lunes, 15 de septiembre de 2014
CAPITULO 207
PEDRO
FINALMENTE. La olí de nuevo. Su olor estaba en mi nariz y lo respiré. Una bocanada de Paula. Pero ¿cómo podía ser eso? Le había dicho adiós arriba de esa montaña. Sin embargo, se sentía diferente.
Muy diferente.
Ahora podía sentir mi cuerpo. Mis manos, mis pies, mi cabeza. Eso quiere decir… ¿qué lo he logrado? ¡Oh, jodida mierda, sí! Sentí euforia. Estaba vivo… y Paula estaba cerca. Era tan bueno… lo que fuera que estuviera haciéndome. Masajes de dedos a través de mi cabello, una y otra vez. Dedos que conocía bien. Pertenecía a una mano que había sentido, sostenido y besado. La mano frotaba lentamente mi cuero cabelludo. Su mano, la mano de Paula me tocaba, y eso era la cosa más maravillosa y jodidamente perfecta. Quería decirle lo mucho que la amaba, y que iba a estar bien, pero aún no podía hablar. Todo lo que podía hacer era respirarla y saborear la sensación de ella tocándome. De alguna manera, por alguna milagrosa intervención, había sobrevivido. Recordé las alas del ángel sosteniéndome cuando estaba flotando entre la vida y la muerte. Era un enorme recordatorio de otra época cuando eso me había sucedido.
Gracias, mamá. De nuevo.
Sentía un completo y total alivio, y sabía que podía dejar de luchar ahora… y solo dormir un poco más, con mi chica a mi lado.
PEQUEÑAS patadas y codazos retumbaban contra mi mano. Me encantaba. Siempre me hacía sonreír. Sabía exactamente lo que estaba sintiendo. Olivia-Teo estaba hablando con papá. Te has vuelto más fuerte, pequeño.
Froté mi mano sobre el bebé, tratando de imaginar qué parte de su cuerpo era cuál. ¿Eso era un pequeño trasero o la corona de la cabeza? Más patadas golpearon mi palma y me hicieron reír. Era el mejor maldito sentimiento en el jodido mundo. Al igual que una bendición —un regalo que no esperaba— perfectamente hermosa.
—Pedro se rio. ¿Lo escuchaste, Tomas? Se está riendo por las patadas del bebé. —Conocía esa voz. Esa era mi Paula hablándole a Tomas.
Abrí los ojos.
—Funcionó —dijo ella en un susurro—. Regresaste a mí.
El rostro de Paula era un desastre de lágrimas y preocupación. Lucía exhausta con círculos oscuros debajo de sus ojos y su cabello todo revuelto. Sus ojos estaban vidriosos por llorar. Pero la visión de ella tan cerca de mí, era la vista más hermosa que mis lamentables ojos jamás habían contemplado en toda mi vida.
—Paula… nena… —sonreí y me quedé mirando cada centímetro de su rostro, empapándome de la visión de ella por un momento—. Te imaginé en la cima de esa montaña, para que me ayudaras a entrar en calor… y a encontrar un lugar seguro a dónde ir. Simplemente te imaginé, y supe que las cosas estarían bien, y que estaba feliz, no tenía miedo.
—Oh, Pedro,Pedro, Pedro… —sollozó, aferrándose a mi pecho y meciendo su frente hacia atrás y hacia adelante.
Tomé nota de dónde estábamos y me imaginé que era una cama de hospital, y ambos estábamos acostados en nuestros costados, el uno frente al otro. Mi chica se había arrastrado a la cama del hospital conmigo, al parecer, porque podía olerla. Ella incluso había dado un paso más lejos poniendo mi mano en su vientre para que pudiera sentir a Olivia-Teo pateando lentamente desde su interior. Ambos me habían llamado de regreso.
Levanté la mirada hacia mi primo y capté las palabras, bienvenido de regreso, murmuró hacia mí.
Gracias, murmuré de regresó, agradecido de que hubiera ayudado a Paula mientras estaba fuera. Entonces él me sonrió y salió por la puerta, moviendo rápidamente la mano en su oreja con el universal gesto de “llámame”.
—Te amo tanto —susurré, intentando mantener mis emociones bajo control. Llevé mi mano a su barbilla y la forcé a levantar la cara para encontrarse con la mía.
Necesitaba mirar sus ojos primero. Luego, una vez que me hubiera sumergido en toda su gloria multicolor, tendría que besarla durante un muy, muy largo tiempo.
Creo que ella estaba un poco en estado de shock porque seguía diciendo la misma cosa una y otra vez.
—Regresaste a mí.
—Lo hice, mi hermosa, porque tú me trajiste de regreso. Tú lo hiciste… y un ángel también ayudo.
CAPITULO 206
PAULA
12 de enero
Londres
REGRESA a mí…
Estoy justo aquí, Pedro. Siempre. Solo tienes que regresar a mí cuando estés listo. Estaré aquí esperando por ti con Olivia-Teo. Te necesitamos. Te necesito para poder hacer esto. Solo te necesito y nunca te dejaré ir. Nunca lo haré.
Permanecí con mi hombre junto a su cama en el hospital.
Regresa a mí, cariño. Era el mismo hospital al que había venido a visitar a Facundo. Sin embargo, estaba tan agradecida. Él estaba aquí conmigo ahora, y podía tocarlo, verlo y los médicos podían ayudarlo. Pablo movió algunos hilos importantes con alguien y arregló todo para que Pedro fuera trasladado en helicóptero a Londres. Tomas también ayudó. No sé qué hubiera hecho sin estos dos.
Sabía que las personas podían hacer que las cosas fueran hechas. Si Pedro estuviera atrapado en Suiza en este momento, donde no podría dejarlo, necesitaría ser atada.
Creo que Horacio y Maria estaban a punto de ordenarme que fuera a casa pero no iba a ir a ningún lugar. Ellos finalmente se fueron a conseguir comida y dijeron que regresarían más tarde. Podrían quejarse y probar sus fuertes tácticas del ejército todo lo que quisieran en mí, pero no serviría de nada. Sabía dónde tenía que estar. No voy a dejarte, mi querido. Voy a estar aquí cuando despiertes.
Aun así, no podía hacer mucho por él. El hospital tenía todo cubierto. Puntadas para cerrar la herida al lado de su ojo derecho, en la parte superior de su pómulo. Él tendría una cicatriz allí ahora. La cirugía para reparar su pierna
izquierda. La tibia y el peroné se fracturaron, pero ahora estaban arreglados, y se curarían rápido debido a los clavos que habían puesto en sus huesos. Mi hombre estaba simplemente “durmiendo” en este momento. Necesitaba un profundo descanso para que su cuerpo pudiera regenerarse.
Así que me senté a su lado y lo llamé para que regresara a mí. Recibí el mensaje que me dejaste en el teléfono de Christian. Él fue muy dulce y estaba muy preocupado por ti.
Llamó y me habló porque no quería que me asustara por el mensaje de texto que me enviaste desde su teléfono. Me dijo lo que había pasado, cómo querían hacer una carrera en zona agreste, y cómo les dijiste qué hacer si se metían en problemas allá arriba. Él dijo que hicieron todo lo que les instruiste hacer, y debido a ello, todos estaban bien. Se siente terrible de fueras el que resultó lesionado…
Sentí una mano pesada descansar en mi hombro.
—Tenían sabor mora. Espero que esté bien. —Tomas empujó una taza de té caliente hacia mi mano—. Oh, y también conseguí esto para ti. —Me tendió una barra de proteína—. Cómela, por favor.
Poco a poco, levanté mis ojos en estado de shock. Sus palabras —el gesto, era casi idéntico. Miré a Tomas donde estaba de pie frunciéndome el ceño. Alto y con los ojos verdes, con el cabello más largo —justo tan guapo como su primo, pero diferente. Tomas tenía una mirada un poco más refinada, donde Pedro fue bendecido con una dureza que lo hacía parecer un poco más fuerte. ¿Pero la genética que compartían? Tan claramente visible como agua en un vaso. Ellos eran de la misma sangre y de la misma opinión.
Tomas ofreciéndome una barra de proteína me trajo recuerdos vívidos de esa primera noche, cuando Pedro me llevó a casa desde el espectáculo de Oscar, todo en una fracción de segundo. Podía oler su aroma y sentir la calidez de los asientos con calefacción del Rover. Podía verlo perfectamente en mi mente, la forma en que había puesto esa barra de proteína en mi rodilla y había esperado a que me la comiera antes de que moviera el carro. La actitud de “no-jodas-conmigo”. Y la fuerte dosis de dominación persuasiva que no podía negar. Regresa a mí, Pedro…
—Está bien. —Asentí, y sentí mis ojos llenarse de lágrimas, luchando por mantenerme entera, queriendo ser fuerte por Pedro.
—Buena chica —dijo él en voz baja, tirando de mí hacia un lado en una silla—. Él tendría una rabieta si pensara que no fuiste bien cuidada.
—Lo sé —dije tristemente, tomando un bocado y masticando. Sabía como aserrín, pero me la comí de todas formas, y tomé un sorbo de té. Mi ángel mariposa necesitaba comida incluso si yo no quería ninguna.
—Gracias, Paula —dijo él con una sonrisa amable. Este era un lado diferente de Tomas, el que estaba viendo junto a la cama de Pedro. Tomas Everley era una devastadora combinación de sexy encanto mezclado con cinismo ingenioso, pero no en este momento. Era evidentemente obvio que también estaba preocupado por Pedro. Ellos se comportaban más como hermanos que como primos, pensé, y siempre había sentido eso con ambos. Eran hermanos en su corazón, donde importaba.
—La primera noche que conocí a Pedro me compró una barra de proteína y me hizo comerla —le dije.
Sentí que las lágrimas caían por mis mejillas y traté de limpiarlas con el dorso de mi mano.
Tomas puso su brazo alrededor de mí y me acercó a su lado.
—Él te ama demasiado. Sé que está luchado para regresar. Lo conozco. Sé cómo funciona su mente. P está luchando para regresar a tu lado en este momento, Paula.
Asentí en acuerdo. No podía hablar, lo único que podía hacer era creer. Las palabras de Tomas eran mi cuerda salvavidas hacia Pedro ahora mismo, y no podía permitirme cualquier otro tipo de pensamientos o dudas.
Así, nos sentamos juntos, y le dimos a él un poco más de tiempo para que volviera a nosotros.
CAPITULO 205
PEDRO
Suiza
VERDE neón quemaba en mis ojos. ¿Qué diablos? Traté de empujar lo que sea fuera de mi rostro, pero no se movió.
—Pedro… oh, mierda, hombre. Solo nos tomó un tiempo encontrarte.
—¿Qué? —traté de enfocar, pero el maldito sol se estaba ocultando y la luz era malditamente brillante. Todo lo que podía ver era el resplandor y la electricidad de las llamas verdes —el color me recordaba la chaqueta de Christian cuando él se lanzó hacia abajo de la montaña delante de mí, justo antes de…
—¿Eres tú, Christian? Estás bien —balbuceé—, eso es bueno. —Estaba tan aliviado de que él hubiera sobrevivido que podría haber besado a la pequeña mierda, si incluso pudiera sentir mi rostro. El rey todavía tenía a su heredero. Jodidamente gracias—. Dime, quiero saber… ¿si los otros chicos lo lograron?
—¡Sí! Lo logramos y tú también, Pedro.
¿Lo había hecho? No se sentía como eso en absoluto.
—Pero estoy aquí arriba en esta montaña y no puedo caminar, mi pierna está jodida. —Me alegraba que Christian y los chicos estuvieran bien, pero no veía cómo conseguiría salir de este lío intacto, especialmente si no era pronto.
Estaba en muy mal estado y lo sabía. Realmente no podía ver el rostro de Christian, todo estaba muy borroso y yo estaba cansado… tan cansado.
—Lo sé —dijo él, antes de presionar algo duro contra mis labios—. Bebe esto. Te ayudará.
Succioné un poco de líquido, pero no podía decir lo que era.
No podía sentir mucho, solo agotamiento. Entonces me acordé de lo que tenía que hacer. Más importante que nada.
Empujé la bebida lejos.
—Pero… ¿tienes un teléfono móvil contigo, Christian? El mío se ha perdido. Tengo que decirle… a mi esposa, necesito dejarle un mensaje…
—Espera, Pedro, ellos están viniendo a buscarte. Vas a estar bien, hombre.
—No… Tengo que llamar a Paula. ¡Ahora! —Necesitaba desesperadamente hacerlo entender.
—No hay celular. No llegará a ella.
—Eso está bien… lo enviaré una vez que consigas cobertura de servicio. Mensaje de voz… eso… funcionará… —Traté de llegar a él para hacerlo entender—. Ayúdame, por favor.
—Está bien, Pedro, está bien. ¿Cuál es su número?
Dije los números cuidadosamente porque no quería cometer un error. Esto era tan importante, y no quería joderlo.
—Ahora, ponlo para voz… y déjame hablar.
Christian puso la cosa en mi mano, la cual era difícil de agarrar con los guantes, pero me ayudó a sostenerlo y me dijo cuándo empezar a hablar.
—Paula, nena… no quiero que te asustes o estés triste, ¿de acuerdo? Te amo y ahora mismo soy feliz. Muy, muy feliz… porque conseguí estar contigo… y te amo. Todavía estaré aquí, solo amándote desde otro lugar y también a nuestra pequeña Olivia-Teo. —Me esforcé para mantener la compostura para terminar mi mensaje, pero era tan difícil decir adiós. ¿Cómo incluso era posible que tuviera que hacer una cosa así? Pero de todos modos necesitaba decírselo. Nada iba a detenerme—. ….Me hiciste real, mi hermosa, y te amo por eso, y siempre lo haré… hasta el final de los tiempos.
Allí. Me las había arreglado. Ella lo escucharía de mí una última vez, y sabría… mi verdad.
Ahora, podría cerrar los ojos e irme a dormir. Tan desesperadamente cansado…
Floté por un tiempo, pacíficamente a la deriva… en alguna parte, no sé dónde. Una idea llegó a mí y recordé a mi mamá. Conseguiría verla de nuevo, y esa era una idea muy agradable. Me sentía inusualmente libre y ligero, como si estuviera siendo sostenido por… algo luminoso
¿Alas?
Pero eso era exactamente lo que se sentía —alas sosteniéndome, acunando mi espalda. Sedosas plumas fluían en dos arcos. Suaves, pero tan poderosamente fuertes. Me di cuenta de a quién le pertenecían después de un tiempo. Eran alas de ángel.
Estaba siendo sostenido por un ángel.
domingo, 14 de septiembre de 2014
CAPITULO 204
PAULA
10 de enero
Londres
Pablo y Eliana no aceptaban un no por respuesta. Me tenían en su casa para la cena o iban a nuestra casa todas las noches desde que Pedro estaba lejos. Sabía que él había arreglado que ellos me cuidaran, y supongo que tenía sentido ya que estaban justo al otro lado del pasillo. Era algo bueno que ambos me encantaran tanto.
Pero eran recién casados, y necesitaban su tiempo a solas juntos, argumenté. Pablo y Eliana estaban tratando de hacer su propio bebé, y pasar el rato conmigo no les estaba haciendo mucho bien en esa sección. Cuando se los dije, ambos se rieron de mí e hicieron comentarios crípticos que tuve que preguntarme si ya lo habían logrado y simplemente no estaban anunciando la noticia todavía. Eso esperaba.
Ambos eran tan perfectos juntos, y se conocían tan bien, había aprendido cómo habían formado parte de la vida del otro desde que eran niños. Los dos estaban destinados a estar juntos desde el principio. Me hacía muy feliz saber que el verdadero amor había triunfado para ellos.
La directiva de Pedro me molestaba, pero al mismo tiempo, era tan típica de él. Tan protector, cuidadoso… y cauteloso. Me preguntaba cómo le iba con el Príncipe Christian en los Alpes Suizos. Él había temido ir tanto como yo odiaba que se fuera. No habíamos tenido tiempo para trabajar en nuestro propio desliz y ése era la peor sensación para mí.
Extrañaba terriblemente a mi hombre y lo necesitaba de regreso en casa. Quería desahogar todo lo que Facundo me había dicho con él. Y esperaba oír cualquier cosa que Pedro estuviera dispuesto a compartir conmigo, para llevarnos de regreso a dónde habíamos estado antes de aquella horrible noche en que peleamos por cosas que no valían la pena, hiriendo al que amas. No para mí. Y, lo sé, tampoco a él.
Tacos de pollo con aguacate y salsa de maíz, eran mi nuevo alimento reconfortante de embarazada. Intenté conseguir que Pablo y Eliana abandonaran sus planes de cenar conmigo dos veces a la semana, pero no se lo creyeron, diciendo que amaban mi versión de comida mexicana.
Bendiciones a sus corazones británicos. Porque la versión británica de comida mexicana apestaba, en mi opinión. Tal vez si mi carrera en conservación del arte fracasaba, podría hacer tacos callejeros y ganar una fortuna. Me reí por dentro ante de la idea de Pedro nunca permitiéndome entretenerme en tal cosa. Podría establecerme junto al puesto de periódicos de Marta en la calle de Seguridad Alfonso, y él podría bajar y tener su almuerzo.
Pablo amaba cocinar, así que era él quien me ayudaba en la cocina. Eliana estaba fuera en el cuarto del bebé trabajando en el mural que había planeado con su ayuda. Por el momento solo era un árbol con pájaros y mariposas. El color y el tema aún estaban por determinarse, una vez que supiéramos si era niño o niña… Teo u Olivia.
—¿Sabes que esta fue la primera comida que le hice a Pedro? —Metí un trozo de aguacate en mi boca y lo saboreé—. Él trajo consigo algunas cervezas XX, y terminó siendo adicto a la cerveza y a la comida mexicana —dije.
—Lo sé —respondió Pablo con una sonrisa, mientras añadía algunas especias al crepitante pollo—. Él hablaba de ti todo el tiempo. Decía que eras una brillante cocinera y que le dabas a probar cerveza XX con un trozo de limón.
—¿Lo hacía?
—Sí. Supe que él estaba hecho para ese punto. No por la comida mexicana, sino debido a la cerveza. Terminó con el récord Guinness prácticamente toda la noche —dijo con un chasquido de sus dedos y una abatida sacudida de cabeza.
—Ese sería Pedro para ti. Él toma una decisión sobre algo y eso es todo. —Suspiré lastimosamente, pensando en nuestros “problemas” sin resolver.
Pablo dejó de cortar los jitomates y levantó la mirada hacia mí.
—Regresará pronto a casa, Paula. No hay ningún lugar en que el que quiera estar, excepto aquí contigo.
—Lo sé, pero se fue cuando las cosas… no estaban bien entre nosotros. ¿Sabes por qué, Pablo? —pregunté, dándome cuenta de que era completamente probable que él lo supiera.
Asintió. —Sí. Vi las fotografías de ti y Pieres en la cafetería. Publicidad de twitters es todo lo que era de esperarse en realidad.
—No pensé en esa parte. Solo era algo que tenía qué hacer, y cuando Pedro venga a casa le explicaré todo, pero simplemente no era el momento para mí en ese entonces, ¿sabes?
Los ojos marrones oscuro de Pablo eran cálidos y comprensivos.
—Ustedes dos lo arreglarán, Paula. Conozco a Pedro y no hay nada que él no haría por ti. Caminaría a través del fuego para volver contigo.
Ahogué un sollozo y trabajé en la salsa de maíz.
—Pablo, ¿cuál es el trato con Sarah Hastings? Cuando Pedro volvió a verla en tu boda, estaba realmente afectado por su presencia, y no en el buen sentido. Me dijo algo de lo que sucedió con su esposo, Mauro, y de lo horrible que su muerte fue para presenciar. Entiendo esa parte de su trauma… y, al mismo tiempo, no puedo imaginar lo devastador que es para él recordar cuando tiene una re experimentación de un hecho traumático.
—¿Sarah? Ella está bien y solo puedo suponer que tiene algo que ver con su terapia, pero él no lo ha dicho, y no voy a preguntárselo.
—Entiendo —dije sombríamente, dándome cuenta de que simplemente tendría que ser paciente con él, y esperar hasta que llegara el momento en que Pedro pudiera decirme qué papel jugaba Sarah en su salud emocional—. ¿Pedro te dijo sobre sus sesiones de terapia con el Doctor Wilson en el Centro para Combatir el Estrés?
—Lo hizo, Paula, y me alegra que finalmente haya conseguido algo en el camino del apoyo. Sé que solo es por ti que ha sido capaz de llegar hasta allí.
—Lo que le pasó fue tan horrible… —Me callé, incapaz de expresar mis sentimientos sobre lo que Pedro había soportado.
Pablo dejó de preparar la comida por completo.
—Fue malo, Paula, jodidamente malo.
—Sé que él se siente culpable, me lo dijo, pero ¿por qué? Haber sido capturado y torturado no fue su culpa.
Pablo bajó la cabeza y cerró los ojos solo por un momento. Se quedó con la cabeza gacha sobre la encimera de la cocina por un largo rato. Me imaginé que no me diría nada o no podría decirme nada debido a las estrictas reglas del Ejército Británico. Pero, finalmente, levantó su cuchillo y volvió a cortar verduras, y luego comenzó a hablar.
—No lo sé todo, pero sé lo suficiente para poner todas las piezas juntas. Compartió lo que pudo conmigo, y el resto lo sé porque escuché a través de los intercomunicadores cuando ellos llegaron —las comunicaciones entre la base y el escuadrón cuando estás en campo. Yo comandaba mi propio equipo, como Pedro lo hacía. Yo no estaba allí, solo P y sus hombres. Había cinco escuadrones y Mauro Hastings era uno de ellos. Ninguno regresó con vida. Mauro sobrevivió la emboscada junto con Pedro… y sabes lo que sucedió allí. P pasó por un interrogatorio una vez que estuvo de regreso, y me dijo que el día en que tenía planeado ejecutarlo, el edificio donde se encontraba fue bombardeado y quedó hecho un montón de escombros. Nadie sabe cómo P logró salir de allí con vida. Ni siquiera él lo sabe. Dijo que no tenía una explicación de cómo o por qué no fue aplastado por pedazos de la explosión. Fue algo verdaderamente milagroso.
Contuve la respiración mientras Pablo explicaba el “por qué” de muchas de mis preguntas. Cosas de las que Pedro simplemente no podía hablar. Ahora entendía por qué, y eso solamente destrozaba mi corazón por él y por lo que había tenido que sufrir.
—No me extraña que tenga alas de ángel en su espalda —susurré.
—Sí. —Pablo le dio al pollo otra removida y me dijo el resto—. La tortura de Mauro y su ejecución fue brutal, y sé que Pedro siente una enorme perdida y culpabilidad. Cree que debido a su llamada como comandante, los puso en peligro y como resultado de su decisión cinco hombres jóvenes perdieron la vida.
—Pero era la guerra. ¿Cómo lo que sucedió puede ser su culpa? —Sufría por Pedro aún peor que antes, y quería más que nada tener mis brazos alrededor de él, y su pecho, con su ferozmente valiente y hermoso corazón, golpeando contra el mío.
—La guerra es una mierda sin importar cómo la veas. Lo que les sucedió a sus equipos fue realmente indescriptible. Fueron atraídos por una madre muerta con la garganta cortada en medio de la carretera y con su hijo llorando histéricamente aferrándose a su cuerpo. Él no tenía más de tres años de edad. Horas pasaron y los comandos seguían llegando. Pedro quería entrar y rescatar al niño. Y después de muchas horas de negociación, finalmente le fue dado el visto bueno. Pero todo era una trampa. El Talibán utilizó a una mujer y a su hijo como señuelo para eliminar a todo un escuadrón de soldados de élite —occidentales compasivos que nunca concebirían tal trato para nadie o nada. Funcionó. Pedro entró, agarró al niño, pero le dispararon y lo mataron solo unos segundos después, mientras aún estaba en los brazos de P. Se produjo un tiroteo y al final del mismo, dos civiles inocentes fueron sacrificados, cuatro de los nuestros estaban muertos, y Mauro y P fueron atrapados.
—Oh, Dios mío…
Ni siquiera tenía palabras para Pablo. ¿Qué podría siquiera decirle? ¿Incluso había palabras para ser dichas? No… no había palabras que pudieran hacer que esa historia se sintiera mejor, no importaba cuantos años pasaran. Froté mi vientre y pensé en Pedro, y en lo mucho que lo amaba. Él era mucho más de lo que jamás podría haber sabido cuando nos conocimos la primera vez.
Era un verdadero héroe en todo el sentido de la palabra, que había servido honorablemente y había sufrido debido a ese servicio.
—Gracias por decirme, Pablo, esto me a-ayuda a… saber.
Y en verdad me ayudaba, pero saber la verdad también era horrible. Me sentía enferma y sabía que no podría comer la comida que había estado preparando con Pablo. ¿Cómo cualquiera de ellos comía de nuevo, cuando se enfrentaban con los recuerdos de las experiencias de la guerra que acababa de escuchar? Sabía cómo funcionaba la mente de Pedro, y sinceramente, lo veía sintiendo la carga de la terrible culpa de todas esas muertes… cómo sufría cuando revivía los acontecimientos en sueños.
—Simplemente lo amo mucho. Haría cualquier cosa para ser capaz de ayudarlo —dije finalmente.
—Pero lo haces, Paula. Tu amor ya lo ha ayudado, más que cualquier otra cosa.
CUANDO me desperté temprano la mañana siguiente por un sonido en mi solitaria cama, me sorprendí. Cuando me di cuenta de que Eliana se había permitido entrar al apartamento para despertarme, supe que algo malo había pasado. Cuando alcancé a ver un vistazo de Pablo asomándose por la puerta, comencé a llorar y mi pecho se apretó. Cuando escuché las palabras diciendo que algo le había pasado a Pedro, grité.
Les grité a los dos y les rogué que no me dijeran.
CAPITULO 203
Mucho frío. Registré la temperatura helada, pero no tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Podrían ser minutos. U horas. Probablemente no horas, sin embargo. Estar horas aquí me mataría de hipotermia. ¿Estaba muriendo?
No. ¡No! Me negué a creer que lo estaba. Mi cuerpo podía soportar más que esto, lo había hecho en el pasado. Era fuerte. No podía morir. Tenía que volver a Paula... y nuestro bebé. No podía dejarlos solos. Ambos me necesitaban. Le prometí que volvería. No iba a morir aquí.
Todo lo que necesitaba era entrar en calor. Calidez. Paula era cálida. El lugar más cálido que podía imaginar era a Paula envuelta a mí alrededor cuando estaba haciendo el amor con ella. Paula era mi lugar cálido y seguro, desde el primer momento. Y aunque mi mente consciente no lo supo en ese momento, mi corazón ciertamente lo hizo.
Fui a donde yo podía sentir su calidez…
...Lo supe en el momento en que entró a la habitación. La verdadera Paula Chaves era aún más cautivante en carne y hueso que en su retrato, el que gratamente, ahora me pertenecía. Ella tomó un sorbo de una copa de champán y estudió su imagen en la pared de la galería. Me pregunté cómo se veía a sí misma. ¿Era confiada? ¿Implacable? ¿O algún punto intermedio?
—Ahí está mi chica —dijo Oscar, abrazándola por detrás—. ¿Es imponente, no? Y tienes los pies más bellos que cualquier mujer en el planeta.
—Todo lo que haces se ve bien, Oscar, hasta mis pies. —Se dio la vuelta y le preguntó—: ¿Así que, ya vendiste algo? Permíteme parafrasear. ¿Cuántos has vendido?
Podía oír todo lo que se decían el uno al otro.
—Tres hasta ahora y creo que éste se irá muy pronto —dijo Oscar—. No seas obvia, ¿pero ves al tipo alto en traje gris, de cabello negro, hablando con Carole Andersen? Es interrogado. Parece que ha sido atrapado por tu maravilloso y desnudo ser. Probablemente se irá para una buena sesión de palma tan pronto como pueda conseguir el lienzo para él solo. ¿Cómo te hace sentir eso, Paula cariño? Algún rico majo jalándosela ante la vista de tu belleza sobrenatural.
Malditamente lo deseaba. Se quedarían con él durante seis largos meses.
—Cállate, eso es desagradable. No me digas cosas como esa, o voy a tener que dejar de tomar trabajos. —Ella sacudió la cabeza hacia él como si estuviera chiflado—. Es una malditamente buena cosa que te quiera, Oscar
—Es cierto, sin embargo —divagó Oscar—, y ese tipo no ha dejado de mirarte desde que llegaste aquí. Y él no es gay.
—Te irás al infierno, Oscar, por decir esas cosas —le dijo mientras levantaba la vista y me revisaba. Podía sentir sus ojos en mí, pero seguí mi conversación con el director y aparenté indiferencia.
—Estoy en lo cierto, ¿eh? —Le preguntó Oscar.
—¿Sobre lo de masturbarse? ¡No es posible de ninguna manera, Oscar! Es demasiado hermoso para tener que recurrir a su mano para tener un orgasmo.
Oh, mierda. No pude evitar mirarla entonces. Era imposible apartar la vista cuando acababa de oír esas palabras salir de su boca. A ella le gusta lo que ve. Las referencias a mi pene y masturbarme —por ella— y un plan de juego totalmente nuevo se reorganizó en ese momento. Tenía que conocerla esta noche, y eso era todo lo que había.
Pero ella se asustó, se bebió su copa de champán, y se despidió de su amigo.
Espera, no te vayas todavía.
La vi contemplar la posibilidad de llamar a un taxi o caminar.
Sus piernas eran largas y jodidamente magníficas, cualquiera podía ver eso, y cuando se volvió hacia la estación, supe que había tomado su decisión. No podía permitirlo. Si alguien estaba detrás de ella, tendría la oportunidad perfecta mientras caminaba sola, y el pensamiento de que alguien quisiera hacerle daño hizo algo a mi interior que nunca había sentido antes.
—Es una muy mala idea, Paula. No te arriesgues. Déjame llevarte.
Se quedó inmóvil en la acera, y se volvió rígidamente para enfrentarme.
—No te conozco en absoluto —dijo.
Lo harás, hermosa chica americana… lo harás.
Le sonreí e hice un gesto hacia el Rover, ni siquiera muy consciente de qué carajo estaba haciendo. Solo necesitaba estar más cerca.
Pero ella tragó profundamente y tomó una postura defensiva, y llamó mi atención.
—Incluso me llamas por mi nombre, y… ¿y esperas que me meta en un auto contigo? ¿Estás loco?
Casi loco. Me acerqué y le ofrecí mi mano.
—Pedro Alfonso.
—¿Cómo es que siquiera sabes mi nombre? —Dios, amaba el sonido de su voz... sexy como el infierno.
—Acabo de comprar el Reposo de Paula de la Galería Andersen por una buena suma no hace ni quince minutos. Y estoy bastante seguro de que no estoy mentalmente deteriorado. Suena más PC Acrónimo para Políticamente Correcto. que loco ¿no crees?
Ella tentativamente alargó la mano. La tomé. Me agarré de ella y cubrí su mano con la mía. En el instante en que nuestros cuerpos se tocaron algo pasó dentro de mi pecho. Una chispa, calor… no sé qué, pero era algo. Dios, sus ojos eran inusuales. No podía decir cuál era precisamente su color. No me importaba, sin embargo, solo quería mirarlos durante un jodidamente largo tiempo y averiguarlo.
—Paula Chaves.
—Y ahora que nos conocemos, como Paula y Pedro—Hice un gesto con la cabeza hacia el Rover—. ¿Me permitirás llevarte a casa?
Tragó saliva de nuevo, su adorable cuello moviéndose en un tirón lento.
—¿Por qué te preocupas tanto?
Respuesta fácil, esa.
—¿Porque no quiero que nada te suceda? ¿Porque esos tacones se ven encantadores al final de tus piernas, pero será un infierno caminar con ellos? ¿Porque es peligroso para una mujer estar sola durante la noche en la ciudad? —No pude evitar mirarla, de la cabeza a la punta de los pies, para justificar mi punto. Ella debía saber lo jodidamente caliente que era—. Especialmente una que luzca como tú, Señorita Chaves.
—¿Qué pasa si tú no eres seguro?
Si ella supiera por qué estaba aquí. Me pregunto qué me diría entonces.
—Todavía no te conozco, o alguna cosa de ti; o si Pedro Alfonso es tu verdadero nombre.
La Señorita Paula Chaves era una chica inteligente.
Admiraba su honestidad y reticencia en no ceder a subirse al auto de un completo desconocido, sin tener ningún problema con ello. Era la hija de Miguel Chaves después de todo.
—Hay un punto en eso. Y es uno que puedo corregir fácilmente. —Le mostré mi carné de conducir y le entregué una tarjeta de negocios—. Puedes conservarla —le dije—. Estoy muy ocupado con mi trabajo, Señorita Chaves. No tengo absolutamente nada de tiempo para una afición como ser un asesino en serie, se lo prometo.
Ella se echó a reír.
Era el sonido más jodidamente hermoso que había escuchado alguna vez.
—Bien hecho, Señor Alfonso—Apartó mi tarjeta, y luego dijo algo que realmente me complació—. Bien. Puedes darme un aventón.
Oh sí, nena, puedo. Los pensamientos de cómo podría darle un aventón hizo que mi pene se levantara y tomara nota. No pude evitar mi sonrisa. La Señorita Chaves no tenía absolutamente ninguna idea de lo que estaba haciéndome con sus comentarios inocentes. Si alguna vez tenía la oportunidad de darle un aventón en mi cama, sería uno largo y memorable con seguridad, porque no llevaba mujeres a mi cama. Creía que ella podría ser la excepción a mi regla, sin embargo.
¡¿Qué en la puta madre está mal contigo?! Pensé, mientras ponía la mano en su espalda y la llevaba hacia el Rover. Me gustó cómo me permitió hacerlo. Y por fin pude olerla. Florido, femenino y malditamente increíble. Me pregunté si el olor era perfume o algo que usaba en su cabello. Fuera lo que fuera, quería enterrar mi nariz contra su cuello y obtener una bocanada de ello… olía tan bien para mí.
La acomodé en su asiento, y sentí emoción una vez que me encerré con ella. Tenía a esta hermosa chica sola en mi auto, conmigo. Estaba a salvo y nadie iba a llegar a ella mientras caminaba sola en la oscuridad. También podía hablar con ella y escuchar su voz. Podía olerla, y mirarla, admirar sus largas piernas dobladas en el asiento de al lado, e imaginar cómo sería tener esas hermosas piernas divididas a ambos lados de mi pene...
Le pregunté dónde vivía.
—Plaza Nelson en Southwark.
No la mejor locación, pero podría ser peor.
—Eres americana —dije, sin pensar en nada mejor.
—Estoy aquí con una beca de la Universidad de Londres. Programa de postgrado.
Sabía eso, por supuesto, pero realmente quería saber acerca de su otro trabajo.
—¿Y el modelaje?
Mi pregunta la aturdió. Comprensible, supuse. Sabía cómo se veía desnuda. Jodidamente espectacular.
—Um, yo… posé para mi amigo, el fotógrafo, Oscar. Él me lo pidió, y ayuda a pagar las cuentas, ¿sabes?
—En realidad no, pero amo ese retrato tuyo, Señorita Chaves—Mantuve mis ojos en el camino.
No le gustaba que la interrogara. La ponía a la defensiva. Lo juro, literalmente chisporroteaba en su asiento antes de dejarme tenerlo.
—Bueno, mi propia corporación internacional nunca llegó como la suya, Señor Alfonso. Recurrí al modelaje. Me gusta dormir en una cama en lugar de un banco del parque. Y el calor. ¡Los inviernos aquí apestan!
Oh, mierda, sí, ella es increíble.
—En mi experiencia, he encontrado muchas cosas aquí que apestan. —Miré y fijé sus relucientes ojos, bajando a sus labios, imaginándolos envueltos alrededor de mi pene, disfrutando profundamente agitarla por mi respuesta.
—Bueno, estamos de acuerdo en algo, entonces. —Se frotó la frente y cerró los ojos.
—¿Dolor de cabeza?
—Sí. ¿Cómo lo supiste?
Tuve la oportunidad de tomar otra mirada larga y pausada de ella.
—Simplemente una suposición. Sin cena, solo el champán que te tomaste en la galería, y ahora ya es tarde y tu cuerpo se está levantando en protesta. —Incliné la cabeza—. ¿Cómo lo sabría?
Ella me miró como si se le hubiera secado la boca.
—Solo necesito un par de aspirinas, un poco de agua y estaré bien.
Eso no era bueno en absoluto.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo, Paula?
—Así que, ¿volvemos a los primeros nombres de nuevo?
Sí, lo estamos, nena. No me gustaba que ella no cuidara de sí misma. Tenía que comer como todos los demás. Después de un momento, dijo algo acerca de preparar comida cuando llegara a casa. ¿A esta hora de la noche? Por el amor de la mierda, eso simplemente no iba a suceder, Paula.
Entré en una tienda de esquina y le dije que se quedara en el auto, que estaría de vuelta. Le conseguí una botella de agua, un paquete de Nurofen y una barra proteínica que parecía agradable al paladar. Solo esperaba que los aceptara de mí.
—Qué necesitabas conseguir en la tienda…
Sin preocuparse. Tomó el agua tan pronto como la vio y empezó a beber. Quité las píldoras del paquete para ella y las sostuve en mi mano abierta. Tomó esas también y las tragó, drenando la botella rápidamente. Dejé la barra proteínica en su rodilla.
—Ahora cómelo… por favor.
Ella suspiró un largo y estremecedor aliento, que hizo que mi pene se contrajera de nuevo, y abrió la barra lentamente. Pero algo cambió en su actitud cuando le dio un mordisco y comenzó a masticar. Sentí la melancolía en ella cuando bajó la cabeza y susurró:
—Gracias.
—El gusto es mío. Todo el mundo necesita lo básico, Paula. Alimentos, agua... una cama.
No respondió a mi sutil reprimenda.
—¿Cuál es tu dirección real? —pregunté.
—La 41 de Franklin Crossing.
Me dirigí de nuevo a la carretera y en un momento, oí su móvil chirriar. Respondió a un texto y pareció relajarse un poco después de eso. Algunos momentos más tarde, cerró los ojos y se durmió.
Tenerla cómoda y sintiéndose a salvo conmigo, volcó una especie de interruptor en el interior de mi cabeza. No podría decir qué exactamente, porque era algo que nunca había experimentado antes. Solo sabía me gustaba malditamente ese sentimiento. Hice algo imprudente entonces. No estaba orgulloso de lo que hice, pero eso no me impidió hacerlo.
Tomé cuidadosamente el móvil de su regazo y llamé a mi número con él.
—Paula, despierta. —Me incliné y toqué su hombro, hablándole lo suficientemente cerca como para oler su aroma natural. Sus párpados temblaron erráticamente, las largas pestañas barriendo sobre la piel cremosa con una pizca de aceite de oliva en ella. ¿Estaba soñando? Sus labios eran llenos y de un rosa oscuro, apenas se separaban cuando respiraba. Unos mechones de su largo cabello castaño caían sobre una mejilla. Quería levantar a mi nariz y olerlo.
Sus ojos se abrieron, abriéndose amplios cuando fue consciente de mí.
—¡Mierda! Lo siento, yo… ¿me quedé dormida? —Forcejeó con el pestillo de la puerta frenéticamente, el sonido del pánico en su voz.
Cubrí su mano con la mía y le calmé.
—Tranquila. Estás a salvo, todo va bien. Solo te quedaste dormida, es todo.
—Está bien... lo siento. —Ella jadeó profundamente, miró por la ventana, y luego de nuevo a mí con cautela.
—¿Por qué sigues pidiendo disculpas? —Parecía muy sacudida, y no quería nada más que calmar sus temores, pero al mismo tiempo… estaba molesto con la extraña sensación de que no tenía absolutamente ninguna razón intencionada de estar sintiendo eso.
—No lo sé —me susurró.
—¿Estás bien? —Sonreí, esperando no estar asustándola. No me gustaba la idea de ella teniendo miedo de mí, pero quería que me recordara después de esta noche. Quería que confiara en mí, también.
—Gracias por traerme. Y el agua. Y el otro…
La interrumpí, sabiendo que tenía que hacerme cargo para que hubiera una nueva oportunidad para encontrarme con ella otra vez.
—Cuídate,Paula Chaves —Abrí la puerta—. ¿Tienes tu llave lista? Voy a esperar hasta que estés dentro. ¿Qué piso es?
Sacó la llave de su bolso y puso su móvil dentro.
—Vivo en el estudio del apartamento superior, quinto piso.
—¿Compañero de cuarto?
—¿Compañero de cuarto?
—Bueno, sí, pero ella probablemente no está adentro.
¿Qué estaba pensando? Quería saber lo que ella pensaba de mí, si estaba interesada en saber algo más acerca de mí.
—Esperaré a que la luz se encienda entonces —dije.
Ella abrió la puerta y salió.
—Buenas noches, Pedro Alfonso —me dijo antes de cerrar la puerta.
La seguí con la mirada mientras se dirigía a la puerta, usó su llave y entró. Esperé hasta que vi la luz encenderse en su apartamento del quinto piso antes de arrancar.
No sabía exactamente lo que sentía, o lo que podría suceder mientras me alejaba de su casa. Pero sabía esto: Vería a Paula Chaves de nuevo. Más que definitivamente. No había otra opción que aceptara al respecto…
Sonreí para mí mismo, porque ya no me sentía el frío. Mi pierna dolía, pero sabía que realmente no importaba ahora.
Me sentía cálido, y estaba en mi lugar seguro con mis recuerdos de Paula, donde todo era bueno y correcto. Ella era mi luz y lo había sido desde el primer momento en que miré en su belleza. Me había amado y mantenido entero, cuando yo no creía que fuera posible para alguien lograr ese milagro. Íbamos a tener un bebé pronto. Pensar en nuestro bebé me ponía feliz, pero muy triste al mismo tiempo. No podría ver a mi hijo en el lugar al que iría. Él o ella nunca me conocerían. Pero Paula le contaría a nuestro hijo o hija acerca de mí. Sería una madre maravillosa. Ya lo era. Paula era buena en todo lo que hacía y la maternidad no sería diferente. Sabía que no había mucho tiempo para mí. No podría mantener mi promesa. Eso arrancó a mi corazón, peor de lo que cualquier cosa podía. Le había prometido que volvería a ella. Había dicho que nunca nada podría evitar que volviera a ella.
Desesperadamente quería decirle lo mucho que la amaba, y lo feliz que me había hecho en nuestro tiempo juntos.
¿Cómo podría desaparecer, sabiendo que había sido amado por la mujer más perfecta del mundo? Que ella era la única persona que realmente vio dentro de mi oscura alma para encontrarme… y todavía me hacía sentir como si hubiera ganado la jodida lotería nacional de la vida. No me dolía tanto saber que mi vida iba a ser corta. La plenitud estaba en saber que Paula había sido una parte de ella.
Paula era mi vida. La última pieza de mi rompecabezas, que finalmente me había completado.
Solo necesitaba una forma de decírselo, de alguna manera, para que no se preocupara por mí. Quería que supiera lo feliz que fui al final de mi vida... porque había sido bendecido con el raro y precioso regalo... de amarla.
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