueno, me encantan las moradas, pero creo que hoy
optaremos por esta —anunció mientras emergía con una corbata azul en
su mano. Llegó hasta mí y me colocó la seda alrededor del cuello—.
Coincide con tus ojos y amo el color de tus ojos.
Amo cuando dices la palabra «amo» en referencia a algo sobre mí.
Observé su expresión mientras trabajaba anudándome la corbata,
mordiéndose apenas la comisura de su delicioso labio en concentración;
amando sus atenciones y no gustándome el hecho de que obviamente
había practicado con alguien más. Que alguna vez estuvo de pie frente a
otro hombre y le ató la corbata. Lo sabía. Intenté imaginar que no había
sido una mañana cuando ayudó a ese cabrón, y que no había pasado la
noche anterior comiéndole la polla a ese hijo de puta.Era un bastardo
celoso ahora. Nunca estuve celoso con ninguna de las otras chicas con las
que había salido anteriormente, pero de nuevo, Paula no era sólo una
chica para mí. Paula era la chica. Mi chica.
—Amo que estés aquí, haciendo esto por mí —dije.
—Yo también. —Me sonrió por un instante antes de regresar a la
tarea en cuestión.
Había muchas cosas más que quería decir, pero no lo hice.
Presionarla nunca funcionó, y había aprendido la lección en ese sentido,
pero aun así era difícil tomarse las cosas con calma. No quería calma con
Paula. Quería rapidez e intensidad y todo al mismo tiempo. Gracias a
Dios que no dije eso en alto.
—¿Cuáles son sus planes para el día, señorita Chaves? —pregunté
en su lugar.
—Tengo una reunión en el almuerzo con colegas de la Universidad.
Cruza los dedos. Tengo que empezar a pensar sobre conseguir esa visa de
trabajo y ahí podría haber algo para mí. Como un cargo de conservación
en un importante museo de Londres. —Terminó con la corbata y la
acarició—. Ya está. Se ve tan fantástico en su corbata azul, señor
Alfonso. —Alzó sus labios hacia los míos con los ojos cerrados.
Besé con sólo el más pequeño de los besos sus labios fruncidos.
Abrió los ojos y los entrecerró, luciendo un poco decepcionada. —
¿Esperando algo más? —Me encantaba burlarme de ella y hacerla reír.
Lo afrontó como si no le importara. —Nah —dijo, encogiéndose de
hombros—. Tus besos son… pasables, supongo. Puedo vivir sin ellos.
Me eché a reír al ver la expresión de su rostro y le hice cosquillas en
el costado. —Es una buena cosa que conserves tus pinturas, mi amor,
porque eres pésima para mentir.
Chilló por las cosquillas y trató de escaparse.
Deslicé los brazos a su alrededor y la arrastré contra mí. —No hay
escape para ti —murmuré sobre sus labios.
—¿Qué si no quiero escapar? —preguntó contra los míos.
—Me parece bien —respondí con un beso real. Fui lento y
minucioso, disfrutando de este mañanero momento a su lado antes de
tener que separarnos por nuestros trabajos. Se derritió en mí tan
dulcemente que tuve que recordarme que ambos teníamos trabajo y que
no había tiempo de llevarla de vuelta a la cama ahora. La cosa buena era
que estaríamos aquí al final del día, y podría dar rienda suelta a mi vívida
imaginación.
Tuve que besarla de despedida un par de veces más antes de que
nos fuéramos por caminos separados: esperando en los ascensores, en el
garaje contra el Rover, y cuando la dejé en el Rothvale. Estos son los
beneficios de tener a alguien con quien quieres estar tan locamente en tu
vida. De nuevo, soy un hombre muy, muy afortunado. Por lo menos soy lo
suficientemente inteligente como para darme cuenta de ello.

CAPITULO 51


Me ronroneó y sus ojos brillaron mientras rozaba su otro pecho
encontrando su pezón floreciendo apretado. Tenía los pezones sensibles y
me encantaba devorarlos. Y hacer que me deseara. Esa era la motivación
real, si era honesto. Hacer que Paula me deseara era mi obsesión.
Moví su pelo al otro lado y me aferré a su cuello con los labios.
Me encantaba el sabor de su piel y como respondía cuando la
tocaba. Teníamos química juntos, y lo supe desde el principio. En ese
momento estaba arqueándose en mi pecho, empujando el suyo más y más
en mi mano. Le pellizqué el pezón y disfruté del sonido que hizo cuando lo
hice. Sabía hacia donde se estaba dirigiendo esto, o hacia donde quería
que se dirigiera. Yo moviéndome dentro de ella, haciendo que se corriera,
consiguiendo esa suave y magnifica mirada de sus ojos después de llegar al
clímax. Vivía por esa mirada en sus ojos. Esa mirada me llevaba a
comportamientos que nunca había considerado antes con una mujer.
Ella comenzó a frotarse en mi regazo. Sus caderas balanceándose
sobre mi “muy excitada” polla bajo la fina tela de los pantalones,
haciéndome imaginar todo tipo de cosas pervertidas para probar. Y
hombre, yo quería probar algunas cosas pervertidas con ella.
Deslicé mi mano a través del canal de los boxers de seda que llevaba
y directamente a su hendidura. Fácil acceso. Y estaba tan jodidamente
mojada para mí que sólo pude avanzar más. Hizo sonidos cuando rocé su
coño y empecé a hacer círculos sobre su apretado capullo de clítoris que
quería mi polla golpeando contra él. Ella me quería. La hice quererme
sexualmente. Si por el momento era lo mejor que tener con ella, entonces
aceptaría lo que pudiese. Sin embargo, yo quería más de mi con Paula.
Mucho más.
Aparté mi boca de su cuello y mi mano de su coño, la levanté de mi
regazo y la puse de pie, delante de mí. Me quedé en la tumbona y encendí
mi mirada sobre ella.
—Desnúdate para mí.
Ella se tambaleó un poco sobre sus pies, mirándome, con expresión
indescifrable. No sabía cómo podría tomarse esa orden, pero no me
preocupó. Estaba a punto de descubrirlo, y la emoción y el desafío me
endurecieron como hierro.
—Pero estamos afuera… —Se giró para mirar por el balcón y
después a mí.
—Desnúdate y ponte de espaldas sobre mí.
Comenzó a respirar pesadamente y seguí sin estar seguro de lo que
haría, pero se lo dije de todos modos. A Paula le gustaba cuando era
contundente.
—Nadie puede vernos. Quiero follar aquí mismo, ahora mismo, bajo
las estrellas —dije.
Me miró con esos ojos suyos cuyo color no puede ser nombrado y
llevó las manos a la parte baja de su camiseta. La tiró hacia arriba y hacia
fuera en un abrir y cerrar de ojos, pero la sostuvo en una mano durante
un momento antes de soltar la tela y dejarla caer sobre suelo del balcón.
Esa demora y esa mirada que me dio era puramente y sin adulterar sexy.
Mi chica sabía cómo jugar a este juego. También tenía las tetas más
hermosas del mundo.
Fue a la cinturilla de sus pantalones cortos en el siguiente paso. Sus
pulgares se atrincheraron bajo el elástico. Mi boca se hizo agua mientras
comenzaba a bajarlos. Se inclinó con gracia y salió de mis boxers de seda.
Se puso de pie completamente desnuda para mí, con las piernas
ligeramente separadas y su pelo revuelto violentamente por un sueño,
esperando que le dijera que hacer a continuación.
—Dios, sólo mírate. No hay nada que pudieras decirme que cambie
lo que siento por ti, o hacer que te quiera menos. —Mi polla latía con
corazón propio—. Créeme —dije con mi
tono cargado de ardor.
Tenía una expresión que sugería que mis palabras la aliviaban.
Paula todavía tenía tantas dudas sobre cómo su pasado podría cambiar
mis sentimientos por ella. Tendría que esforzarme para demostrarle que eso
era insignificante para mí.
—Ven aquí, preciosa.
Ella vino a mí y se subió de nuevo en mi regazo, cruzando sus
piernas y situándose justo sobre mi polla con sólo una capa de suave
algodón separando nuestra piel. Primero fui a por sus tetas, ahuecando
una en cada mano y apretándolas. Llenaron mis manos exactamente, no
desbordante, pero un peso suave que tentaba con la promesa de pretender
otra parte de su cuerpo por mi cuenta. Perfección.
Arqueó la espalda cuando le mordí un pezón. Sin fuerza, pero con la
suficiente como para darle una pequeña punzada y luego exhaló un
glorioso gemido cuando lo tranquilicé con mi lengua. Me pregunté cómo lo
haría con unas esposas. Me apuesto que podría hacerla llegar al orgasmo.
De hecho, yo más o menos sabía que podía. Sería algo magnifico de ver
cuando sucediera. Trabajé en el otro pecho y sentí que se le endurecían,
curvándose de nuevo en mis brazos, toda extendida, cálida… y magnifica.
Tenía que estar dentro de ella. Sentir el orgasmo de Paula
alrededor de mis dedos, de mi lengua o de mi polla era una sensación
indescriptible, me había convertido en adicto. Moví mi mano por su
espalda, deslizándola sobre el sendero de su trasero, yendo más abajo y
por debajo para satisfacer su coño mojado por detrás. Jadeó un suave
sonido cuando mis dedos tocaron su coño y gimió cuando penetraron su
calor húmedo en un abrazo profundo.
—Eres mía… —dije en un susurro, a pocos centímetros de su cara—.
Este coño es mío. Todo el tiempo… ya sea de mis dedos… de mi lengua… o
de mi polla.
Me miró ardientemente mientras mis dedos trabajaban. Tomé su
boca y hundí mi lengua todo lo que pude a la par con lo que mis dedos
estaban haciendo entre sus muslos. Esos magníficos muslos extendidos y
abiertos sobre mi regazo porque yo le había dicho que lo hiciera.
Estaba tan cachondo que estoy seguro de que era demasiado duro
con ella, pero no podía controlarlo. Ella no protestó, y si lo hubiera hecho,
yo hubiera parado. Cada respuesta, cada sonido y suspiro, cada vibración
sobre mi polla, me dijo que, de hecho, ella estaba de acuerdo.
A Paula le gustaba que fuera dominante cuando follábamos y yo la
quería exactamente como era conmigo.

domingo, 23 de febrero de 2014

CAPITULO 50





Una sombra se movió a la luz tenue detrás de mí y me llamó la
atención. Volví la cabeza. Mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho al
ver a Paula de pie, mirándome, justo al otro lado de la corrediza de
cristal. Nos miramos el uno al otro durante un instante o dos, antes de
que ella deslizara la puerta abriéndola y saliera.
—Te levantaste —dije.
—Estás fumando fuera—dijo.
Puse el cigarro en el cenicero y sujeté mis brazos abiertos para ella.
—Me has pillado.
Vino directamente, luciendo decadentemente despeinada por dormir
con una camiseta turquesa y un par de mis boxers de seda. Y sin nada
debajo. La arrastré hacia mí y sonrió un poco, cruzando sus largas piernas
a cada lado de las mías, a horcajadas sobre mi regazo y agarrando mi cara
con sus dos manos.
—Estas arrestado, Alfonso.—Sus ojos se movieron
inmensamente, tratando de leerme. Sabía lo que hacía y deseaba poder
saber lo que realmente pensaba. Sólo el hecho de que ella se subiera en mi
regazo y tocara mi cara me emocionaba, pero verla relajada y feliz después
de despertarse en la noche me complació más.
—Umm, se cómo puedes castigarme si quieres —dije.
Ella se acurrucó en mí y puse mis brazos a su alrededor.
—¿En que estás pesando? Parecías lejano y furtivo con tu cigarrillo
fuera en la noche.
Hablé en su pelo y moví mi mano arriba y abajo en su espalda.
—Pensaba en… la suerte. En ser afortunado. En tener un poco de
suerte —Era la verdad y la razón por la que todavía respiraba incluso
aunque todavía no podía compartir esa parte con ella. Quería, pero no
sabía cómo empezar siquiera ese viaje con Paula. Ella no necesitaba más
mierda dolorosa de la que ya tenía que cargar en sus hombros.
—¿Y lo eres? ¿Afortunado?
—No solía serlo. Pero luego mi suerte cambió para mejor un día.
Tomé el regalo que me dio y empecé a jugar a las cartas.
Trazó mi pecho con sus dedos muy suavemente, probablemente
consciente de lo mucho que me tenía.
—Ganaste un montón de torneos. Papá me contó cómo te conoció.
Asentí contra su cabeza, con mis labios aún en su pelo.
—Tu padre me cayó muy bien el día que nos conocimos. Y todavía
me cae bien. hable con él.
Su mano en mi pecho se calmó por un momento, pero luego
continuó con el suave roce.
—¿Y cómo te fue?
—Fue casi como me imaginaba que sería. Dijimos lo que
necesitábamos decir y fuimos al grano. Él sabe lo nuestro. Se lo dije.
Quiere lo mismo que yo, mantenerte a salvo y feliz.
—Me siento segura contigo… siempre lo he hecho. Y sé que mi padre
te respeta mucho. Me dijo que tuvo que presionarte para que aceptaras el
caso. —Ella hizo un sonido en mi contra, su boca sobre mi pectoral. Un
sonido agradable; suave y bonito, y uno que me puso muy duro—. Pero
hubiera deseado que me contará lo que pasó. —Hizo una pausa y luego
susurró con nostalgia—. Tengo que saber que está pasando, Pedro. Nunca
podré volver a ser la victima inconsciente. Los secretos me destruirían, no
puedo manejarlos ahora. Siempre tengo que saberlo todo. Despertarme en
esa mesa, sin saber quién o qué… no puedo…
—Shhhh… lo sé. —Le detuve antes de que se exaltara—. Ahora lo sé.
Alcancé su cara. Quería ver sus ojos cuando le dijera la siguiente
parte. Ella era absolutamente hermosa mirándome a la luz de la noche
estrellada donde se apoyaba en mi pecho. Sus labios necesitaban besos y
yo quería estar dentro de ella de nuevo, pero en su lugar me obligué a
hablar.
—Lamento mucho haber mantenido esos secretos. Entiendo porque
necesitas saber la verdad. Lo entiendo, y prometo contarte todo a partir de
ahora, incluso si pienso que no te va a gustar oírlo. Y sé que anoche fue
difícil para ti contarme tu historia, pero quiero que sepas que estoy muy
orgulloso de ti. Eres tan fuerte… encantadora… y brillante, Paula Chaves. Mi hermosa chica americana. —Froté sus labios con mi pulgar.
Sonrió.
—Gracias —articuló.
—¿Y sabes cuál es la mejor parte? —pregunté.
—Dime.
—Que estás conmigo. Justo aquí, donde puedo hacer esto. —Bajé la
mano por debajo de su camiseta y le agarré un pecho, tan suave, llenando
mi mano con su peso liviano. Le sonreí. El tipo de sonrisa que puedo sentir
en mi cara, del tipo que sólo ella y un grupo muy reducido de personas
podía causar.
—Sí —dijo—, y me alegro de estar aquí contigo, Pedro. Eres la
primera persona que me hace… olvidar. —Su voz se hizo más suave, pero
extrañamente, más clara—. No sé por qué funciona contigo, pero lo hace.
Yo no, no pude… tener intimidad en mucho tiempo. Y luego seguía
siendo… difícil… esas veces que intenté…
—Ya no importa, nena —interrumpí. Odiaba incluso imaginar a
Paula con alguien más; otro hombre viéndola desnuda, tocándola,
haciendo que se corriera. Las imágenes me volvían loco de celos, pero al
mismo tiempo lo que me acababa de decir me hacía feliz. Yo era la primera
persona que la hacía olvidar. ¡Joder, sí! Y me gustaría hacerlo de manera
que fuera la última persona que también recordaría.
—Ahora te tengo, me estoy aferrando a ti y no quiero volver a dejarte
ir.

CAPITULO 49



Me quedé en mi escritorio un poco más, escribí algunas notas y
envié algunos emails antes de apagar el ordenador portátil. Cuando
apague la luz, Simba revoloteaba locamente en el acuario brillando detrás
de mi escritorio. Volví y le lancé una golosina antes de salir al balcón para
sentarme un rato.
Pasé por el dormitorio y no oí más que silencio. Quería que Paula
durmiera bien. No más pesadillas para mi chica. Ya había tenido
suficientes para una vida.
El cielo nocturno celebró millones de estrellas esta noche. No eran a
menudo tan brillantes y me di cuenta de que había pasado mucho tiempo
desde que me había sentado aquí. Encendí otro cigarrillo. Aunque este fue
despilfarrado. Si fumaba fuera nadie tenía que saberlo. No debería fumar
dentro con Paula, de todos modos.
Crucé mis pies sobre la silla y me recosté en la tumbona. Dejé mi
mente vagar en los pensamientos de hoy y todo lo que había pasado. Pensé
en la historia trágica de Paula y en cómo cambiaron las cosas ahora.
Para los dos. Sé… nuestros momentos de oscuridad habían sido como un
universo paralelo. Ella tenía diecisiete años y yo había tenido veinticinco.
Ambos en un lugar muy malo. Me sentí más conectado con ella que nunca,
sentado aquí solo, inhalando tabaco condimentado a mis pulmones.
Solía fumar Dunhills. Era mi marca preferida y la primera de la lista.
Me gustan las cosas finas así que no era una sorpresa. Pero todo cambio
después de Afganistán. Muchas cosas cambiaron después de aquel lugar.
Absorbí la nicotina que mi cuerpo ansiaba y miré a la multitud de
estrellas que brillaban por encima.


…Cada guardia fumaba tabaco de clavo. Cada maldito rebelde tenía
uno de esos encantadores e imperfectos cigarros liados a mano en sus
labios mientras llevaban a cabo sus tareas de torturas y lavados de cerebro.
¿Y el olor? Como ambrosía pura. Soñé con cigarrillos el primer día de
mi captura. Soñé con el dulce olor del clavo mezclado con tabaco hasta que
estuve seguro de que moriría antes de probar uno. Las palizas e
interrogatorios empezaron más tarde. No creo que supieran lo que habían
capturado a la primera. Aunque a su debido tiempo, al final, se lo figuraron.
Los afganos querían usarme para negociar la liberación de los suyos.
Recuerdo muchos de sus casi insensibles desvaríos. Sin embargo, eso
estaba totalmente fuera de mis manos. La política del gobierno es no
negociar con terroristas, así que sabía que se decepcionarían. Y sabía que
iban a sacar su frustración en mí. Lo que hicieron. A menudo me preguntaba
si sabían lo cerca que al principio estuve de romperme. Tenía una terrible
culpa por conocer la verdad, y sentí un gran alivio por nunca haber tenido
que elegir, pero había algunos interrogatorios (si se los puede llamar así)
donde hubiera cantado como un canario en una mina de carbón si me
hubieran ofrecido uno de esos hermosos y dulces clavos para fumar. Fue la
primera cosa que pedí cuando salí de ese montón de escombros. El infante
de la Marina de los Estados Unidos que llegó a mí primero, dijo que estaba
en shock. Supongo que lo estaba… y no. Yo creo que él estaba en estado de
shock de que nadie estuviera vivo de lo que quedaba de mi prisión después
de que ellos bombardearan esa mierda (cosa por la que amablemente le di
las gracias). Pero en realidad yo estaba en shock porque sabía que en ese
momento el destino había cambiado para mí. Pedro Alfonso era un
hombre afortunado.

CAPITULO 48



Abrí los ojos en la oscuridad con el aroma de Paula en
mi nariz y sonreí cuando noté donde estábamos. Está en
tu cama, contigo. Tuve cuidado en no perturbar su
sueño. Ella me miraba, pero su cabeza estaba oculta
debajo de su brazo. La observé mientras respiraba durante unos minutos,
extasiado y satisfecho por primera vez en días. Quería tocar a mi chica,
pero la dejé dormir. Por Dios que lo necesitaba.
Necesidad. Tanta necesidad dentro de mí. Necesidades que sólo
Paula podría satisfacer, y eso me asustó. Hace un mes no hubiera podido
imaginar que tuviera un sentimiento de este tipo por ninguna mujer, pero
ahora no podía imaginar no tenerla en mi vida. Me temía que el tiempo
separados me hubiese cambiado para siempre.
Aspiré profundamente y contuve el aliento. El ligero olor a sexo
estaba en las sabanas, pero en su mayoría sólo era su limpio y florido
aroma el que me embriagaba. Me embriagaba de la misma manera que lo
había hecho la primera vez que nos conocimos. Olía tan bien y odiaba
tener que dejarla sola en la cama, pero me levanté con cuidado y me puse
unos pantalones cortos y una camiseta.
Me dirigí al otro lado de la gran habitación y hacia el pasillo de mi
oficina, dejando la puerta de la habitación entreabierta en caso de que
Paula se despertara con un mal sueño. Sobre todo necesitaba un
cigarrillo y hablar con su padre.
—Miguel Chaves—Su fuerte acento americano al otro lado del teléfono
me recordó lo lejos que estaba Paula de su familia, aunque debo admitir
que me encantaba la idea de que ahora considerase Londres como su
hogar.
—Soy Pedro. —dije mi nombre dándole una profunda calada a mi
cigarrillo.
Hubo silencio y después apresuradas preguntas.
—¿Está bien Paula? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?
—No ha pasado nada, Miguel. Está durmiendo ahora mismo y
perfectamente. —Inhalé otra vez.
—¿Estas con ella? Espera. ¿Ahora está en tu casa? —El silencio
creció espeso y siniestro mientras Miguel Chaves contemplaba con exactitud
lo que había estado haciendo con su hija—. Así que han resuelto sus
diferencias. Mira, lamento esa llamada que hice…
—¿Lo sientes? —interrumpí—. Y sí, Paula está conmigo en este
momento y planeo mantenerla muy cerca, Miguel. —Aplasté mi Djarum y
decidí no encenderme otro hasta haber terminado esta conversación—.
Sólo para que lo sepas, tampoco voy disculparme por haber estado con
ella. Tú organizaste esto. Simplemente soy un hombre que se enamoró de
una hermosa y encantadora chica. No se puede evitar, ¿no?
Miguel hizo un ruido que sonó frustrado para mí. Tenía que darle
crédito por no explotar, pero quizás seguía teniéndolas consigo.
—Mira, Pedro… Yo sólo la quiero a salvo. Paula toma sus propias
decisiones en cuanto a con quien quiere salir. Lo único que quiero es
mantener a esos bastardos lejos de ella. Evitar que le recuerden toda esa
mierda. No tienes idea lo que ha sufrido. Eso casi la destruyó.
—Lo sé. Anoche me lo contó todo. También tengo algunas cosas que
decirte a ti.
—Adelante —dijo Miguel con impaciencia.
—En primer lugar, quiero darte las gracias por seguir tus instintos y
volver a casa para verla ese día. Y en segundo lugar, quiero preguntarte
algo. —Hice una pausa para dar efecto—. ¿En qué cojones pensabas al no
decirme lo que le pasó realmente a tu hija? El conocimiento es poder, Miguel.
¿Cómo diablos puedo mantenerla protegida cuando no sé qué le hicieron?
Lo que Paula me describió no era una cinta de sexo indiscreto como
aludiste; fue un acto criminal de asalto y abuso a una chica de diecisiete
años por tres hombres legalmente adultos.
—Lo sé —dijo con voz derrotada—. No quise romper su confianza y
revelar los detalles ni a ti ni a nadie. Esa historia es suya y sólo suya para
contar.
A la mierda con esto. Encendí un segundo Djarum.
—Omitiste la parte del Senador dándole su beca para la Universidad
de Londres. Él sabe exactamente dónde está, y desde hace años.
—Me doy cuenta de eso, ¡y una vez más te digo que yo sólo quería
que ella estuviera tan lejos de esa gente como fuera posible! —Rechinó de
nuevo—. ¡Sé que esta situación es potencialmente un desastre y deja a mi
hija en la peor de las posiciones! ¿Ahora ves por qué te necesito? Todo esto
podría haberse quedado en el olvido de no ser por ese accidente aéreo.
¡Quién hubiera imaginado que Pieres sería investigado como próximo
vicepresidente!
Suspire con fuerza.
—Estoy trabajando en él y hasta ahora no encuentro ningún trapo
sucio sobre el Senador. Sé que ese chico son problemas, pero la lista negra
del Senador Pieres está limpia y ordenada.
—Bueno, no confió en él. ¡Y ahora uno de esos malditos degenerados
esta fuera de la foto! Esa historia es todo lo que el Senador desea muerto y
enterrado, y ¡ahora mismo mi hija está en medio de ese montón de mierda!
¡Esto es inaceptable!
—Tienes razón, y estoy vigilándolos a todos, créeme. Tengo algunos
contactos en las Fuerzas Especiales y están buscando en los registros militares del hijo. Si
hay algo ahí lo encontraré. Pregunta para ti. Paula dijo que la única
persona identificable en el video era ella misma. Me dijo que los demás
estaban en su mayoría fuera de la cámara y sus voces dobladas con una
canción…
—Yo… Yo lo vi. Vi lo que le hicieron a mi niña… —Ahora el hombre
parecía deshecho.
Cerré los ojos y deseé que las imágenes se desvanecieran. No podía
imaginarme en sus zapatos, al ver la infamia y no tratar de matar a los que
la lastimaron. Miguel Chaves recibió elogios por no convertirse en un asesino
en mi libro.
Me aclaré la garganta para poder hablar.
—Hay algo más que debes saber sobre mí.
—¿Qué quieres decir?
—Ahora ella es mi responsabilidad. Estoy a cargo y haré contacto
con la gente de Pieres siempre y cuando llegue el momento. Paula es
adulta y estamos juntos. Y si estás preocupado por mis motivos para
decirte esto, no lo estés. La amo, Miguel. Voy a hacer lo que sea necesario
para mantenerla segura y feliz. —Di una calada final de humo y dejé que
asimilara mis palabras.
Suspiró antes de contestar—: Tengo dos cosas que decir a eso. Como
un cliente que te necesita, estoy totalmente de acuerdo. Sé que eres el
hombre para el trabajo. Si alguien puede ver a Paula a través de este lío
ese eres tú. —Hizo una pausa y pude adivinar lo que estaba por venir—.
Pero como un padre que ama a su hija, y realmente no puedes entenderlo
hasta que te pase a ti, si la lastimas y rompes su corazón, iré a por ti,
Alfonso, y olvidaré que alguna vez fuimos amigos.
Sonreí en mi silla, contento de que esta conversación estuviera
llegando a buen término.
—Me parece justo, Miguel Chaves. Puedo vivir con esos términos.
Hablamos un poco más y me dio el fondo completo de la historia de
los Pieres de San Francisco. Decidimos volver a hablar pronto, para
mantenerlo al tanto de cualquier novedad y terminé la llamada.

sábado, 22 de febrero de 2014

CAPITULO 47



Se movió en la bañera e hizo girar sus dedos en el agua cuando
empezó a hablar de nuevo. —Nunca me había sentido tan tranquila como
lo hice ese día. Me levanté y supe lo que iba a hacer. Esperé hasta que
papá fue a trabajar. Me sentí mal por hacerlo en su casa, pero sabía que
mi mamá nunca me perdonaría por hacerlo en la suya. Les escribí cartas
de despedida y las dejé en mi cama. Entonces, tomé un puñado de
pastillas para dormir que había robado del botiquín de mi madre, me metí
en la bañera, y corté mis muñecas.
—No. —Mi corazón se comprimió en un apretón doloroso y todo lo
que podía hacer era sostenerla, sentir su cuerpo caliente, y estar
agradecido de que estaba conmigo ahora. Imaginarla en ese punto de su
vida, a una edad tan joven, y sintiendo que no tenía otras opciones fue
muy aleccionador. Sabía cómo me sentía sobre Paula, pero esto asustó
como el infierno.
—Pero apestaba ante eso, también. Me quedé dormida y realmente
no corté lo suficientemente profundo para sangrar, o eso me dijeron más
tarde. Las píldoras que tomé fueron el peor peligro. Papá me encontró a
tiempo. Vino a casa para el almuerzo para ver cómo estaba. Dijo que un
ambiente raro le estaba ensombreciendo la mañana entera, y regresó a
casa. Me salvó. —Paula se estremeció ligeramente y giró su cabeza un
poco más para descansar su mejilla en mi pecho.
Gracias, Miguel Chaves.
—Me alegra mucho —susurré—. Mi chica no puede ser genial en
todo. —Traté de aligerar el ambiente un poco, pero esta no era una
conversación con esa dirección. Mi papel era escuchar, así que la besé en
el cabello de nuevo y puse mi mano sobre su corazón—. Cuando le hable a
tu padre, se lo voy a agradecer —susurré.
—Desperté en un hospital siquiátrico. Las primeras palabras de mi
madre fueron que yo tuve un aborto involuntario y que había hecho algo
muy estúpido y egoísta, y que los doctores tuvieron que ponerme en la
sección de observación suicida. Ella no manejó bien las cosas. Yo sabía
que la avergonzaba. Y ahora que soy mayor, sólo puedo imaginar por lo
que hice pasar a mis padres, pero ella tampoco parece querer hacer frente
a sus decisiones. Mamá hablaba sin parar de la bendición que era ya no
estar embarazada, esa era su mayor preocupación. Nuestra relación no es
fácil. Ella desaprueba casi todo lo que hago.
Paula suspiró de nuevo en mi pecho. Seguí tocándola para
asegurarme que ella estaba realmente aquí. Mi chica me contaba sus más
profundos secretos, en una bañera caliente, desnuda en mis brazos
después de algún realmente alucinante polvo. No tenía ninguna queja.
Bueno, tal vez unas pocas, pero no se las expresaría a Paula. Continué
echando agua caliente sobre sus brazos y pecho, y pensé en lo mucho que
estaba en desacuerdo con su mamá. ¿Qué madre diría tal cosa a su hija
después de un intento de suicidio?
—Cuando todo termino, mis padres me enviaron a un lindo lugar en
el desierto de Nuevo México. Tomó tiempo, pero mejoré y finalmente
aprendí cómo lidiar con mi pasado. No sin problemas, pero me las arreglé
para hacer algunos avances decentes, supongo. Descubrí mi interés por el
arte y lo desarrollé.
Paula se detuvo otra vez en su historia, casi como si estuviera
midiendo cómo estaba aceptando sus noticias y si estaba escandalizado o
aterrorizado de ella ahora. Se preocupaba demasiado. Agarré su muñeca
con cicatrices y la besé justo sobre las marcas irregulares. Pequeños trozos
de color blanco estropeaban la perfecta piel con su brillo translúcido. La
idea de ella cortando esa piel me entristeció por lo que ella había tolerado.
Tuve una súbita epifanía —Paula intentando suicidarse la misma
hora que estuve en esa prisión afgana a punto de ser…
Entrelazó sus dedos con los míos y me sacó de mis pensamientos,
llevando nuestras manos a su boca y sosteniéndolas allí con sus labios.
Paula estaba besando mi mano esta vez. Sentí el calor desvanecer todo a
través de mi cuerpo y traté de aferrarme a lo maravilloso de la sensación
mientras duró, porque su gesto me puso demasiado emocional para
hablar.
—Nunca supe que mi padre fue a ver al Senador Pieres y que
básicamente lo chantajeó. Estaba lívido porque casi me había perdido, y
culpó a Facundo Pieres por todo. Mi papá quería presentar cargos, pero yo
no estaba en condiciones de soportar un juicio, y probablemente nunca lo
estaría. Además mi madre le decía que lo dejara en paz, y me permitiera
recuperar en paz, lo convenció de no presentar cargos. Pero papá aún
quería alguna retribución, sin embargo. El Senador Pieres sólo quería que
todo lo feo quedara en el olvido, muy lejos de su carrera política, así que
obligó a su hijo a enlistarse en el ejército y resolvió su problema cuando
Facundo fue enviado a Irak. Luego arregló que me aceptaran en la
Universidad de Londres, cuando llegó el momento en que estuve lo
suficientemente bien para dejar Nuevo México e ir a la universidad. Nos
decidimos por Londres porque estaba tan lejos de casa y el arte estaba
aquí. Podía hablar el idioma y la tía Maria ya vivía aquí, así que no estaría
completamente sola en un país extranjero sin al menos alguna familia.
—¿Así que el Senador ha sabido exactamente dónde estás todos
estos años? —La situación apestaba, era mucho más grande de lo que
jamás imaginé, y los riesgos para Paula podían ser enormes.
—Nunca supe esa parte hasta la semana pasada —susurró—, yo
pensé que coseché mis propios méritos.
—Puedo entender cómo eso te molesto, pero te licenciaste gracias a
tus méritos. Te he visto trabajar, y sé que eres brillante en lo que haces —
Bromeé con mi tono y besé el lado de su mandíbula—. Mi adorable anorak,
profesora Chaves.
—¿Anorak? —se rió—. ¿Qué clase de loca palabra de jerga inglesa es
esa?
—Sí, creo que tus yanquis los llaman nerds o geeks. Eso eres tú. Un
anorak artístico que adoro. —Giré su cabeza hacia la mía y encontré sus
labios para otro beso. Sabía que estábamos recordando nuestra ridícula
conversación en auto esa mañana sobre el profesor deteniendo al alumno
que se porta mal. Lo que sería ella, la profesora, y yo, el estudiante que se
porta mal.
—Estás loco —dijo contra mis labios.
—Loco por ti —dije, apretándola un poco—. Pero en realidad, el
Senador Pieres te debía mucho más de lo que te dio, a pesar de que no me
hace feliz saber que él dónde exactamente dónde estás y lo que estás
haciendo cada día.
—Lo sé. Y eso me asusta un poco. Papá dijo que Eric Montrose
murió en una extraña pelea de bar cuando Facundo fue a casa con permiso
del ejército. Él… era uno de ellos… en el video, pero nunca vi a ninguno de
ellos de nuevo después de esa noche. Ni siquiera a Facundo Pieres.
El sonido de su voz me molestó, también la idea de ella recordando
lo que pasó por las manos de esos degenerados. Estaba realmente feliz de
que uno de ellos estuviera muerto. Esa parte no me molestaba en
absoluto. Sólo rezaba que su muerte no tuviera nada que ver con ese video
y el veto del Senador Pieres.
Puse el agua a drenar y la ayudé a salir de la bañera. —No voy a
dejar que nada te suceda, y no tienes por qué estar asustada. Lo tengo
cubierto. —Sonreí y empecé a secar sus piernas con una toalla—. Hablaré
con tu papá mañana y averiguaré todo lo que pueda del Senador Pieres.
—Sequé sus brazos, espalda y pechos, pensando que realmente podría
acostumbrarme a hacer esto—. Sólo déjame preocuparme por el Senador.
Buscaré a mis contactos y veré lo que lo que sale en el camino. Nadie va a
acercarse a mi chica, a menos que vengan a mí primero.
Sonrió y me dio un muy bonito beso mordisqueando mi labio
inferior. Tuve problemas para contenerme de subirla sobre el mostrador
del lavabo y tenerla de nuevo.
La piel de Paula tenía un brillo dorado natural, pero justo ahora
era rosa por el agua caliente, y tan hermosa que era difícil de mirar y
permanecer neutral. No pienses en eso. Ignoré la urgencia y trabajé en
secar sus sensuales curvas, las que definitivamente habían perdido algo de
su forma curvilínea, pero aún así me encantaba y era toda mía. Se puso de
pie con gracia para mí, como si no le afectara nuestra desnudez con tal
proximidad. Me pregunté cómo demonios se las arregló para hacerlo.
Bueno, tenía una idea de cómo. Era una modelo que posaba desnuda y
estaba acostumbrada. No pienses en eso, tampoco.
No pude recordar nunca ser controlado por mi polla en la forma que
era controlado con ella. Tal vez cuando apenas era un adolescente, pero
nunca nada con este nivel de intensidad me había consumido como lo
hacía ahora. Follar con Paula tenía más importancia para mí que comer
o dormir.
Todos necesitamos lo básico, Paula. Comida, agua… una cama.
Ella provocaba emociones en mí que no sabía que existían hasta la
noche que entró en la Galería Andersen, hablando tonterías sobre mí y mi
mano confianzuda.
Me quitó la toalla con una sexy sonrisa, y la utilizó para envolver
toda esa gloriosa desnudez en la esponjosa tela de algodón. Una maldita
lástima. Entró al dormitorio y escuché cajones abriéndose y cerrarse.
Amaba el sonido de ella allí, moviéndose y preparándose para la cama.
Saqué una toalla para mí y empecé a secarme, inmediatamente agradecí
que me dormiría con ella en mi brazos, esta noche.