sábado, 8 de marzo de 2014

CAPITULO 93


Pedro tenía mis muñecas sujetas con una mano y me recorría el cuerpo
con la otra mientras cabalgaba sobre mí con fuerza. Lo hacía a un ritmo
frenético, casi enfadado. Sin embargo, sabía que no estaba enfadado
conmigo. Luchaba contra su sueño. Necesitaba sacárselo de la cabeza.
Entendí perfectamente lo que pasaba. No me importaba. Era una
participante completamente entregada en esta forma de autodisciplina.
Me tenía abierta del todo y ahondaba en mi dulce sexo con su pene con
una perfección tal que no tardé mucho en forcejear contra un orgasmo,
sintiendo mis músculos contraerse listos para la explosión que me llevaría
al paraíso en una supernova de calor y luz.
Me pellizcó el pezón, que estaba mucho más sensible de lo normal, y el
dolor me cegó durante un instante. Grité cuando el clímax empezaba a
recorrer mi cuerpo. Calmó la zona delicada con su lengua y dijo:
—¡Di mi nombre! Tengo que oírlo.
—¡Pedro, Pedro, Pedro! —coreé contra sus labios mientras él sumergía
la lengua en mi boca y se tragaba mis palabras. Me estremecí y contraje los
músculos internos alrededor de su sexo, inmovilizada y totalmente
entregada. Y más satisfecha que nunca. Él tomaba el control de mi placer y
nunca me soltaba. Pero él no había terminado. Recordaba lo que me había
dicho antes.
Pedro gruñó un sonido muy primitivo y se separó de mí. Protesté por la
pérdida pero agradecí que me tirara en la cama y sentir el calor de su pene
llenando mi boca a medida que él reajustaba el lugar de penetración. Podía
sentír el sabor de mi esencia mezclada con la suya y el erotismo fue
enorme. Le agarré las caderas y le empujé más hondo hasta el final de mi
garganta. Justo después de que mis labios acariciaran su sexo sentí salir la
explosión de semen. Los sonidos que emitió eran carnales y extrañamente
vulnerables para ser así de controlador. Siempre me sentía poderosa
cuando Pedro se corría. Lo conseguí.
Él me estaba mirando, observándolo todo tal y como él quería, nuestros
ojos conectados mucho más allá del acto físico.
—Oh, Dios —susurró mientras salía de mi boca y volvía a acercarse a
mí para abrazarnos con fuerza. Me envolvió de nuevo, esta vez con
cuidado, se deslizó dentro de mí hasta encajar a la perfección ambos
cuerpos antes de que su erección desapareciera. Podía sentir los latidos de
su corazón fundiéndose con los míos.
Me sujeté a él y dejé que siguiera. Me besó y me tocó durante un buen
rato, con la necesidad de seguir dentro de mí más tiempo, diciéndome que
me quería y haciéndome sentir amada. Entendía tanto a este hombre y su
modo de pensar… Tanto… excepto por una cosa que quería saber de él y
que desconocía por completo.
El pasado de Pedro seguía siendo un misterio para mí tal y como lo
había sido siempre.
—Me encanta que me hayas traído aquí. —Volví a sentir que me invadía
el sueño, y estaba decidida a hablar con él de sus pesadillas al día
siguiente, pese a ser consciente de que no le gustaría, pero que le den, iba a
hacerlo de cualquier modo. Me pregunté si él sentía lo que yo. Pedro tenía
la asombrosa habilidad de predecir mis intenciones.
—Y a mí me encantas tú.
Me colocó entre sus brazos y me acarició el pelo. Inhalé su olor a clavo,
sexo y colonia y me dejé llevar, sabiendo que estaba en los brazos del
único hombre que había conseguido que me quedara ahí.

Al amanecer me desenredé con mucho cuidado del cuerpo que estaba
envuelto en mí. Pedro tan solo suspiró en su almohada y se enrolló entre
las mantas. Debía de estar agotado del estresante altercado de la Galería
Nacional de anoche y de las tres horas posteriores al volante rumbo a la
costa. Y no podía olvidar el tiempo dedicado al sexo una vez que llegamos
aquí. O su pesadilla. Y el sexo de después. Su mirada y su naturaleza
controladora fueron igual que cuando tuvo la pesadilla la otra vez. Yo sabía
lo que me decía. La reacción no había sido tan extrema como la anterior,
pero sentí que Pedro se había esforzado mucho en controlarse para no
dejarse llevar tanto como la última vez. Mi pobre pequeño… Nunca se lo
diría, pero me dolía verle herido; sobre todo porque no podía hacer nada al
respecto, ya que él se negaba a compartirlo conmigo. Los hombres eran
muy pero que muy frustrantes.
Me enjaboné la piel con fuerza con el gel de ducha y me apresuré para
terminar, dispuesta a vestirme y salir de la habitación sin despertar a Pedro
de su necesitado sueño.
Me metí el teléfono en el bolsillo de los vaqueros y salí de puntillas de
la habitación, cerrando la puerta con cuidado al salir. Me quedé de pie y
miré hacia el vestíbulo desde el ala en el que estaba situada nuestra
habitación, en una esquina de la casa. Este lugar era increíble, una mezcla
entre el Pemberley del señor Darcy y el Thornfield Hall del señor
Rochester. No podía esperar a hacer un tour oficial, todavía fascinada con
el hecho de que la hermana de Pedro y su marido fueran los dueños de este
lugar.

CAPITULO 92


—Cariño, estás soñando —me dijo una voz con suavidad al oído. Me giré
hacia la voz, tratando con dificultad de encontrarla. El sonido me calmó
como nada antes lo había hecho. Quería esa voz. Y entonces de nuevo—:
Pedro, cariño, estás soñando.
Abrí los ojos, cogí aire mientras la miraba y asimilé sus palabras.
—Ah, ¿sí?
—Sí, murmurabas y te movías de un lado a otro. —Me puso una mano
en la nuca y me miró fijamente—. Te he despertado porque no quería que
soñaras algo terrible.
—Joder, lo siento. ¿Te he despertado? —Seguía sintiéndome
desorientado, pero estaba despejándome rápidamente.
—No pasa nada. Quería despertarte antes de que se volviera… peor. —
Sonaba triste y sabía que intentaría que le hablara sobre este sueño como
hizo la última vez.
—Lo siento —repetí. Me sentía avergonzado por molestarla otra vez con
esta mierda.
—No tienes que disculparte por soñar, Pedro—dijo con firmeza—. Pero
me encantaría que me contases de qué se trata.
—Oh, nena. —La acerqué más a mí y le acaricié la cabeza y el cabello
con la mano. Posé los labios en su frente e inhalé. Solo respirar su aroma
me ayudaba muchísimo, al igual que el tacto de su pecho contra mi
acelerado corazón a medida que la sujetaba cerca de mí. Era real, estaba
aquí, ahora. A salvo conmigo.
Estaba excitado. Excitado y empalmado contra su suave piel.
—Sigo sintiendo mucho haberte despertado —dije pegado a ella cuando
mis labios encontraron los suyos. Adentré la lengua en su boca, hondo y
con fuerza, decidido a conseguir más. En este momento solo me podía
ayudar Paula. Ella era la única cura.
Y lo lamentaba, pero esto ya me había sucedido antes con ella.
Despertarme en mitad de la noche necesitando sexo para quitarme la
hiperansiedad o lo que fuera que me hubiera sucedido esa noche en mis
sueños.
—Todo está bien —me consoló con voz ronca contra mi boca.
Su respuesta me volvió loco. Casi todo lo que hacía me excitaba. Me
gustaba ser controlador, pero me encantaba cuando Paula me demostraba
que era receptiva y que me deseaba del mismo modo que yo la deseaba a
ella. De forma instintiva supe que le atraía. Era otro ejemplo de la gran
comunicación que teníamos. Ojalá todos los aspectos de nuestra relación
fueran así de fáciles. La parte del sexo la habíamos resuelto muy rápido,
desde el principio. Sí, el sexo siempre había sido salvaje y maravilloso
entre nosotros.
Le di la vuelta, la coloqué debajo de mí y le separé bien las piernas con
las rodillas, abriéndola mientras agachaba la cabeza. Aparté las mantas y
bajé los ojos a su precioso y receptivo cuerpo, en el que iba a estar
enterrado muy hondo en cuestión de segundos. Joder, gracias, Dios.

—Bien, porque necesito follarte hasta que te corras diciendo mi nombre —
afirmó de ese modo tan característico suyo—. Entonces voy a sacar la
polla de tu precioso coño y voy a follarte tu bonita boca. Y a observar tus
dulces labios envolverla y lamerla hasta que me dejes seco. —Sus ojos se
encendieron y su torso escultural se movía mientras respiraba
entrecortadamente a medida que se colocaba—. Sí, nena, voy a hacer todo
eso.
Pedro y su sucia boca. Era una locura, pero esas palabras obscenas
provocaban algo en mí.
Me excité por la expectación de lo que haría conmigo y gemí cuando
embistió contra mí fuerte y hondo, llenándome tanto, acercándonos tanto,
que mi mente volvió a pensar en lo que me había dicho antes. Casémonos.
No era una pregunta, sino una orden que solo Pedro podría dar y salirse con
la suya, tal y como había hecho tantas otras veces desde que nos
conocimos.

CAPITULO 91


Cuando salíamos a patrullar veíamos todo tipo de mierdas horribles. La
democracia es algo que la mayoría de la gente en realidad nunca tiene la
oportunidad de apreciar. Supongo que para gran parte del mundo eso es
algo bueno, pero aun así les da que pensar a aquellos que ni siquiera
saben lo que tienen en la vida. Lo que más me molestaba es la enorme
pérdida de potencial. La gente reprimida y aterrada pierde todo su
potencial, tal y como les gusta a los dictadores del tercer mundo.
Ya la habíamos visto pidiendo por las calles de Kabul antes, pero nunca
con el niño. Los militares tenían prohibido interactuar con las mujeres
afganas. Era demasiado peligroso, y no solo por las tropas, los hombres
excitados son las criaturas más predecibles y estúpidas del planeta.
Buscan sexo y se meten en líos casi todo el tiempo. Tenía sentido asumir
que era una prostituta. No es común en Kabul pero existen burdeles,
aunque yo nunca he estado en uno. Sin embargo, algunos hombres
corrieron el riesgo, así de estúpidos que son, pensando con la polla. Yo me
apañaba con el porno y con algún polvo a escondidas con alguna «colega»
del ejército cuando se podía hacer en secreto. Despertaba el interés de las
mujeres del ejército y tenía bastantes ofertas. La discreción era la clave
para tener sexo en la base. Las soldados tenían motivos para ser
precavidas, pues los hombres las superaban ampliamente en número.
El nombre de la mujer era Leila y murió de forma inhumana. Los
talibanes la ejecutaron en mitad de la plaza de la ciudad por sus delitos. El
principal delito era trabajar para dar de comer a su hijo. Los gritos del
niño nos alertaron. Tenía unos tres años y estaba sentado entre la sangre
de su madre en medio de la calle. Más tarde me pregunté si alguien de esa
ciudad lo habría recogido, o si le habrían dejado morir ahí junto al cuerpo
ultrajado de su madre. En realidad no tenía sentido preguntárselo.
Me ponía enfermo dejarle ahí cuando habían descartado la posibilidad
de una bomba suicida. Joder, tardaron siglos en darnos permiso. Fui yo
quien salí a apartarle del cadáver. Fui corriendo y le cogí en brazos. Él no
quería separarse de ella y agarró con fuerza el burka, arrastrándolo por la
cara de su madre mientras le levantaba. Le habían rajado la garganta de
oreja a oreja y tenía la cabeza casi colgando. Deseé con todas mis fuerzas
que fuera lo bastante pequeño para no recordar a su madre así.
Tuve un presentimiento terrible casi de inmediato. Una sensación
heladora me invadió mientras le sacaba de ahí corriendo. Y de repente
dejó de llorar. Oí un silbido y entonces… sangre. Demasiada sangre para
un niño tan pequeño. Un segundo más tarde todo se volvió un caos…

viernes, 7 de marzo de 2014

CAPITULO 90



Le miré fijamente, segura de que las palabras habían salido de su boca y
no de una escena de una novela romántica. Quizá estaba soñando. Ojalá.
Pedro se movió encima de mí y su idea me dejó por los suelos. ¡Santo
querido!
—Tiene todo el sentido del mundo —dijo mientras esbozaba una sonrisa
—. Haremos un comunicado que pegue fuerte, que explique que estás
conmigo de manera oficial, y dejamos saber a todo el mundo que tu
prometido se dedica a la seguridad.
—¿Estás loco? —le corté, y vi cómo con su mirada me recorría el rostro,
estudiando mi reacción a sus palabras—. Pedro, no puedo casarme. No
quiero hacerlo. Estoy empezando a acostumbrarme a tener una relación. Es
pronto, prontísimo para siquiera considerar algo así entre nosotros.
Él sonrió, totalmente tranquilo y seguro.
—Lo sé, nena. Es muy pronto, pero el mundo no tiene por qué saber eso.
Para ellos parecerá que estás a punto de ser la mujer de un antiguo
miembro de las fuerzas de seguridad y del importante presidente de
Alfonso S. A. Quien sea que esté ahí fuera con intenciones ocultas
recibirá el mensaje alto y claro. Ya pueden mantenerse alejados de ti
porque no serán capaces de ponerte la mano encima de ningún modo,
manera o forma, ni serán capaces de acercarse lo bastante a ti como para
pestañear y mucho menos para soltarte amenazas como la mierda esa de
anoche. —Me besó con suavidad y parecía muy orgulloso de sí mismo—.
Es un plan brillante.
Seguí mirándole fijamente, segura de que era producto de algún sueño
fantástico que estaba teniendo en ese momento.
—También es deshonesto, Pedro. ¿Has pensado siquiera en lo que me
estás pidiendo que haga? ¿Mentir? ¿Engañar a nuestras familias y amigos
para que se crean que después de dos meses nos vamos a casar?
Se puso rígido y apretó la mandíbula.
—Si se trata de protegerte haré lo que sea. Contigo no voy a correr
ningún riesgo, es demasiado tarde para eso. Te dije que todo o nada y eso
no ha cambiado en las últimas horas.
Su mirada penetrante era más que un poco intimidatoria incluso a pesar
de la tenue luz. Traté de explicarme.
—Bueno, no, mis sentimientos tampoco han cambiado, pero eso no
significa que tengamos que…
Mis palabras se fueron apagando mientras trataba de procesar lo que
acababa de decirme con tanta seguridad: que casarse sería una buena idea,
del mismo modo que lo era comer más verdura o ponerse crema para el
sol. Me pregunté si el virus estomacal de esta noche me estaba haciendo
alucinar.
—No hay ninguna razón que nos lo impida. —Pedro parecía un poco
dolido mientras me estudiaba con detenimiento, y sentí una punzada de
arrepentimiento, pero solo durante unos segundos. Lo que me estaba
proponiendo era una absoluta locura. Apenas podía asimilar el hecho de
estar enamorada de un hombre que había irrumpido así en mi vida, de
manera atrevida y sin miramientos, hacía dos meses. ¿Cómo narices iba a
aceptar que nos casáramos únicamente para protegerme de una misteriosa
amenaza anónima con motivaciones desconocidas?
—E… estoy…, ¡se te ha ido la cabeza por completo! Pedro, ¿te das
cuenta de lo que me estás proponiendo?
Afirmó con la cabeza, con la cara a pocos centímetros de la mía. Lo
cierto es que en este momento yo tampoco sabía lo que estaba pensando
exactamente. Él quería las cosas a su modo, eso lo sabía, pero lo que más
me sorprendía eran sus razones. Sabía que él me quería. Se aseguraba de
repetírmelo a menudo. Y yo sabía que mis sentimientos hacia él eran los
mismos…, pero… ¡¿matrimonio?! Estaba segura de que no podía haberme
sugerido algo más impactante que esto teniendo en cuenta mi pequeño y
frágil estado emocional. Era evidente que Pedro no quería una esposa. Era
demasiado pronto.
—Sí, Paula, sé perfectamente lo que te acabo de decir. —Mantuvo la
cara neutral pero firme, de forma inexpresiva.
—Quieres casarte conmigo, una chica que conociste hace solo ocho
semanas, que tiene fobia a las relaciones y…, y… un pasado de mierda.
Me calló con un beso controlador que no dejaba la menor duda de la
seriedad de su propuesta. ¡Dios! ¿Estoy en el mundo bizarro? Dejé que su
boca saqueara la mía durante unos segundos y a continuación me llevó la
mano detrás de su cabeza. Yo también tiré de él y le acaricié la mejilla,
buscando de nuevo sus ojos.
—Nena…, lo de esta noche me ha asustado —susurró—. No tenía nada
de esto planeado; simplemente sé lo que creo que es lo correcto. Quiero
tenerte a mi lado. Ya no necesitarás ningún visado de trabajo. Tendrás
tiempo para encontrar el trabajo perfecto sin la presión de tener que lidiar
con las leyes de inmigración, y lo más importante: podremos estar juntos.
Eso es lo que quiero. Puedo protegerte si soy tu marido. Puedo asegurarme
de que siempre estés protegida. No hay nada que no hiciera para
mantenerte a salvo. Te quiero. Y tú me quieres a mí, ¿no? ¿Cuál es el
problema? Es la solución perfecta. —Inclinó la cabeza y entrecerró los
ojos como si estuviera siendo una tonta insensata.
—Ni de lejos estoy preparada para esto, Pedro, independientemente de
lo que sienta por ti.
—Yo tampoco y el momento es horrible, pero creo que es la única
opción que tenemos. —Me apartó el cabello de la cara con cuidado—. Yo
estoy dispuesto… y creo que deberías al menos considerarlo. —Me miró
con las cejas arqueadas—. No voy a tolerar otro episodio como el que
hemos vivido esta noche en la Galería Nacional.
Empecé a protestar pero me acalló con otro beso controlador tan típico
de él. Me tenía sujeta debajo, apretándome contra el suave colchón y
acariciándome la boca con su habilidosa lengua. Permití que me besara y
durante unos segundos me dejé llevar, tratando con todas mis fuerzas de
procesar lo que acababa de decirme.
—Antes de que te pongas a la defensiva y te preocupes más, quiero que
por ahora solo pienses en ello. Podríamos estar comprometidos durante
mucho tiempo, pero el comunicado es lo que hará que la gente reaccione y
tome nota. Hemos tenido una noche dura y hay millones de cosas que
solucionar, pero al final lo importante es que estamos juntos y que eso no
va a cambiar. —Me besó en la frente—. Y tú te vienes a vivir conmigo. —
Me quedé mirándole mientras asimilaba sus palabras—. La última parte no
es una pregunta, Paula. Lo que ha pasado esta noche ha sido una
verdadera locura y no podemos vivir en dos sitios diferentes.
—Dios, ¿qué voy a hacer contigo? —Reprimí un bostezo y me di cuenta
de que la pastilla me estaba dejando grogui. Sabía que no sería capaz de
continuar esa conversación durante mucho más tiempo. Se me pasó por la
cabeza la idea de que quizá Pedro estuviese utilizando todo eso a su favor.
Por eso Pedro era bueno al póquer.
—Estás muerta, y para ser sinceros yo también.
Volví a bostezar y le di la razón.
—Sí…, pero sigo sin saber qué decirte a lo que estás sugiriendo —le
dije, mirándole a los ojos, que estaban a tan solo unos centímetros de los
míos.
Me acurrucó sobre él para prepararnos para dormir y enterró la cara en
mi cuello.
—Vas a dormirte ahora mismo y a pensar sobre el tema… y a confiar en
mí… y a mudarte conmigo de manera oficial.
—¿Así de fácil? —pregunté.
—Sí, así de fácil. —Sus labios se deslizaron por mi nuca—. Es tal y
como tienen que ser las cosas. —Sentí cómo me raspaba la piel con la
barba a medida que apretaba—. Te quiero, nena. Ahora duérmete.
Que los fuertes brazos de Pedro me rodearan me producía una sensación
maravillosa aunque pensaba que se le había ido la cabeza. Pero saber que
haría algo así de drástico para protegerme, que me quería tanto, me hizo
esbozar una pequeña sonrisa que me sentó jodidamente bien, por citar las
palabras militares de mi amor.
Entonces me dormí a salvo en sus brazos.

CAPITULO 89



No esperaba encontrármelo despierto cuando salí del baño, pero tenía los
ojos abiertos y me recorrió con la mirada a cada paso hasta que volví a la
cama. Alargó la mano y me sujetó la cara, algo que solía hacer cuando
estábamos así de cerca.
—¿Cómo es que sigues despierto? Debes de estar muerto después de un
viaje tan largo —hice una pausa para darle énfasis— y después de un sexo
tan increíble.
—Te amo y no quiero soltarte nunca —interrumpió.
—Pues no lo hagas. —Le miré a sus ojos azules, que me abrasaban bajo
la luz tenue.
—Nunca lo haré —dijo con cierta contundencia, y sentí que iba en serio.
—Yo también te amo, y no voy a irme a ninguna parte. —Me incliné
para besarle en los labios y el roce de su barba ya se había convertido en
algo muy familiar. Me devolvió el beso pero me di cuenta de que tenía más
cosas que decirme y podía notar su nerviosismo, lo que resultaba
sorprendente teniendo en cuenta la de orgasmos que me acababa de dar.
—La cosa es que nece… necesito algo más serio. Necesito que estés
conmigo todo el rato para poder protegerte y poder estar juntos todos los
días… y todas las noches.
Sentí que el corazón me empezaba a latir a toda velocidad y me invadía
el pánico. Justo cuando estaba a gusto con un aspecto de nuestra relación,
Pedro me presionaba y me pedía más.
Él siempre ha sido así…
—Pero ahora estamos todo el día juntos —le dije.
Frunció el ceño y entrecerró los ojos una fracción de segundo.
—No es suficiente, Paula. No después de lo que ha pasado esta noche y
de la mierda del mensaje ese que a saber quién te lo mandó. Tengo a Pablo
trabajando en el rastreo de tu móvil en este momento y llegaremos al fondo
del asunto, pero necesito algo más formal que le haga ver al mundo que
estás fuera de su alcance y que eres intocable sea lo que sea que tengan
planeado para ti.
Tragué con dificultad, mientras sentía cómo sus pulgares empezaban a
moverse por mi mandíbula mientras trataba de imaginar adónde quería
llegar con todo esto.
—¿Qué quieres decir con formal? ¿Cómo de formal? —Dios, me
temblaba la voz y sentía como si el corazón se me fuera a salir del pecho
en cuestión de segundos.
Me sonrió y se inclinó para darme un beso suave y dulce que me calmó
un poco. La verdad es que Pedro siempre me calmaba. Si estaba intranquila
o asustada, él sabía consolarme y acabar con el estrés del momento.
—¿Pedro? —le pregunté cuando por fin se apartó.
—No pasa nada, nena —respondió con suavidad—, todo va a salir bien y
yo cuidaré de ti, pero sé lo que necesitamos hacer, lo que necesito que
suceda.
—Ah ¿sí?
—Mmm, mmm. —Me dio la vuelta y me sujetó la cara de nuevo,
apoyado en sus codos y atrapándome debajo de su cuerpo escultural, fuerte
y suave contra mis partes más íntimas.
—Estoy seguro de eso, de hecho. —Sus labios bajaron a mi cuello y me
besaron en la oreja y luego en la mandíbula y la garganta, para volver a
subir a la otra oreja—. Muy, muy seguro —susurró entre dulces besos—.
Me he dado cuenta esta noche en cuanto llegamos aquí y vi que llevabas
eso puesto. —Me besó en la parte hueca de la garganta, donde pendía el
colgante de amatista que me había regalado.
—¿De qué estás tan seguro? —Mi voz era débil, pero cada palabra
resonó en el poco espacio que nos separaba y parecía que le estuviera
gritando.
—¿Confías en mí, Paula?
—Sí.
—¿Y me quieres?
—Sí, claro. Y lo sabes.
Volvió a sonreírme.
—Entonces está decidido.
—¿El qué está decidido? —imploré a su preciosa cara, la cual me había
fascinado desde el principio, y vi cómo la comisura de su bonita boca se
levantaba con confianza mientras me tenía bien sujeta debajo de él de la
manera posesiva tan típica de Pedro.

—Casémonos.

CAPITULO 88



Simplemente me gustaría que me contara más cosas sobre su pasado y
sus lugares oscuros. Sin embargo, él tenía miedo de compartirlo conmigo
y, aunque me molestaba, entendía su miedo. Me preguntaba si los motivos
de necesitar tocarme todo el tiempo y poseerme de tal manera durante el
sexo, y después también, tenían algo que ver con el tiempo que estuvo
prisionero. Le torturaron y atemorizaron y le hicieron daño . Solo el
recordar cómo se había sentido esa noche cuando sus pesadillas le
despertaron presa del pánico me dolía.
Le recorrí el hombro y la espalda con los dedos. Imaginé las alas del
ángel de su tatuaje y las palabras debajo de ellas. Y también sentí las
cicatrices. Pedro abrió los ojos y me embistió con fuerza.
—¿Por qué alas? Son preciosas, ya sabes.
—Las alas me recuerdan a mi madre —dijo después de un segundo o dos
de silencio—, y cubren la mayoría de las cicatrices. —Me incliné hacia
delante, besando sus labios con dulzura. Le puse las manos en la mandíbula
y decidí arriesgarme. No quería espantar a Pedro y más si estaba enfadado,
pero pensé que tenía que intentarlo de nuevo en algún momento.
—¿Y la frase? ¿Por qué esa?
Él se encogió de hombros y susurró:
—Creo que esa noche morí un poco.
Significaba mucho para mí que se abriera y compartiera cosas. Él no
estaba dispuesto a hurgar más en su pasado. Me daba cuenta.
—¿Qué quieres decir con que moriste un poco?
—Cuando no te podía encontrar después de que llegara ese mensaje a tu
móvil. —Me acarició la mejilla con el dedo y a continuación los labios;
fue un roce ligero y sentí que me invadía un escalofrío por todo el cuerpo.
—Bueno, al final me encontraste, y que sepas que no está permitido
morir, señorito. Eso sería un problemón. —Traté de bromear para que se
alegrara un poco, pero no parecía funcionar. Cuando Pedro se ponía serio
no desconectaba así de fácil.
—Me alegro de que te encuentres mejor —hizo una pausa y apretó las
caderas contra las mías con una nueva erección hasta hundirse dentro de mí
—, porque necesitaba estar así contigo, me moría de ganas.
—Estoy aquí y me tienes —murmuré contra sus labios mientras me
ponía las piernas sobre sus hombros y tomaba el control de otra ronda de
placer. Una sola ronda casi nunca era suficiente.
Pedro me hacía sentir deseada. Me hacía sentir guapa y sexi, desde las
palabras que salían de su boca hasta el roce de su cuerpo con el mío cuando
me hacía el amor. Y después, cuando me sujetaba contra su pecho como si
fuera importante.
Alguien me deseaba, a pesar de todo lo que me había sucedido en el
pasado. Alguien estaba dispuesto a luchar por mí. Yo era importante para
otra persona. Para Pedro lo era. Saber eso me cambiaba la vida.
La atención de Pedro era extrema y al principio resultaba difícil de
aceptar, pero conmigo funcionaba. Pedro y yo funcionábamos. Él podía
mostrarme lo mucho que me deseaba, y por primera vez tenía esperanzas
de que pudiéramos hacer que esta relación funcionara. La parte
«tomémoslo con calma» que habíamos acordado la primera vez que nos
conocimos no se había cumplido. Pero si hubiéramos ido con calma, dudo
muchísimo de que en este momento estuviera desnuda en la cama con él en
la costa de Somerset, en una casa solariega inglesa digna de un rey y que
resultaba ser de su hermana, y de que me estuviera follando hasta el borde
de otro magnífico orgasmo. Una chica tiene que aceptar las cosas como
vienen.
Me llevó un rato espabilarme después de la segunda ronda de sexo
salvaje, pero conseguí escabullirme de sus brazos y dirigirme al baño para
asearme y prepararme para dormir. Me encantaba cómo me tocaba todo el
rato. Lo necesitaba, así de claro, y Pedro lo sabía. Era otra cosa en la que
éramos compatibles.
Llené un vaso de agua y me tomé la pastilla que me había mandado la
doctora Roswell para los terrores nocturnos. Tenía mi propia rutina. La
píldora y vitaminas por la mañana y la pastilla para dormir por la noche,
siempre y cuando fuera a dormir. Sonreí al espejo del elegante baño que
parecía salido del palacio de Buckingham y me di cuenta de que cama y
dormir casi nunca eran sinónimos cuando estaba con Pedro. Pasábamos una
gran parte del tiempo en la cama sin dormir, pero no me quejaba.

jueves, 6 de marzo de 2014

CAPITULO 87



Los ojos de Pedro se posaron en mí mientras tomaba el control de mi
cuerpo, con sus manos firmes en mis caderas, su grueso sexo llenándome y
moviéndose dentro de mí. Su boca por todo mi cuerpo, sus dientes en mi
piel.
Todo eso del hombre que había atravesado los muros que yo misma
construí y que me había capturado. Eran demostraciones de caricias y
placer, un medio para consolidar la conexión entre nosotros, de
mantenerme cerca. Él era así. Sin embargo, no necesitaba preocuparse.
Pedro me tenía.
A pesar de todo el caos de esta noche, me tenía en sus brazos y debajo de
su cuerpo y su virilidad controladora se hacía cargo de mí tal y como había
sido desde el principio. Me mantenía a salvo. Aquella noche en la calle
cuando me persuadió para que me subiera a su coche y a continuación me
llamó por teléfono exigiendo atención, fue solo el principio de mi relación
con Pedro Alfonso. Ese hombre escondía muchas más cosas de las que
pude imaginar entonces. No me iba a ir a ninguna parte. Estaba enamorada
de él.
—Quiero mi polla dentro de ti toda la noche —dijo con voz ronca
mientras sus ojos azules brillaban bajo la luz de la luna a la vez que se
movía. Estaba encima de mí y tenía el control, manipulaba mi cuerpo de
todas las maneras posibles a medida que la luz que entraba por la ventana
del balcón iluminaba nuestros cuerpos desnudos. Manos, boca, sexo,
lengua, dientes, dedos…, él lo usaba todo.
Pedro me hablaba durante el sexo. Me decía palabras inesperadas que
me excitaban muchísimo, que fortalecían mi confianza y que me
demostraban lo mucho que él me deseaba. Era justo lo que necesitaba.
Pedro era mi respuesta y él sabía exactamente lo que yo anhelaba. No sé
cómo me conocía tan bien, pero no cabía duda de que así era. Esa noche me
lo confirmó alto y claro. Creo que por fin puedo admitir que necesito a otra
persona para ser feliz.
Esa otra persona era Pedro.
Había dejado que alguien entrara en mí. La dura corteza que rodeaba mi
corazón se había visto comprometida y además de forma plena. Pedro lo
había hecho. Me había dedicado tiempo, me había presionado y exigido mi
atención. Él nunca se rindió y siempre me quiso a pesar de mi maraña de
problemas emocionales. Pedro hizo todo eso por mí. Y ahora podría
regodearme en el hecho de que me amaba un hombre al que yo también
amaba.
—Mírame, nena —me ordenó con un jadeo ahogado—. ¡Sabes que
tienes que tener tu mirada fija en mí cuando te poseo! —Su mano había
subido hasta mi cabello para agarrarlo y tirar de él. Sin embargo, nunca me
hacía daño. Pedro sabía cuál era la presión justa y era totalmente
consciente de que me volvía loca. Yo no sabía que tenía esa necesidad de
que le mirara y me aferré a sus feroces ojos azules con todo mi ser.
Pero Pedro sabía más cosas de mí que yo de él.
—¡Vas a ser la primera en correrte! —gruñó al tiempo que embestía
hondo y con fuerza y daba con el punto sensible dentro de mí que
necesitaba encontrar para que yo cumpliera su orden.
A medida que sentí que la presión aumentaba me dejé llevar a un
perfecto estado de éxtasis, sujeta bajo el cuerpo de Pedro, el cual estaba
entrelazado con el mío, y tenía sus ojos azules a escasos centímetros de mí.
Se dirigió a mi boca y me besó justo cuando el orgasmo me rasgaba,
llenando otra parte de mí, haciéndome entenderle más, uniéndonos de una
manera más profunda.
Su orgasmo siguió al mío en cuestión de segundos. Siempre sabía que
estaba cerca por la inhumana dureza de su sexo cuando estaba a punto de
correrse. La sensación se alejaba de este mundo y era intensa y
fortalecedora. Que pudiera suscitar esa reacción en él y despertar ese tipo
de sensaciones en otra persona me hacía consciente de muchas cosas.
Cosas que me curaban poco a poco cada vez que ocurría; gracias a Pedro y
su modo de demostrarme su amor hacía que las cosas dentro de mi cabeza
siguieran mejorando. Tenía ciertas esperanzas de que al fin pudiera ser
feliz y vivir una vida normal.
Pedro me había dado eso.
—Dime, nena —farfulló en un susurro seco, pero podía oír la
vulnerabilidad que acompañaba la seguridad en sí mismo. Pedro también
tenía sus propias inseguridades, era un simple mortal igual que el resto.
—¡Siempre seré tuya! —dije sintiendo cada una de mis palabras
mientras notaba cómo entraba dentro de mí.
Cuando abrí los ojos un poco más tarde me di cuenta de que debía de
haberme quedado dormida un rato. Pedro nos había recolocado en la cama
y ahora estábamos más o menos de lado, pero seguíamos unidos. Le
gustaba quedarse enterrado dentro de mí durante un tiempo después del
sexo. A mí no me importaba porque era algo que él deseaba y a mí me
encantaba hacerle feliz.