martes, 11 de marzo de 2014

CAPITULO 102




Para regresar a la casa tomó un sendero distinto ya que quería mostrarme
los alrededores. Ese camino era mucho menos agotador, y lo agradecí; pero
por alguna razón estaba otra vez cansada. Sentí que me sonrojaba al
reconocer el porqué: muchísimo sexo la noche anterior. Otro milagro,
teniendo en cuenta que había empezado y terminado la noche vomitando.
Argh. Aunque Pedro se había portado muy bien conmigo. Era
verdaderamente un hombre atento y solícito, y con una gran sensibilidad
para no haber crecido con una madre al lado. Tendría que darle las gracias
a su padre, Horacio, cuando le viera de nuevo por haber hecho tan buen
trabajo.
La zona se volvió más boscosa a medida que nos alejábamos de la costa.
El sol se filtraba entre las hojas verdes y las ramas, trazando dibujos de
luces y sombras en el suelo. Todo el lugar resultaba apacible. Un pequeño
cementerio oculto bajo unos robles muy antiguos parecía un sitio perfecto
para detenerse un rato. El lugar parecía sacado de una novela gótica, con
las ramas sobresaliendo y las lápidas profusamente decoradas.
Pedro esperó a que le alcanzara en la puerta y extendió la mano. Nada
más tocarle, me acercó contra su cuerpo, envolviéndome.
—¿Quieres echar un vistazo por aquí y descansar un poco? Pensé que te
apetecería, teniendo en cuenta lo que te gusta la Historia.
—Me encantaría. Esto es precioso —dije mirando a mi alrededor—. Tan
tranquilo y sereno.
Caminamos por el terreno, leyendo en las lápidas los nombres de las
personas que habían vivido y muerto en la zona. Una cripta de mármol
señalaba el lugar donde reposaban los restos de la familia Greymont, los
antepasados del marido de Luciana, Angel. Distinguí los nombres de
Jeremy y Georgina y recordé que eran las personas que Luciana había
mencionado del bellísimo retrato que había descubierto esta mañana en la
escalera. Los del Mallerton. Supe sin la menor duda que el cuadro de sir
Jeremy y su preciosa Georgina era el original, y esperaba que la familia me
permitiese tomar algunas fotografías solo para catalogarlas. Quizá podría
traer a Oscar aquí y hacer algunas buenas fotos. Gaby querría verlo y la
Mallerton Society estaría muy interesada en cualquier cosa relacionada con
el estatus actual de la pintura. Mi mente se agitaba con todas las
posibilidades mientras dejábamos el cementerio privado y continuábamos
hacia el interior por el camino del bosque.
Llegamos a una imponente puerta de hierro, del tipo que se ven en las
películas que ganan Oscars. Sujeto en el hierro había un cartel de una
agencia inmobiliaria que anunciaba el lugar como Stonewell Court.
—¿Conocías esta casa? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nunca había venido por este camino. Parece que está en venta. —
Probó con la aldaba de la puerta y, para nuestra sorpresa, esta se abrió con
un desagradable chirrido—. Echemos un vistazo. ¿Quieres?
—¿Crees que no pasará nada?
—Claro que no —dijo encogiéndose de hombros y mirando el cartel.
—Entonces sí.
Di un paso adelante para seguirle al interior. La oxidada puerta se cerró
tras nosotros con un ruido metálico. Le cogí la mano a Pedro y me acerqué
más a él mientras descendíamos por el serpenteante camino de gravilla.
Parecía que volvíamos a dirigirnos hacia la costa.
Se rio con dulzura.
—¿Te da miedo que nos metamos en algún lío?
—Para nada —mentí—. Si alguien viene detrás de nosotros por entrar
sin permiso, pienso hacerles saber que todo fue idea tuya y que tú dijiste
que no pasaba nada.
Traté con todas mis fuerzas de permanecer seria, esperando poder
aguantar la risa unos segundos más.
Hizo que nos detuviéramos en el sendero y me miró fingiendo estar
enfadado.
—Muy bonito. ¡Vas a abandonarme con tal de salvar tu precioso y
pequeño trasero!
—Bueno, me aseguraré de ir a la cárcel a visitar tu precioso y sexi
trasero —dije con suavidad, enfatizando la pronunciación británica de
«trasero» mientras pensaba que sonaba mucho más elegante cuando la
decía él. Era pésima intentando imitar el acento británico.
Bajó el brazo para meterme mano y me hizo cosquillas en el costado con
la otra mano.
—Oh, ¿lo harás ahora? —preguntó pronunciando lentamente. Me
rompió la compostura con facilidad haciéndome cosquillas sin piedad.
—¡Sí! —grité, zafándome de su sujeción y corriendo entre los árboles.
Él salió detrás de mí, riendo todo el tiempo. Podía sentirle acercarse y
me esforcé más para mantenerle a distancia, apurando la extensión del
camino de entrada a la casa con cada zancada.
Pedro me alcanzó justo cuando girábamos por una curva del camino y se
las apañó para tirarnos a ambos con dulzura sobre la suave hierba, rodando
sobre mí y haciéndome cosquillas sin parar. Yo me retorcía y me
zarandeaba, intentándolo todo para escapar, pero era un ejercicio inútil
contra su fuerza.
—No tienes escapatoria, nena —dijo en voz baja al tiempo que me
inmovilizaba sin esfuerzo alguno las muñecas con una mano y me sostenía
la barbilla con la otra.
—Por supuesto que no —susurré a su vez, sintiendo ya el rubor del
calor, excitándome de manera salvaje. Pedro hacía que pasaran todo tipo de
cosas en mi cuerpo. Ya me había habituado a ello.

CAPITULO 101



Mi corazón se derritió ante la explosión de intensidad que provenía de él
y me sentí de nuevo una verdadera bruja. Ahí estaba Pedro, desnudando sus
sentimientos, contándome lo mucho que yo significaba para él, y yo se lo
estaba haciendo pasar mal.
—Sé que me quieres, y yo también te quiero. —Asentí y giré la mano
para sostener la suya, sintiendo mis palabras con todo mi corazón—. De
verdad. Nadie más ha sacado eso de mí antes… excepto tú.
—Bien.
Ahora parecía vulnerable, y yo quería consolarle, hacerle ver que me
importaba. Porque era la verdad. Pedro me importaba. Muchísimo. Le
acaricié la palma de la mano con un dedo, rozándole de un lado a otro.
Las últimas veinticuatro horas habían sido una locura y yo solamente
estaba tratando de mantener la calma. Lo que Pedro me proponía me
agobiaba, pero también me hacía sentir amada. Era un buen hombre que
deseaba comprometerse conmigo, y que únicamente pedía lo mismo a
cambio. ¿Por qué tenía tantos problemas para admitirlo? La verdad era
algo que entendía demasiado bien, aunque odiara reconocerlo al haberla
enterrado en lo más profundo de mi cabeza. Estar con Pedro me obligaba a
enfrentarme a mis demonios.
—Me mudaré contigo. ¿Qué tal eso para empezar?
—Es solo eso, un comienzo —contestó de manera seca—. Te expliqué
que en cualquier caso esa parte era innegociable.
—Lo sé. Me dijiste muchas cosas, Pedro —respondí sin poder evitar el
sarcasmo en mi voz, pero le sonreí, sentado frente a mí con toda su belleza
masculina, tan confiado y seguro.
Me devolvió la sonrisa.
—Y cada palabra que he dicho iba en serio.
La camarera apareció con nuestra comida justo en ese momento,
sonriendo e inclinándose sobre la mesa de un modo descarado que hizo que
se me revolvieran las tripas. Los huevos y el beicon que colocó frente a mí
ya no parecían tan apetecibles. Alargué primero la mano hacia la tostada.
No pude evitar volver a entornar los ojos mientras se marchaba
pavoneándose, contoneando las caderas para conseguir el máximo efecto.
Pedro rio con suavidad y me tiró un beso.
—Hablemos un poco más de este plan tuyo cuando volvamos a Londres,
¿vale? Quiero disfrutar de nuestro tiempo aquí juntos el fin de semana, y
olvidar el mensaje de anoche, y pasarlo bien… —Y no pude evitar añadir
con un ligero tono mordaz—: Aunque contemplar cómo se te abalanzan las
mujeres no es que sea pasarlo bien que digamos.
Se rio con más fuerza.
—Bienvenida a mi mundo, nena. Dios, si ayuda a mi causa ponerte
celosa, quizá debería dar un poco más de alas a mis admiradoras —dijo
señalando en dirección a la camarera.
Le miré echando chispas por los ojos.
—Ni se te ocurra, Alfonso —contesté apuntando hacia su entrepierna
—. No ayudará para nada a tu causa ni a conseguir lo que tanto te gusta.
Mordió el último trozo de beicon e ignoró mi amenaza, al tiempo que
me abrumaba con ojos sensuales y pausados.
—Me gusta mucho tu yo celoso. Me pone cachondo —dijo en voz baja.
¿Qué no te pone cachondo? Sentí cómo el hormigueo de la excitación se
agitaba en mi interior mientras me escudriñaba con la mirada. Pedro podía
excitarme con el más mínimo gesto. Noté cómo se le contraían los
músculos bajo la camisa, y quería arrancársela y proceder a lamerle su
precioso y esculpido torso, para después bajar hacia su abdomen y a esa V
que culminaba en su grandiosa…
—¿En qué estás pensando ahora? —me preguntó arqueando la ceja, e
interrumpiendo mis perversas fantasías.
—En cómo me gusta salir a correr contigo —contrarresté, orgullosa de
mi concisa réplica cuando me cazó comiéndomelo con los ojos sin ningún
tipo de vergüenza, peor de lo que había hecho la pelirroja que nos había
servido el desayuno.
—Ya —dijo totalmente escéptico—. Yo creo que estabas soñando con
desnudarme y echar un polvo.
Estaba horrorizada y me quedé mirando mi comida, mientras me
preguntaba por qué estaba tan sexual esos días. Mis hormonas debían de
estar alteradas otra vez. Por-su-culpa.
—Hablando de sueños… —Pensé que ese era un buen momento para
cambiar de tema y dejé que mi comentario flotara en el aire un instante
entre los dos.
Sus ojos se oscurecieron y frunció el ceño.
—Sí, tuve otra pesadilla. Lo siento mucho por molestarte mientras
dormías. De verdad. No sé por qué he empezado a tenerlas otra vez después
de todo este tiempo.
—Quiero saber de qué tratan esos sueños, Pedro.
Se hizo el distraído y cambió otra vez de conversación.
—Pero tienes razón, nena, no debería haber sacado el tema de vamos-a-
casarnos de forma tan repentina. No estuvo bien soltarte eso en mitad de la
noche, a pesar de que sigo convencido de que es nuestra mejor opción.
Podemos hablar más sobre ello cuando volvamos a la ciudad y te hayas
mudado a mi piso. Ya te dije que el suceso de la otra noche en la Galería
Nacional me hizo enloquecer —continuó moviendo la cabeza lentamente
—. Cuando no podía encontrarte…, fue lo peor Paula. No puedo pasar por
eso otra vez. Mi corazón no puede soportarlo.
Le miré fijamente, frustrada de que estuviera cerrándose en banda una
vez más, y endurecí mi postura.
—¿Por qué no quieres hablarme de tus pesadillas? Mi corazón no puede
soportar eso.
Bajó la mirada y después la alzó, implorándome con los ojos.
—Cuando volvamos a casa. Te lo prometo —dijo jugando con mi mano,
acariciando mis nudillos con mucha delicadeza—. Pasémoslo bien juntos
este fin de semana como tú quieres, sin sacar a colación nada desagradable.
¿Por favor?
¿Cómo podía negarme? Su mirada aterrorizada me era suficiente para
darle una tregua. Unos pocos días más sin saberlo no importaban. No
obstante, sí sabía algo, que cualesquiera que fuesen los hechos que había
sufrido Pedro, habían sido terribles de verdad, y me producía pánico
siquiera imaginarlos. Dijo que eran de su época en la guerra, y recordé las
palabras que Pablo me dirigió una vez: «Él es un milagro andante, Paula».
Sí, es un buen milagro. Mi milagro.

CAPITULO 100


Pedro me guio a lo largo de la costa por un sendero escarpado que
dominaba el mar de la bahía de Bristol, con su centelleante agua azul
titilando en un millón de fragmentos brillantes a causa del viento. Lo
seguimos durante un buen rato hasta que el camino viró hacia el interior.
El sol brillaba y el aire era fresco. Se podría pensar que el esfuerzo físico
despejaría mis dispersos pensamientos y los pondría en orden, pero no
hubo suerte. No. Mi cabeza simplemente continuaba dando vueltas.
¿Comprometernos? ¿Irnos a vivir juntos? ¿¡Matrimonio!? Necesitaba
organizar una cita con la doctora Roswell para cuando regresáramos a
Londres.
Mientras observaba a Pedro delante de mí, el modo en que se movía, su
agilidad natural y su sigilo, sus músculos definidos impulsando su cuerpo
hacia delante, al menos apreciaba también esas vistas. Mi chico, mis vistas.
Sí, el paisaje y mi hombre estaban muy bien.
Lo cierto es que me encantaba estar ahí y estaba contenta de que me
hubiera llevado, a pesar del rumbo que había tomado nuestra conversación
de la noche anterior. Pedro había bajado esta mañana alegre y cariñoso,
como si no hubiéramos discutido algo importante. En realidad me
molestaba mucho que él pudiera soltar algo como lo de casarse sin más, ¡ni
que fuera tan sencillo como sacarse el carné de conducir!
Sin embargo, me gustaba que saliera a correr conmigo. Si no llovía,
salíamos a correr por las mañanas en la ciudad cuando me quedaba a
dormir en su casa. Pedro mantenía un ritmo competitivo y yo esperaba que
él no me tratara con mano suave solo porque podía hacerlo.
El sendero serpenteaba junto al litoral e iba descendiendo hacia la costa
y la playa que se extendía debajo, hasta que al final llegamos a un cabo
pedregoso. Pedro se giró y me dirigió una sonrisa de modelo de portada,
algo que me afectaba cada vez que lo hacía. Tenía una sonrisa espléndida
que hacía que me derritiera. Eso significaba que él era feliz.
—¿Tienes hambre? —me preguntó mientras me detenía.
—Sí que tengo. ¿Adónde vamos?
Señaló un diminuto edificio con forma de mirador situado en lo alto de
las rocas.
—El Ave Marina. Dan unos desayunos geniales en ese pequeño lugar.
—Suena muy bien.
Puso mi mano en la suya y la llevó hasta sus labios, besándola con
rapidez.
Yo le sonreí y observé su precioso rostro. Pedro era un regalo para los
ojos, pero me resultaba curioso que él pareciera no pensar mucho en ello.
Quería saber más sobre esa mujer de la noche anterior, Priscilla. Sé que se
había acostado con ella en algún momento del pasado; se limitó a decir:
«Salimos una vez juntos». No había que ser un genio para saber que había
aceptado libremente tener sexo con ella. En el bar no paró de ponerle las
zarpas encima. No me gustaba nada su mirada. Demasiado depredadora.
Luis no obstante parecía interesado. Los vi juntos fuera, en la acera,
después de que evacuaran la Nacional.
—¿En qué estás pensando, nena? —preguntó Pedro dándome un
golpecito en la punta de la nariz—. Puedo ver moverse el engranaje ahí
debajo. —Me besó en la frente.
—En muchas cosas.
—¿Quieres que hablemos de ello?
—Creo que deberíamos —dije asintiendo—. Creo que no tenemos
opción, Pedro.
—Sí —respondió, al tiempo que sus ojos perdían el brillo de felicidad
que habían tenido hasta ese momento.
La camarera pelirroja lo miró de arriba abajo mientras nos sentaba junto
a la ventana, algo a lo que me había habituado cuando salía con Pedro. Las
chicas no disimulaban demasiado su interés. Yo siempre me quedaba
pensando en cómo actuarían otras chicas o qué le dirían si yo no estuviera
presente. ¡Ja! «Este es mi número, por si quieres venir a mi casa y tener un
poco de sexo rápido y sucio. Haré todo lo que quieras». Argh.
Esperó hasta que ella se marchó y entonces fue directo al grano.
—Bueno…, volviendo a nuestra conversación de anoche. ¿Te sientes
más receptiva a la idea?
Bebí primero un poco de agua.
—Creo que todavía estoy conmocionada por el hecho de que quieras…
—vacilé.
—No tienes por qué tener miedo a pronunciar las palabras,  Paula
dijo mordaz, sin parecer ya tan feliz conmigo.
—Bien. No me puedo creer que quieras «casarte» conmigo —contesté
marcando el gesto de las comillas y observando cómo se le contraía la
mandíbula.
—¿Por qué te sorprende?
—Es demasiado pronto y apenas hemos empezado a salir juntos, Pedro.
¿No podemos seguir tal y como estamos?
Su gesto se endureció.
—Seguimos estando como estábamos. No sé adónde te crees que
estamos yendo, pero te puedo asegurar que será a un lugar en el que
estaremos juntos —contestó entornando los ojos, que brillaron un poco—.
Todo o nada, Paula, ¿o es que ya lo has olvidado? Anoche dijiste que
querías lo mismo.
Juraría que estaba más que un poco frustrado conmigo.
—No lo he olvidado —susurré, y hojeé la carta que tenía frente a mí.
—Bien.
Él cogió la suya y no dijo nada durante un minuto o dos. La camarera al
final regresó y anotó la comanda de nuestros desayunos de una forma
bastante desagradable, tonteando con Pedro a lo largo de todo el tortuoso
proceso.
Fruncí el ceño en cuanto se giró y se marchó con paso tranquilo.
Pedro continuaba mirándome, sin pestañear, mientras hablaba.
—¿Cuándo vas a entender que no me importan las mujeres como esa
camarera ni cómo intentaba flirtear conmigo mientras tú estás aquí
sentada? Ha sido de muy mal gusto y lo detesto. Cosas así me han pasado
durante toda mi vida adulta y puedo asegurarte con sinceridad que es
terriblemente molesto —dijo mientras alargaba la mano por encima de la
mesa y me cogía la mía—. Yo ahora quiero que solo una mujer flirtee
conmigo, y tú sabes quién es esa mujer.
—Pero ¿cómo puedes estar tan seguro de algo tan importante como el
matrimonio? —pregunté retomando nuestro tema.
Empezó a rozar su pulgar sobre la palma de mi mano, en un gesto que
iba más allá de lo sensual.
—He decidido lo que quiero contigo, nena, y no voy a cambiar de
opinión.
—Lo sabes. Sabes que jamás cambiarás de opinión sobre mí o sobre
querer estar conmigo —pronuncié esas palabras con un tono ligeramente
socarrón, pero eran cuestiones que le planteaba de verdad. Dios, si me lo
estaba proponiendo, entonces yo tenía que escuchar el porqué de las cosas
—. No tengo ningún buen ejemplo en el que inspirarme. El matrimonio de
mis padres era una farsa.
—No cambiaré de opinión,Paula —dijo entornando los ojos, en los que
pude atisbar algo de dolor—. Tú eres todo lo que quiero y necesito. Estoy
seguro de eso. Solo deseo hacerlo oficial ante el mundo de forma que
pueda protegerte de la mejor manera que sé. La gente se casa por mucho
menos. —Bajó la mirada a nuestras manos y volvió a alzarla hacia mí—.
Te quiero.

lunes, 10 de marzo de 2014

CAPITULO 99



Terminé la llamada y salí de la habitación, ansioso por ver a Paula. Era
el momento de enfrentarme a mi chica y ver en qué lío me había metido
por mi mal comportamiento de anoche. Aunque no estaba realmente
preocupado. Mi chica me quiere y sé cómo darle lo que necesita…
Me reí ante mis engreídos pensamientos, abrí la puerta del dormitorio y
por poco me choqué con mi sobrina.
Delfina estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared,
esperándome al parecer. Tras mi sorpresa me agaché para ponerme a su
nivel.
—Por fin has salido —dijo indignada.
—Perdona, tenía que hacer una llamada, pero ya he terminado.
Me miró esperanzada.
—¿Podemos ir a tomar el helado ahora? Dijiste que iríamos.
—Aún es por la mañana. Los helados son para la tarde.
Arrugó su monísima nariz en respuesta. Supongo que no compartía esa
visión pragmática.
Me señalé la mejilla.
—No he recibido aún unos bonitos buenos días de mi princesa favorita.
—Se alzó, me rodeó el cuello con sus pequeños brazos y me besó en la
mejilla—. Eso está mejor —dije—. ¿Te gustaría dar una vuelta? —
pregunté señalándome la espalda.
—¡Sí! —Su expresión se iluminó.
—Bueno, pues sube a bordo entonces —le respondí.
Se subió y colocó los brazos alrededor de mi cuello mientras yo sujetaba
sus pequeñas piernas enganchadas bajo mis brazos. Gruñí, fingiendo que
me costaba ponerme en pie. Choqué contra la pared con movimientos
exagerados, con cuidado de que no se golpeara la cabeza.
—Dios, pesas mucho. Has estado comiendo muchos helados, ¿verdad?
Rio y golpeó sus talones a cada lado.
—¡Vamos, tío Pedro!
—Lo intento —gruñí, al tiempo que continuaba chocando contra las
paredes y tropezando—. ¡Parece que tenga un elefante en la espalda!
—¡No! —exclamó riendo ante mis payasadas, y golpeó más fuerte—.
¡Ve más rápido!
—Sujétate bien —contesté, y salimos vitoreando y gritando todo el
camino hacia la escalera que llevaba a la zona familiar.
Mi hermana y Luciana estaban esperándonos cuando aparecimos en la
hogareña cocina. Estoy seguro de que todas las risas y chillidos
precedieron nuestra llegada, pero lo que me dio energía fue la mirada de
Paula. Tenía los ojos como platos, probablemente sorprendida de verme
jugar así.
—Hola Lu —dije, adelantándome a besarla en la mejilla, con Delfina aún
colgada a mi espalda y agarrada a mi cuello.
—Pepe—Me abrazó y su pequeño cuerpo me llegaba justo debajo de la
barbilla, tan reconfortante como lo había sido siempre. Como había
perdido a mi madre tan pequeño, había tenido que sustituirla por mi
hermana mayor en algunos sentidos. Ella siempre se comportaba como mi
madre de todos modos y amoldamos nuestra relación de la única manera
que supimos. Miré a Paula y le guiñé un ojo. Delfina rio y botó como si
quisiera que su «caballito» siguiese adelante—. Delfina, ¿despertaste al tío
Pedro? —le preguntó Luciana con el ceño fruncido. Noté cómo la niña
sacudía con fuerza la cabeza sin parar y tuve que contener la risa
incriminatoria que amenazaba con aparecer en mi rostro.
—Abrió los ojos él solo, mami —dijo.
Paula se echó a reír.
—Eso ha debido de ser interesante, qué pena habérmelo perdido.
—Delfina —la reprendió Luciana con suavidad—, te pedí que lo dejaras
dormir.
—No importa —le dije a mi hermana—. No me ha quitado más que un
año o dos de vida, estoy seguro —bromeé—. ¿Recuerdas a esas niñas en El
resplandor? —Luciana rio y me dio un golpe en el hombro. Me giré hacia
Paula—. Buenos días, nena. Parece que tengo un monito en mi espalda.
—Me gustaba ser juguetón por una vez.
—Oh, lo siento, pero no nos conocemos. Me pregunto si tal vez ha visto
a mi novio por aquí. Su nombre es Pedro Alfonso. Un tipo muy serio,
rara vez sonríe y desde luego no da vueltas por casas rurales gritando y
golpeándose contra las paredes con pequeños monos en la espalda. —Le
hizo cosquillas a Delfina en la oreja, que rio un poco más.
—No. Ese tipo no está por aquí. Le dejamos en Londres.
Me extendió la mano.
—Soy Paula, encantada de conocerle —dijo con gesto serio.
Luciana resopló tras de mí y arrancó a Delfina de mi espalda mientras yo
tomaba la mano que Paula me ofrecía y la llevaba hasta mis labios para
besarla. Me fijé en su cara y vi cómo se le iluminaban los ojos; luego
sonrió y frunció los labios. Esos labios. Hacía cosas maravillosas con esos
labios… Mía.
Luciana me dio unos golpecitos en el hombro.
—Te pareces a mi hermano, y tu voz suena igual, pero definitivamente
no eres él. —Me ofreció su mano—. Luciana Greymont. ¿Quién es usted?
Reí y puse los ojos en blanco.
—«Tienes que divertirte un poco,Pepe. Sal más y conoce a gente. Relájate
y disfruta un poco de la vida» —dije imitando las palabras que había oído a
mi hermana en más de una ocasión.
—No me malinterpretes, me gusta verte cabalgando y riendo así. —
Luciana hizo una pausa y me señaló—. Tan solo dame un minuto para que
me haga a la idea.
—Te acostumbrarás —le contesté mientras rodeaba a Paula con un
brazo y le besaba en la sien, perfumada por la esencia floral de su champú.
Siempre olía de maravilla—. ¿Cómo te encuentras esta mañana?
—Me siento genial —respondió sacudiendo la cabeza—. No sé qué fue
lo de anoche, pero hoy me encuentro perfectamente. —Bebió de su taza—.
Luciana hace un café delicioso.
—Sí que está bueno —contesté, y me serví un poco—. ¿Has comido
algo?
—No, te estaba esperando. —Sus ojos parecían más marrones que
nunca. Y tenía una mirada que me decía que quería discutir algo. Me
parecía bien. Teníamos mucho de que hablar. Debía convencerla de algo.
Vamos.
—No tenías que esperarme…, pero se me ocurre una idea, si estás
interesada —dije mientras volvía a su lado con mi taza de café, de la que
emanaba un delicioso aroma.
—¿Y qué idea es esa, extraño-hombre-que-se-parece-a-mi-novio-pero-
que-no-puede-ser-él?
Me provocaba de una manera que me hacía desear lanzarla sobre mi
hombro y regresar a nuestro dormitorio.
—Qué graciosas están las señoritas esta mañana —dije, mirando a cada
una de ellas, incluida la de cinco años—. ¿Dónde están los demás
hombres? Estoy en inferioridad de condiciones.
—Cosas de los scouts. Volverán después de comer —explicó Luciana.
—Ah, ya veo. —Miré de nuevo a Paula—. ¿Te apetece correr por el
paseo marítimo? Es realmente bonito y hay un café donde podemos tomar
algo después.
Toda su cara se convirtió en algo indescriptible, una mezcla entre
belleza y felicidad.
—Suena perfecto. Iré a cambiarme deprisa. —Se dio la vuelta y salió de
la cocina con una risita. Adoraba cuando era feliz, y especialmente cuando
era por algo que yo hacía.
—Quiero ir —pidió Delfina.
—Oh, princesa, vamos a correr muy lejos como para que vengas con
nosotros hoy. —Me agaché hasta su cara otra vez.
—Me prometiste que podríamos llevarnos a Rags y comprar… —Delfina
no parecía muy contenta con su tío Pedro. En absoluto. Eso también
provocaba cosas raras en mi interior. Las niñas descontentas son la leche
de aterradoras. Las niñas grandes también, en realidad.
—Lo sé —la interrumpí, y miré a Luciana, que puso los ojos en blanco y
cruzó los brazos—. Vamos a ir por la tarde. Recuerda lo que dije… —le
susurré al oído—. Los helados son para la tarde, princesa. Mami nos está
observando. Será mejor que vayas a jugar con tus muñecas o sospechará.
—Vale —me respondió susurrando alto—. No le diré que nos vas a
llevar a mí y a Rags a por un helado esta tarde.
Reí bajito y la besé en la frente.
—Buena chica. —Me sentí bastante orgulloso de haber manejado ese
pequeño problema tan bien. Delfina me dijo adiós con la mano cuando se fue
a jugar y yo le guiñé un ojo. Me apoyé sobre los talones y alcé la vista
hacia el gesto de burla de mi hermana.
—Me cuesta reconocerte, Pedro. Te gusta mucho, ¿verdad?
Me puse de pie y volví a mi taza de café, dando un trago antes de
contestar a ese comentario.
—Solo iremos a por un helado, Lu.
—No hablo de comprarle chucherías a Delfina a hurtadillas, y lo sabes.
La miré fijamente y le respondí.
—Sí, me gusta muchísimo.
Luciana me sonrió con dulzura.
—Me alegro por ti, Pepe. Dios, estoy encantada de verte así. Feliz…, eres
feliz con ella. —Los ojos de mi hermana se humedecieron.
—Eh, ¿qué ocurre? —La abracé.
Ella me abrazó fuerte.
—Son lágrimas de alegría. Te lo mereces, Pepe. Ojalá mamá estuviese aquí
para verte así… —Sus palabras se fueron apagando y era evidente que
estaba emocionada.
Miré la fotografía que reposaba en el estante, una en la que estábamos
los tres juntos, Luciana, mamá y yo sentados en el muro de casa de mis
abuelos.
—Y lo está —dije.

CAPITULO 98





Decidí contactar con Pablo antes de bajar. Llamarle me aliviaría la mente.
A veces hablar de un caso era catártico.
—Qué tarde te has levantado hoy, jefe —anunció Pablo tras sonar la
primera señal.
Le gruñí.
—A lo mejor llevo despierto horas, ¿cómo lo puedes saber?
—Es poco probable. Me sorprende que no llamases nada más llegar
anoche.
—Tal vez lo hubiera hecho… si no hubiese estado tan cansado de un
largo viaje y de un sueño poco reparador —le contesté—. Ah, y Paula se
puso mala y tuvimos que parar a un lado de la carretera para que vomitara.
—¡Jesús! Qué desagradable.
—Estoy de acuerdo. Toda la noche fue bastante desagradable.
—¿Qué le ocurre?
—No sé. Un virus estomacal o algo así. Ya se encontraba mal en la
galería.
—No supondrás que alguien envenenó su comida o su copa, ¿verdad?
Consideré la idea, aunque me enfureciera.
—No puedo descartarlo por completo. Hay que investigar a Luis
Langley. Tiene su número antiguo de móvil y estaba en la galería, pero
ahora la llama al número nuevo. Por otro lado, le ofreció un vaso de agua.
—Quería tener a ese gilipollas a solas en una habitación. Podría descubrir
toda clase de cosas, estoy seguro. Procuré centrarme en mi conversación
con Pablo—. El tema es que la persona que mandó el mensaje se encontraba
allí. Tal vez no en el evento, pero estaba viéndome fumarme un cigarrillo.
Y la alarma saltó justo un segundo o dos después de que enviaran el vídeo
con la música.
—Langley estaba limpio cuando le investigaste anteriormente.
—No me lo recuerdes, por favor. —Si ese hijo de puta estaba
involucrado, juro que sería hombre muerto. Paula y yo necesitábamos
hablar sobre su historia con Langley, una idea que me resultaba más
desagradable que el desastre de la noche anterior—. Tan solo mira qué
puedes averiguar. ¿Ha habido suerte con la localización de la llamada al
móvil de Paula? —Había dejado la investigación en manos de Pablo,
dispuesto a pasar un fin de semana sin dedicarlo a su caso o a mi trabajo.
—Alguna. La llamada fue hecha desde Reino Unido. Es probable que el
que llamó a su móvil te observase en directo y no a través de una webcam
desde Estados Unidos. ¿Piensas en esa posibilidad?
—Joder. —Un cigarro resultaba muy tentador ahora mismo—. Es poco
probable, pero podría ser. Bueno, no es Pieres entonces, está en servicio
activo en Irak. Merodear por Londres le sería complicado cuando está
esquivando misiles en el desierto. Tampoco es Montrose, porque está
disfrutando de una bien merecida siesta eterna. Así que eso nos lleva al
tercer hombre del vídeo. Ese mamón es el siguiente en mi lista. Aún no
tenemos nada de él. Su expediente está accesible en el Q drive. Todo lo que
importa sobre él se encuentra ahí. ¿Puedes indagar un poco? ¿Averiguar
qué hace últimamente? Asegurarte de que no está usando su pasaporte.
Hum…, su nombre es Fielding. Luciano Fielding, veintiséis años, vive en
Los Ángeles, si la memoria no me falla. Quiero saber si también asistió al
funeral de Montrose. Apuesto a que se esfumó.
—Yo me ocupo,Pepe —concluyó Pablo—. Disfruta de tu fin de semana e
intenta olvidar toda esta mierda durante unos días. Yo me ocupo. Ahora
mismo la tienes a salvo y fuera del punto de mira. No va a pasar nada en
Somerset.
—Gracias. Te lo agradezco. Ah, una cosa, ¿puedes dar de comer a
Simba?
—No le gusto —dijo Pablo con tono seco.
—Yo tampoco, pero le gusta que le alimenten. Y si no lo haces
empezará a comerse a sus compañeros de pecera.
—De acuerdo. Alimentaré a tu arisco y venenoso pez.
—No tienes que hacerle mimos, tan solo lanzarle algo de krill.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. Esa criatura tiene una parte piraña,
estoy seguro.
Reí ante esa imagen.
—Gracias, valiente soldado, por adentrarte en la batalla por mí dando de
comer a mi pez.
—De nada.
—Vigila el fuerte por nosotros, y ya sabes dónde encontrarme.
Estaremos de vuelta en la ciudad el lunes por la noche.

CAPITULO 97



La ducha me sentó bien. El agua caliente ayudó a limpiar las telarañas
de mi cabeza. Joder con el sueño de anoche. El hecho de que hubiese
tenido otra pesadilla con Paula al lado me cabreaba de verdad. Y aunque
me aliviaba que no fuese tan mala como la última, aún odiaba levantar
mierda de la que no necesitaba preocuparme ahora. Ella quería hablar de
ello otra vez… No estoy preparado.
Me froté el pene con la mano al lavarme, recordando lo que le había
hecho a Paula tras mi pesadilla. Ella aceptaba todo lo que estuviese
dispuesto a darle en lo que a sexo se refería, sin protestar, sin quejarse,
dispuesta y generosa con su cuerpo en todo momento, ayudándome a salir
del terror. Lo hace porque te ama. Tuve que preguntarme si su reacción
tendría algo que ver con su pasado, con las cosas que me contó acerca de su
violación y cómo se había sentido cuando era más joven. Paula parecía
tan segura de sí misma casi todo el tiempo que era duro imaginarla
sintiéndose frágil y vulnerable. Mi postura era sencilla, de verdad. No me
importaba su pasado. No cambiaba nada lo que sentía por ella. Ella era la
única, la persona con la que necesitaba estar. Ahora solo quedaba
convencerla de ello. Y lo haré… porque la quiero. Agarré una toalla de
felpa para secarme según salí de la ducha.
Sonreí al espejo mientras me recortaba la barba. La cara que me puso
cuando le dije que deberíamos casarnos no tenía precio. Debería haber
utilizado mi móvil y haber grabado un vídeo. Mi sonrisa se convirtió en
preocupación al pensar en el vídeo que le mandaron anoche. Me recordó
que debía llamar a Pablo en algún momento del día. Quería detalles del hijo
de puta que estaba jugando con ella. No lo haría durante mucho tiempo
más, eso podía jurarlo.
Volver a pensar en la noche anterior rozaba lo doloroso. Cientos de
imágenes cruzaban mi mente. El vestido morado de Paula, el colgante
que le regalé alrededor de su cuello, los perturbadores mensajes de texto y
el vídeo, la amenaza de bomba, cómo la busqué preso del pánico, y luego
ella vomitando a un lado de la carretera. ¡Dios! Todo fue una absoluta
locura. Necesitábamos un poco de paz y algo de descanso. Estaba decidido
a concedernos eso este fin de semana aunque me fuese la vida en ello.
Me sentí culpable de inmediato por ser tan exigente con ella en la cama
anoche. No había mucha paz y descanso para mi chica conmigo al lado.
Recordé la desesperación por estar dentro de ella otra vez… tras ese sueño.
¡Joder! Agradecía haber estado menos alterado que la última vez, pero aun
así me preocupaba que fuese demasiado para ella. Que yo fuese demasiado.
Pensándolo de nuevo, Paula no parecía estar molesta ni siquiera
después de que le hablara de mis planes de hacer público nuestro
compromiso. Me dijo que estaba loco, eso es cierto, pero no estaba
enfadada conmigo de ningún modo, al menos que yo supiera. De hecho
siguió cuidándome después de eso, cuando me desperté destrozado de otro
sueño retorcido que mezclaba todo lo malo de Afganistán con mi
preocupación por ella. Una-jodida-mierda. Ella había dicho que me
despertó porque no quería que mi pesadilla fuera a más. ¿Y qué hice con
mi dulce chica para agradecérselo?
Me la follé de nuevo.
La poseí con fuerza y ella aceptó todo lo que hice, me aceptó a mí. Dijo
que no pasaba nada. Sí, de acuerdo, me quiere.
Era muy consciente de que el tacto de Paula me calmaba como nada lo
había hecho antes. Ella era el único salvavidas al que me quería agarrar
cuando me encontraba en ese estado.
Solo recordar cómo terminó nuestra sesión hizo que mi sangre bombease
y mi mente volara. Fui a buscar ropa y me di cuenta de que ahora pensaba
demasiado en el sexo. Buscar una distracción sería una buena idea sin
duda. Por ahora. Cuando la tuviese de nuevo a solas, bueno, entonces todas
las apuestas apuntaban a que no sería capaz de tener las manos quietas.
Altamente improbable. Era tan solo otra prueba de lo bien que
funcionábamos juntos y de por qué iba a llegar hasta el final con mi chica
americana. Nunca había necesitado a nadie del modo en que la necesitaba a
ella.
En el plan de hoy figuraba un largo entrenamiento, lo había decidido.
Pasar un poco de tiempo haciendo cosas normales con Paula y mi
familia, alejado del trabajo y los demás problemas, sería un agradable
cambio. También quería que Paula se lo pasara bien aquí. Tal vez le
apeteciese ir a correr por el paseo marítimo. Esperaba que se encontrara
bien esta mañana. Me puse unos pantalones de deporte y unas zapatillas y
agarré mi móvil.

domingo, 9 de marzo de 2014

CAPITULO 96




No sé qué me hizo abrir los ojos. Creo que fue el ligero olor a
mermelada,  pero en cualquier caso ahora entiendo por qué las películas de 
terror en las que salen niños son, sin lugar a dudas, las más terroríficas de
todas. No hay nada como un niño en silencio observándote mientras
duermes o, incluso peor, despertándote.
Me vienen un montón de preguntas a la cabeza, como: ¿cuánto tiempo
llevas ahí mirándome como una de las gemelas malditas de El resplandor?
Me aterró durante unos dos segundos.
Y después sonrió.
—¡El tío Pedro está despierto! —gritó con todas sus fuerzas al tiempo
que corría hacia la puerta, que dejó abierta de par en par.
—¡Delfina! Cierra la puerta, por favor. —Me senté detenidamente,
consciente de que estaba desnudo y con cuidado de seguir bien tapado con
las sábanas. Además estaba solo en la cama, así que me incliné y miré
hacia el baño para tratar de ver a Paula.
Pero ella no estaba ahí.
—Está abajo hablando con mami. Están tomando café. —Delfina asomó la
cabeza de nuevo.
—¿Sí? —dije, preguntándome por qué narices había dormido como un
tronco y cuánto tiempo llevaría mi sobrina merodeando a mi alrededor.
¿Nivel de escalofrío? Doce de diez.
Delfina asintió de manera contundente.
—Bajó hace siglos.
—¿Qué opinas de ella?
Ignoró mi pregunta e inclinó la cabeza hacia mí.
—¿Te has casado, tío Pedro?
Estoy seguro de que mis ojos se salieron de sus órbitas, porque Delfina me
miró fijamente mientras esperaba una respuesta.
—Hum…, no. Paula es mi novia.
—Mamá y papá están casados.
—Sí, lo están. Yo estuve en la boda. —Sonreí y deseé poder salir de la
cama y alcanzar algo de ropa, pero me tenía bien atrapado.
—¿Por qué duermes desnudo?
—Perdona, Delfina, necesito vestirme.
—Papá no duerme desnudo como tú. Paula es simpática. ¿Me llevarás
a tomar un helado con Rags? Le encanta el helado y yo dejo que lo lama y
mamá dice que eso es un asco, pero yo le dejo de todos modos. Mami me
dijo que no subiera aquí, pero me cansé de esperar a que te despertaras.
Eres el único que aún duerme.
Increíble. Una niña de cinco años me tenía preso en la cama y lo único
que podía hacer era escuchar, fascinado por su letanía de observaciones,
opiniones y peticiones, mientras rezaba para encontrar un modo de escapar.
Me dirigió una mirada indignada con la última frase. Una que parecía
decir: ¿Qué demonios te pasa, tío Pedro? Y de verdad, estaba de acuerdo
con su lógica de cinco años. Me pasaban un montón de cosas.
—Vale, te diré una cosa, señorita Delfina. Veré qué puedo hacer con lo de
ir a por el helado con Rags si sales de la habitación para que pueda
levantarme y vestirme. —Le brindé mi mejor movimiento de cejas—.
¿Trato hecho?
—¿Y qué pasa con mamá? —soltó sin cambiar en absoluto de expresión.
Esta niña podría jugar al póquer con los grandes algún día, no me cabía la
menor duda. Mi sobrina era magnífica.
—Si mamá no sabe nada acerca de lo de los helados, no le hará daño.
Ese es mi lema. —Me pregunté cuánto tiempo pasaría hasta que esa frase
se volviera en mi contra. Probablemente lo que tardase en llegar al piso de
abajo, pero ¡qué narices! Si servía para conseguir un poco de privacidad
inmediata…
—Trato hecho. —Me miró fijamente antes de ir hacia la puerta y
volverse con sus ojos azules clavados en mí con un mensaje: Será mejor
que muevas el culo enseguida o volveré a por ti.
—Bajaré de inmediato —insistí a la vez que le guiñaba un ojo.
Esperé un largo minuto a levantarme después de que se fuese. Utilicé
una almohada para cubrir mis partes y pegué una carrerilla, y antes de
entrar en la ducha cerré el pestillo del baño. Lo último que necesitaba era
que me pillara una niña con todo al aire. Así que Paula estaba abajo
hablando con Luciana… Me pregunté qué estarían diciendo de mí y me
apresuré.