sábado, 29 de marzo de 2014

CAPITULO 161



Un segundo después…

—La señora Alfonso se apunta.
Me ofreció el brazo.
—Mi dama, ¿me acompaña?
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me gustan tus modales de
caballero? Es un contraste tan grande con esa boca tan sucia que tienes,
pero, oye, realmente funciona conmigo.
A Pedro se le notó la satisfacción en los ojos.
—Bueno, está bien, nena. Creo que puedo comportarme así para ti. —
Entornó los ojos y se llevó mi mano a los labios—. Me aseguraré de
hacerlo esta noche.
Gracias, Dios mío.
—Tengo que subir un segundo a nuestra habitación por tu regalo,
¿vale? Solo será un momento.
Me besó la mano y trazó un círculo con la lengua, justo encima de donde
estaban mi anillo y la alianza que me había puesto durante nuestros votos,
antes de dejarme ir.
—Te estaré esperando al final de las escaleras cuando bajes. Solo tengo
que decirle a Luciana que nos escapamos —me dijo con dulzura.
—Dios, cómo te quiero —le respondí.
Me dedicó una de sus escasas sonrisas y dijo:
—Yo a ti más.
—Lo dudo mucho —aseguré por encima del hombro—, pero ¡me vale!
Me di prisa en coger el paquete de nuestra habitación y estaba bajando
cuando noté una sensación de calidez. Caló en mí, se envolvió alrededor de
mi cuerpo como un manto de una forma reconfortante. Me detuve en las
escaleras donde el magnífico Mallerton de Sir Jeremy y Georgina estaba
colgado en la pared. Me encantaba mirar ese cuadro, y no era solo por el
tema o su técnica, que era impresionante, era la emoción que se expresaba
en él. Había un gran amor en esa familia. Sir Jeremy, con sus ojos azules y
su pelo rubio, miraba a su encantadora y bella Georgina con una expresión
que transmitía su profundo amor por ella. No sé cómo se las arregló
Tristan Mallerton para plasmarlo en un cuadro, pero sin duda había
captado el momento entre esos dos amantes de hacía tantísimo tiempo. Y
me dejaba sin aliento por su pureza.
Y luego estaban los hijos, un chico mayor y una niña más pequeña. La
niñita estaba sentada en el regazo de su madre, pero solo tenía ojos para su
padre. Me imaginaba cómo debía de haberla entretenido durante las largas
horas de posados para un retrato como este. Mis estudios de arte me habían
otorgado conocimientos sobre el tiempo necesario para crear un cuadro de
esta magnitud; debió de ser maravilloso. Una niña no miraría a nadie así a
no ser que lo sintiera. Esta pequeña quería a su padre, y había sido muy
querida por él. Igual que yo.
Te quiero muchísimo, papá…
Cuando le di la espalda al cuadro para seguir bajando, vi a Pedro
aguardándome al final de las escaleras. Me esperaba pacientemente como
si entendiera que necesitaba un momento y mi intimidad. Pedro parecía
reconocer mis estados de ánimo en momentos como este. Y si lo pensaba
bien, Pedro había sido el mejor regalo que mi padre me había hecho nunca.
Miguel Chaves, mi adorado y cariñoso padre, había mandado a Pedro Alfonso
 a buscarme en Londres para que pudiera rescatarme. Ahora
tenía el resto de mi vida para estarle agradecida por ello.
Gracias, papá. Miré a la niñita del cuadro y sentí una conexión con ella,
sin importar los siglos que nos separaban. Esperaba que la hija de Sir
Jeremy Greymont hubiese disfrutado de muchos años con su padre.
Veinticinco años era la cantidad de tiempo que me habían concedido a mí
con el mío y debía aceptarlo agradecida por ser un regalo tan valioso.
Me negaba a ponerme triste al pensar en mi padre el día de mi boda. Él
ahora era solo un pensamiento feliz para mí. Me quería y yo lo quería a él.
Aún estaba conmigo de alguna forma y yo aún estaba con él, y nada podría
arrebatarnos eso a ninguno de los dos.
—Mantén los ojos cerrados hasta que te diga que los abras, ¿vale? —
Aparqué el coche y fui hasta el lado de Paula para ayudarla a salir—. No
mires, señora Alfonso, quiero hacer esto bien.
—Tengo los ojos cerrados, señor Alfonso—dijo ella, de pie frente a
mí—. Mi regalo. Dámelo, por favor.
Lo saqué del asiento y se lo puse con cuidado en las manos. Pesaba poco,
era una caja negra plana con un lazo plateado.
—¿Lista?
—Sí —afirmó ella.
—Vale, mantenlos cerrados, que voy a cogerte en brazos y a llevarte.
—Suena muy tradicional —dijo.
—Me considero un tío tradicional, nena. —La cogí en brazos, con
cuidado para que no le arrastrara el vestido, y avancé por el camino de
grava de Stonewell Court. Las piedras crujían bajo mis pies y se oía el
sonido de las olas al romper en las rocas a lo lejos. El sitio era espectacular
y esperaba que le gustase. Todo estaba iluminado con antorchas y vasijas
antiguas y había velas que brillaban dentro de unos farolillos de cristal en
el suelo. Hasta la suite del último piso estaba iluminada. La suite de
nuestra noche de bodas.
—Escucho el mar —dijo contra mí mientras me acariciaba ligeramente
la parte de atrás de la cabeza una y otra vez con una mano.
—Ajá. —Me detuve donde me pareció el lugar perfecto para revelarle la
sorpresa—. Vale, hemos llegado a nuestro destino nupcial, señora
Alfonso. Voy a dejarte en el suelo para que puedas verlo bien —le
advertí antes de ayudarla a ponerse de pie. La coloqué frente a la casa y le
tapé los ojos con las manos.
—Quiero mirar. ¿Vamos a dormir aquí?
—No estoy seguro de si vamos a dormir mucho…, pero pasaremos aquí
la noche. —Le besé la nuca y aparté las manos—. Para ti, preciosa. Ya
puedes abrir los ojos.
—Stonewell Court. Sabía que estábamos aquí. Recordé el olor del mar y
el sonido de la grava cuando hemos entrado. Es tan hermoso…, no puedo
creerlo. —Abrió los brazos—. ¿Quién ha hecho esto para nosotros?
Aún no lo pilla. Le puse las manos en los hombros y le besé el cuello
desde atrás.
—Luciana, principalmente. Ha estado intentando hacer un milagro para
mí.
—Bueno, creo que lo ha conseguido. Me deja sin aliento. —Se giró para
mirarme—. Es el lugar perfecto para pasar nuestra noche de bodas —dijo
mientras se apoyaba en mi cuerpo.
Le cogí la cara con las manos y la besé con ternura, rodeados por el
resplandor de las antorchas y la brisa del océano.
—¿Te gusta?
—Más que gustarme. Me encanta que podamos estar aquí. —Se dio la
vuelta de nuevo y se apoyó en mí otra vez para mirar la casa un poco más.
—Me alegro mucho, señora Alfonso, porque después de estar aquí
juntos no podía quitarme este lugar de la cabeza. Quería traerte de vuelta
aquí. El interior necesita un poco de atención, pero está en perfecto estado
y tiene los cimientos sólidos, construidos sobre las rocas. Esta casa lleva
aquí mucho tiempo y espero que siga durante mucho más a partir de ahora.
Me saqué el sobrecito del bolsillo y lo pasé por detrás para sostenerlo
delante de ella y que lo pudiera ver.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Es nuestro regalo de bodas. Ábrelo.
Abrió la solapa y volcó el extraño surtido en su mano, algunas
modernas, otras muy viejas.
—¿Llaves? —Se dio la vuelta, sus ojos muy abiertos de la impresión—.
¡¿Has comprado la casa?!
No pude aguantarme la sonrisa.
—No exactamente. —Le di la vuelta para que mirase la casa otra vez, la
rodeé con los brazos desde atrás y apoyé la barbilla en su cabeza—. He
comprado un hogar para nosotros. Para ti y para mí, y para el melocotón, y
cualquier otra frambuesa o guisante que pueda llegar después. Este lugar
tiene muchas habitaciones donde ponerlos.
—¿De cuántas frambuesas estamos hablando? Porque estoy viendo una
casa muy grande que debe de tener montones de habitaciones que llenar.
—Eso, señora Alfonso, aún está por ver, pero puedo asegurarte que
me esforzaré al máximo por llenar unas cuantas.
—Ah, entonces ¿qué haces aquí fuera? ¿No sería mejor ponerse manos a
la obra? —preguntó con suficiencia.
La cogí apresuradamente y me puse a caminar. Rápido. Si ella estaba
preparada para la luna de miel, entonces yo no iba a ser tan tonto como
para demorar el asunto. Una vez más, no soy un idiota.
Mis piernas recorrieron el resto del camino a toda prisa y luego los
escalones de piedra de nuestra nueva casa de campo.
—Y la novia cruza el umbral —dije mientras empujaba la pesada puerta
de roble con el hombro.
—Te estás haciendo cada vez más tradicional, señor Alfonso.
—Lo sé. Y en cierto modo me gusta.
—¡Oh, espera, mi regalo! Quiero que tú también lo abras. Bájame. El
vestíbulo iluminado será perfecto para que las veas.
Me dio la caja negra con el lazo plateado, muy contenta y muy guapa
con su encaje de novia y el colgante en forma de corazón sobre la garganta.
Me vino a la mente el recuerdo de lo que tuvo que aguantar aquella noche
con Westman, pero lo aparté y lo mantuve lejos. No había cabida en este
instante para nada feo. Era un momento de alegría.
Abrí la tapa y saqué un papel de seda negro. Las fotografías que
aparecieron debajo casi hicieron que me diera un infarto. Paula preciosa
y desnuda en muchas poses artísticas, vestida solo con el velo de novia.
—Para ti, Pedro. Solo para tus ojos —susurró—. Te quiero con todo mi
corazón, con toda mi mente, con todo mi cuerpo. Ahora todo te pertenece a
ti.
Al principio me costaba hablar, así que simplemente me quedé
mirándola durante un momento y pensé en la suerte que tenía.
—Las fotos son preciosas —le dije cuando por fin pude articular las
palabras—. Son preciosas, nena, y ahora…, ahora entiendo el porqué. —
Paula necesitaba hacer hermosas fotos con su cuerpo. Era su realidad. Yo
necesitaba poseerla, cuidarla para complacer un requisito que controlaba
mi psique, mi realidad.
—Quería que tuvieses estas fotos. Son solo para ti, Pedro. Solo tú las
verás. Son mi regalo para ti.
—Apenas tengo palabras. —Eché un vistazo a las poses lentamente,
absorbí las imágenes y las saboreé—. Me gusta esta en la que estás
mirando por encima del hombro y el velo te cae por la espalda. —Estudié
la fotografía un poco más—. Tienes los ojos abiertos… y me estás
mirando.
Ella me sostuvo la mirada con sus hermosos ojos multicolor, que me
sorprendían todo el tiempo con sus cambios de tonalidad, y dijo:
—Te están mirando, pero mis ojos solo han estado realmente abiertos
desde que llegaste a mi mundo. Tú me lo diste todo. Tú me hiciste querer
ver lo que había a mi alrededor, por primera vez en mi vida adulta. Tú me
hiciste quererte a ti. Tú me hiciste querer… una vida. Tú fuiste el mejor
regalo de todos, Pedro Alfonso. —Levantó el brazo para tocarme
la cara y dejó ahí la palma de su mano, mostrándome con los ojos sus
sentimientos.
Le cubrí la mejilla con la mano.
—Igual que tú para mí, mi preciosa chica americana.
Besé a mi encantadora esposa en el vestíbulo de nuestra nueva casa de
piedra durante mucho tiempo. Yo no tenía prisa y ella tampoco. Teníamos
el lujo de la eternidad ahora mismo y nos lo tomaríamos como el precioso
regalo que era.
Cuando estuvimos preparados, la volví a coger en brazos; me encantaba
notar su suave peso descansar contra mi cuerpo y la tensión de mis
músculos mientras la llevaba escaleras arriba hacia la suite que nos
esperaba y donde no la soltaría en toda la noche. Me aferraría a ella para
salir a flote. El concepto tenía sentido para mí. No podía explicárselo a
nadie más, pero no necesitaba hacerlo. Sabía lo que significábamos el uno
para el otro.
Paula era mi mejor regalo. Era la primera persona que había visto mi
interior. Solo sus ojos parecían ser capaces de hacerlo. Solo los ojos de mi
Paula.

CAPITULO 160




Dos días después…

Oscar y yo observamos a Simon desde la rosaleda esperando que no nos
viera. Con su verdísimo traje milanés hecho a medida, organizaba a los
invitados para hacerles fotos espontáneas en todo tipo de locas posturas
vanguardistas.
—Que Dios nos ayude si esas fotos que está haciendo salen a la luz
pública. Estaremos jodidos, ¡literalmente! —dijo Oscar de forma seca
mientras hacía un gesto con la cabeza hacia las obscenas payasadas de
cierto príncipe pelirrojo y su acompañante desconocida—. ¿Por qué
diablos contrató Pedro a Simon Carstairs para hacer las fotos de la boda?
—Aaah…, bueno, esa fue una situación en la que a Pedro le dieron una
cura de humildad o, como decimos en Estados Unidos, se tuvo que tragar
sus palabras respecto a nuestro querido Simon. Pedro le llamó para
disculparse por lo sucedido y cuando terminó la conversación había
conseguido contratar al fotógrafo más gay de todo Londres, si no de toda
Europa. —Me encogí de hombros—. Hace unas fotos preciosas y al final
todo ha salido bien. —Le di un codazo a Oscar—. Simon estaba
superilusionado con ese estrafalario traje verde.
Oscar y yo nos reímos juntos y continuamos observando la fiesta. Simon
era una calamidad de la que no podías apartar la vista con su traje verde
otoño. Puso a Gaby y a Tomas juntos en algunas fotos. Me preguntaba cómo
se llevaban desde que los habíamos metido en esto juntos y les habíamos
nombrado dama de honor y padrino. Gaby estaba preciosa, como siempre,
y parecía que Tomas también lo pensaba. Tendría que arrinconarla más tarde
para que me diera la exclusiva. Veía potencial en ellos dos por su lenguaje
corporal y por cómo actuaban el uno con el otro. La química se estaba
fraguando, estaba segura.
—Yo habría hecho las fotos de tu boda, ya lo sabes —dijo Oscar.
Le miré a su preciosa cara.
—Lo sé. Pero hoy necesitaba a mi amigo, al que quiero tantísimo, para
algo mucho más importante.
—Lo sé —susurró Oscar, y me cogió las manos—, y ha sido un gran honor
para mí acompañarte hasta el altar el día de tu boda. Es… estoy sin
palabras ahora mismo, Pau. Eres tan hermosa, mi querida amiga, por
dentro y por fuera… —Me estrujó las manos—. Y verte feliz ahí delante
con Pedro ha sido tan impresionante que no soy capaz de encontrar las
palabras para decírtelo como es debido, excepto que te quiero. —Se llevó
mis manos hasta la boca para darme un beso.
—Vale…, ahora estoy llorando, Oscar. —Me reí entre sollozos—.
¿Tienes un pañuelo para la llorona de la novia con las hormonas a flor de
piel?
—Lo siento, cariño—dijo tímidamente al tiempo que me pasaba su
pañuelo.
—No pasa nada —le respondí mientras me limpiaba los ojos con
cuidado—. En realidad no tenía a nadie más a quien pedírselo. No quería
entrar sola… No sé por qué, pero sabía que mi padre hubiera querido que
tú estuvieses allí. Te tenía en un pedestal, a ti y a nuestra amistad, Oscar.
Y tú estabas allí en la galería aquella noche…, tú me dijiste que mirase al
tío bueno del traje gris con los ojos bien abiertos que me abrasaban desde
el otro lado de la sala. Tú estabas allí desde el principio, desde que nos
encontramos Pedro y yo.
—Sí, allí estaba. —Oscar también parecía tener los ojos bastante llorosos
en ese momento.
—Toma. —Le devolví el pañuelo.
Los dos nos reímos y recobramos la compostura.
—Gracias por invitar a mi madre —dijo él.
—¡Por supuesto! Me encanta tu madre. Es tan graciosa cuando se toma
unas cuantas copas…, y le encanta verte tan arreglado. Me alegro mucho
de que la hayas traído.
—Bueno, a ella también le encantas tú, y estoy seguro de que si no fuese
gay me habría obligado a casarme contigo hace años. Quiere ser abuela y
va a estar encima de ese bebé cuando llegue, así que más vale que te vayas
preparando. —Hizo un gesto con la cabeza hacia mi barriga, que estaba
empezando a hacer su aparición.
—Eso es muy bonito —dije yo mientras me fijaba en el grupo y veía a
mi madre y a Gerardo charlando con un diplomático italiano en su mesa. Las
cosas habían mejorado algo entre nosotras dos, pero no sabía si había
esperanzas de futuro para nuestra relación. Y no pasaba nada. De verdad
que no. Ahora tenía una familia que me necesitaba tanto como yo a ellos.
Todas esas personas vivían en Inglaterra. Ahora este era mi lugar en el
mundo.
Había muchos otros a mi alrededor que importaban. Mi bebé, por
ejemplo. El padre de Pedro y mi tía Maria serían los abuelos que mi madre
y mi padre nunca podrían ser. Luciana, Angel, Gaby,Tomas, Pablo y Eliana
serían los tíos y tías. Teo, Andres y Delfina serían los primos. Tanto amor a
mi alrededor…
Unos brazos fuertes me rodearon desde atrás y un vello facial muy
familiar me acarició el cuello.
—Señora Alfonso, ¿te estás escondiendo en el jardín en tu propia
boda?
—Pues sí —dije mientras me inclinaba hacia atrás con gran alegría.
—¡Ay, por el amor de Dios! Pero ¿qué hace mi madre? —gruñó Oscar en
dirección a la pista de baile donde Simon ahora estaba bailando una rumba
muy lasciva con la señora Clarkson entre los vítores de la multitud.
—Ve a por ellos, Oscar. —Pedro y yo nos reímos a sus espaldas mientras
Oscar se retiraba para ir a rescatar a su madre de las caderas de Simon.
—Por muy alocado que parezca Simon ahora mismo, ese pirado sabe
bailar —dije sin parar de reír—. Aún no puedo creer que lo hayas
contratado para hacer las fotos.
Pedro se acurrucó contra mí un poco más.
—No me lo recuerdes, por favor. Me chantajeó, lo sabes. Me dijo que
me perdonaría si le contrataba para hacer las fotos de nuestra boda. Pensé
que estaría bien, así que accedí. Luego me mandó el contrato. Créeme
cuando te digo que tu amigo Simon hoy se ha llevado una buena
compensación por sus servicios. ¡Incluso me mandó la factura de un
maldito traje a medida hecho en Milán!
Casi me ahogué de la risa.
—¡Oh, Dios mío! —Señalé a Simon, que culebreaba detrás de la madre
de Oscar con su brillante traje de seda verde—. Ahí lo tienes, cariño. Un
dinero muy bien gastado, diría yo. Simon parece taaaan feliz… —Me reí
un poco más.
—Más le vale que las fotografías sean dignas de exposición —dijo
Pedro entre dientes.
—Te he visto bailar hace un ratito con una belleza que tiene predilección
por los helados —continué, con la esperanza de distraer la atención hacia
algo más agradable.
A Pedro le cambió la cara de inmediato.
—Es tan asombrosa… Espero que nuestro melocotoncito sea igual que
ella si es una niña. —Puso las manos sobre mi vientre—. Ya puedo notar el
melocotón. Tu tripa está dura y antes no lo estaba.
—Sí. Ya lo creo que el melocotón está ahí dentro. —Puse mis manos
sobre las suyas.
—Me encanta tu vestido. Es perfecto. Tú eres perfecta.
—Tú también estás bastante guapo con ese esmoquin. Te has puesto un
chaleco morado solo por mí. Me encanta. Vamos muy conjuntados, señor
Alfonso. —Y era verdad. Mi vestido de encaje color crema llevaba un
cinturón morado atado a la espalda, y yo lucía el colgante en forma de
corazón de perlas y amatistas en el cuello. Pedro llevaba su chaleco
morado de rayas y un lirio morado oscuro en la chaqueta. Mi velo era largo
y sencillo, pero me encantaba por las fotos que me había hecho con él.
Fotos solo para los ojos de Pedro. Quería que las viese.
—Tengo un regalo para ti —dije.
—Eso suena muy bien —contestó mientras se arrimaba más a mi cuello
—, pero toda tú eres mi regalo. —Me cogió la cara con ambas manos como
me encantaba que hiciera—. ¿Qué le parecería a la señora Alfonso
marcharse de aquí y empezar la noche de bodas?

viernes, 28 de marzo de 2014

CAPITULO 159






Cuatro semanas después…

Por lo que he oído, tengo que darles la enhorabuena a los dos. —El doctor
Burnsley levantó la vista de entre las piernas de Paula, donde estaba
utilizando la sonda-plátano otra vez. Me di cuenta de que definitivamente
estaba celoso de la sonda. Esa maldita cosa estaba viendo más acción que
mi pene últimamente. Paula quería mantener la castidad en el dormitorio
durante las dos semanas previas a nuestro enlace para que la noche de
bodas fuese un poco más especial. La idea más ridícula que había
escuchado nunca, pero joder, yo hacía lo que me decían. Casi siempre.
—Así es. En nuestra próxima visita ya no será la señorita Chaves. De
ahora en adelante será la señora Alfonso. —Le guiñé el ojo a Paula.
Ella articuló las palabras: «Te quiero».
Yo también te quiero, preciosa. Pensé mis palabras.
—Muy buenas noticias entonces —dijo el doctor Burnsley, que ahora
estaba mirando el monitor y había encontrado la mancha negra en la
extensión blanca con el latido de un corazón, solo que nuestra mancha
había crecido de forma considerable y ya no parecía una manchita ni de
lejos. Mis ojos se quedaron fascinados, veía brazos, piernas, manos y pies,
que se movían sin parar. Nuestro bebé estaba ahí dentro convirtiéndose en
una personita—. Todo parece estar progresando muy bien. El bebé está
creciendo sano, ya es aproximadamente del tamaño de…
—Un melocotón —informé al buen doctor.
Él giró la cabeza con incredulidad y sorpresa.
Paula se rio por lo bajo pero mantuvo los ojos en la pantalla, mientras
observaba los ejercicios de gimnasia que nuestro pequeño estaba
realizando de forma brillante para nosotros.
—Sí, pesa alrededor de doscientos veinticinco gramos y ya está
desarrollando los dientes y las cuerdas vocales. —Le sonreí al doctor—. Y
Paula ha completado el primer tercio de su embarazo y está ahora
oficialmente en el segundo trimestre.
—Alguien ha estado leyendo —dijo el doctor Burnsley con un perplejo
levantamiento de su canosa ceja.
—Embarazo puntocom, doctor, una fuente brillante. —Le guiñé el ojo a
él también, pero no creo que le gustase demasiado.


Tres horas después…

Estábamos oficialmente de vacaciones.
¿Las maletas hechas y cargadas? Hecho.
¿El Range Rover lleno a reventar con todo lo que podríamos necesitar
durante nuestro viaje para la boda en Hallborough… y un poco más?
Hecho.
¿La novia? Hecho. Por supuestísimo.
Mi chica estaba tan apetitosa como siempre con su vestido morado de
flores y su pelo recogido en un moño descuidado. Me gustaba cuando lo
llevaba así porque me hacía pensar en soltárselo y pasar las manos por él
cuando estuviésemos desnudos en la cama. Pronto…
—Entonces ¿estás preparada para que te pongan los grilletes, señorita
Chaves? Última oportunidad para pasar de esta fiesta de famosos y fugarte
conmigo —bromeé mientras tiraba de ella contra mi pecho y le colocaba
un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Mmm, ¿de quién dices que fue la idea? —preguntó de manera
burlona.
—Solo di una palabra y no tenemos que hacerlo, nena. —Iba en serio:
me echaría atrás si eso era lo que Paula realmente quería, pero tío, mi
hermana me mataría una y otra vez.
—No, no, no, señor Alfonso. Tú organizaste esta boda tan pija a la
que van a venir la realeza y dignatarios a comer platos de alta cocina y a
beber champán del caro a la histórica casa rural de tu hermana. —Levantó
una ceja—. Y ahora tienes que cumplir con todo eso. —Se agarró de mi
camiseta—. Recogemos lo que sembramos.
—Cierto.
—Además, quiero verte esperándome de pie en el altar, tan guapo con
esos ojos azules tuyos solo para mí.
—Joder que sí, solo para ti. —La besé concienzudamente, probé su
delicioso sabor y pensé en que tenía el resto de mi vida para disfrutarlo.
Ella sonrió y negó ligeramente con la cabeza.
—Esa boca…
—Te encantan las cosas que te hago con esta boca…
—Mmmm, muchísimo. —Sonrió—. Tienes razón, señor Alfonso —
Alisó el trozo de mi camiseta del que se había agarrado y me hizo sonreír.
Paula hacía eso cuando hablaba de sus sentimientos como ahora mismo.
Me parecía increíblemente sexi, pero todo en ella me lo parecía. Sobre
todo desde que llevaba demasiados días sin estar dentro de ella. Solo
cuarenta y ocho horas más de este sinsentido sin sexo, gracias a Dios. ¿Y
luego? Bueno, vendría la luna de miel, ¡allá vamos! Definitivamente habría
montones y montones de orgasmos también en ese viaje. Una villa italiana
en la costa, apartada, privada, nada más que tiempo para hacer el amor,
comer, dormir, nadar en el mar y hacer más el amor. Creo que podría hacer
eso el resto de mi vi…
—Además, tengo un bonito vestido y un velo para esta fiesta country. —
Me miró y me guiñó un ojo—. Lo has pagado tú.
—¿Fiesta country? ¿Qué clase de palabra yanqui es esa?
—Una muy apropiada, de hecho. Significa una fiesta campera con
música, baile y violines. —Hizo un rápido gesto de violín en el aire—. Sé
que este tipo de fiestas solo se dan en el campo, y además has contratado a
David Garrett. No hay ningún violinista mejor que él, por cierto, y no hablo
solo de sus habilidades musicales, Alfonso, así que sí, nos has
organizado una buena fiesta country a la que tenemos que asistir. Más te
vale empezar a mover tu sexi trasero británico para ponernos en camino.
—Conque te gusta David Garrett, ¿eh?
Fingió que se lo estaba pensando, puso cara de mala y se dio un
golpecito en la barbilla con el dedo.
—Una dama nunca cuenta esas cosas.
—¡Fabuloso, joder! ¡Mi mujer está a punto de dejarme por el violinista
de mi propia boda! Genial. —Saqué el móvil—. Disculpa, tengo que llamar
a David Garrett para cancelar su invitación a nuestra bo…
—Ni se te ocurra —me interrumpió seriamente—. ¡Si vamos a
tener a todos esos famosos en la boda, tengo derecho a elegir al menos a
unos cuantos de ellos como mis favoritos! Es lo justo.
Fingí estar celoso.
—¿Así que vas a aguantar todo el alto standing solo por el violinista? —
Mi pregunta era en broma, pero había algo de verdad en ella.
Resultaba irónico comprobar cómo el plan que puse en marcha solo por
su seguridad y protección había resultado ser innecesario después de todo.
Paula ya no necesitaba la posición de famosa de alto standing porque su
acosador estaba muerto, recibiendo el castigo eterno que tanto merecía.
Nunca averiguamos exactamente qué le pasó a Bruno Westman, pero yo
tenía una teoría muy buena. Después de que mi padre nos alejara en coche
de la escena, Pablo, Tomas y Leo se quedaron a investigar. Mi primera
prioridad era poner a Paula a salvo por encima de todo, y había visto
muchos cadáveres como para reconocer uno cuando lo veía. Westman
murió en el acto por el disparo de una bala de alto calibre en la cabeza.
Sin embargo, lo que sucedió allí fue extraño. Lo había deducido casi
todo y dudaba mucho de que fuese a haber nunca una confirmación por
parte del senador, pero Tomas me había dicho que cuando fue a recoger la
flecha que había lanzado, alguien se había llevado el cuerpo. Fue cuestión
de segundos. Solo los profesionales son capaces de llevar a cabo una
operación de ese tipo. Pablo y Leo volvieron a rastrear a la mañana siguiente
y allí no había nada. Habían limpiado hasta la sangre. Ni rastro de nada.
Paula había mencionado que todo el lugar mostraba una tranquilidad
demasiado siniestra y que no había visto ni una sola persona en el hotel, lo
cual no tenía sentido con los Juegos Olímpicos en marcha. Eso
prácticamente confirmaba que había gente involucrada de las más altas
esferas. El Servicio Secreto de Estados Unidos, lo más seguro. Westman
era hombre muerto incluso antes de llevarse a Paula del piso.
Desastre evitado, pero aun así faltó el canto de un duro. Todo este
desastre había pasado por una razón. Muy extraño, pero cierto. Si Westman
no hubiese empezado a acecharla no nos habríamos conocido, ni habríamos
empezado a salir, ni estaríamos a punto de casarnos y tener un hijo. A
veces se me escapaba de la razón, aunque fuese nuestra realidad. Intentaba
no pensar en esa parte.
Paula ahora era libre para vivir una vida normal, sin nadie ahí fuera
tramando secuestrarla o hacerle daño o molestarla en ningún aspecto, y ese
era mi mejor regalo. Gracias al cielo… y a un ángel muy especial en
particular.
—¡Pedro! —Me estaba mirando con el ceño fruncido.
—¿Sí? —pregunté mientras pasaba el pulgar entre sus cejas para alisar
las líneas de su expresión.
—No me estás escuchando. Te he contestado y estabas ausente, como
soñando.
—Lo siento. ¿Qué has dicho?
Me echó una mirada y luego empezó con lo de agarrar y alisar la
camiseta otra vez.
—Lo que estaba diciendo es que… aguantaría cien de estas ridículas
bodas de famosos si eso significara que me estaba casando contigo. —Sus
ojos marrones/verdes/grises se encontraron con los míos—. Mereces tanto
la pena, señor Alfonso.
Pasó un buen rato antes de que saliésemos a la carretera camino de
Hallborough.

CAPITULO 158



Los acontecimientos y las secuencias se habían unido en perfecta armonía,
pero cerca no era suficiente para lo que necesitaba ahora mismo y no lo
sería hasta que la tuviera a salvo y de nuevo en mis brazos.
Mi padre había sabido exactamente dónde encontrar el campanario en el
instante en que le enseñé la foto de Paula, como intuí que lo haría. Nadie
conocía la ciudad de Londres mejor que él. En la iglesia parroquial de San
Juan de Notting Hill se alzaba la torre que ella veía por la ventana. Mi
padre me dijo que debía de haber hecho la foto desde Lansdowne Crescent.
Eliana llamó a Pablo en el coche mientras circulábamos a toda pastilla
por calles laterales y confirmó la ubicación de Paula en Notting Hill… y
quién se la había llevado. ¿Bruno Westman? Eso no me lo esperaba, y tuve
que luchar contra el pánico que crecía en mi interior. Lo único que me
ayudaba a seguir en pie en ese momento era saber que Westman antaño se
había sentido atraído por Paula. Si la quería para él, entonces había más
probabilidades de que aún estuviese con vida. Al menos ahora rezaba por
eso con todas mis fuerzas.
Eliana también me reenvió el mensaje que Paula escribió en su
Facebook y tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no derrumbarme. Voy 
por ti, nena. Una vez más, la genialidad de Paula para resolver problemas
me deslumbró. Eso sí que era eficacia bajo presión. Puede que se hubiera
equivocado de vocación y debiera estar trabajando para el Servicio Secreto
de Inteligencia en lugar de restaurando arte.
Incluso la divisé saliendo del edificio mientras derrapábamos. Corrió
hacia mí y gritó mi nombre. Mi chica se encontraba viva y corría a mis
brazos. Estaba a punto de recuperarla, de poder volver a tocarla, de besarla
de decirle que ahora ella lo era todo para mí.
Pero ese chupapollas de mierda apareció y le puso las manos encima. La
agarró y le puso un cuchillo afilado en su precioso e inocente cuello. No
había peor horror para mí que ver a mi chica con un cuchillo amenazando
su garganta. Amenazando su vida.
Bruno Westman era hombre muerto. Mi misión en la vida era ver eso
hacerse realidad, incluso si tenía que morir yo con él para conseguirlo.
Mientras Paula saliera ilesa podría vivir con mi decisión. O morir con
ella.
—Sabes que no puedes hacerle daño, Westman. Sea lo que sea lo que
quieres, lo tendrás. ¿Dinero? ¿Una forma segura de salir de Gran Bretaña?
¿Ambas cosas? Puedo conseguírtelo, pero tienes que soltar a Paula.
Qué pena que esté mintiendo y planeando tu muerte, hijo de puta.
—¡No tengo por qué hacer nada de lo que tú me digas, Alfonso! —
chilló.
—El mundo no es lo bastante grande como para que te escondas si le
haces daño. Ya está fuera de tu alcance, Westman. Es intocable para ti. Si
la matas te reunirás con ella en cuestión de segundos. No creas que mis
amenazas no son reales. Mira a tu alrededor. Estás rodeado. Te están
apuntando…
Westman fue preso del pánico tal y como yo esperaba y comenzó a
estirar el cuello frenéticamente para girar la cabeza en busca de
francotiradores preparados para derribarlo. Era la oportunidad que
necesitaba, una distracción lo bastante prolongada como para restablecer el
orden.
Se presentó mi ocasión, y la indecisión estaba descartada. No aparté los
ojos de Paula mientras me abalancé para derribarlo. Si este era mi final,
quería que la última imagen que me llevara de este mundo fuera de ella.
Sentí un silbido y una ráfaga de aire junto a mi mejilla. Un destello de
luz se propagó hacia fuera en mi visión periférica izquierda. Tenía una idea
de lo que era lo primero. No quería imaginar lo que era lo segundo. O de
quién.
Se escuchó el sonido metálico del cuchillo al caer al empedrado del
patio. El ruido sordo de un impacto sobre alguien. Un gemido involuntario.
Un grito. Luego los tres caímos al suelo en una maraña de cuerpos. Solo
tenía un propósito y era coger a mi chica, y no tardé más de un instante en
hacerlo. Me alejé rodando con ella y miré a nuestro alrededor y arriba. No
vi a ningún francotirador en ninguna de las pasarelas, pero si eran
profesionales no debería verlos.
Westman estaba tendido boca arriba en los adoquines y le salía sangre
de un lado de la cabeza. Esperaba que la bala que acababa de recibir en el
cráneo hubiese sido dolorosa, pero probablemente ni se habría enterado.
Qué pena no poder darle las gracias a la persona que le disparó.
—¿Estás bien, nena?
—¡Sí!
Fue suficiente. Me llevé a Paula conmigo y salí en desbandada del
patio. Simplemente corrí con ella, sin molestarme en preguntarme cómo
era posible que no me hubiesen dado o que mi cuerpo estuviera intacto.
Estaba bastante seguro de que acababa de esquivar una bala y por poco no
me había alcanzado la flecha lanzada con el arco de Tomas. Pero ¿de dónde
había venido la bala? ¿Había eliminado el Servicio Secreto a Westman en
una operación secreta? Ahora no era el momento de especular, eso ya
llegaría después, y sabía que mis chicos averiguarían todo lo que hubiera
que saber. Tenía una preciosa mercancía en mis brazos y ella era todo lo
que me importaba.
Corrí con ella hasta mi coche la metí en el asiento de atrás y entré tras
ella. Mi padre nos esperaba allí preparado, gracias a Dios. No, gracias a
mamá. Le dije a mi padre que nos sacara de allí y nos llevara a casa.
Eché una ojeada a Paula en el asiento de atrás. Le miré el cuello,
mientras le agarraba la cara con las dos manos, y no vi sangre.
—Estás bien…, de verdad estás bien, ¿a que sí? —balbuceé como un
idiota y seguro de que no estaba siendo coherente. Quería quedarme
mirándola para siempre y no alejarme de sus ojos nunca. Sus ojos me
decían que estaba viva. ¡Paula estaba viva!
Ella asintió con la cabeza con mis manos aún en las mejillas, mientras
sus ojos húmedos me miraban con preciosas lágrimas vidriosas.
—Me has en… encontrado —tartamudeó—, estoy bien, Pedro…
—Te dije que siempre te encontraría… y esta noche tú lo has hecho
posible —susurré contra sus labios—. Lo has hecho tú.
Primero le di las gracias al ángel que tenía en el cielo y luego abracé
fuerte a Paula y la apreté contra mi corazón. Su corazón y el mío latían
juntos, en el asiento de atrás de mi Range Rover, el mismo sitio donde
empezamos la noche que nos conocimos a principios de mayo cuando la
convencí de que me dejara llevarla a casa. Y menudo viaje habíamos
realizado en los últimos meses. Lleno de baches y de giros inesperados,
pero al final todo había merecido la pena por este momento y por donde
nos dirigíamos ahora mismo, hacia un futuro juntos.
Me aferré a ella todo el camino de vuelta a casa. Mi gran amor, que casi
perdí, estaba a salvo en mis brazos y simplemente no podía soltarla.
No hablé mucho durante el trayecto. Cuando mi padre se metió en el
aparcamiento del edificio le di las gracias por su ayuda y le dije que le
llamaría más tarde. Llevé a Paula en brazos a la entrada del ascensor del
garaje.
—Puedo andar —dijo apoyada contra mi pecho.
—Lo sé. —La besé en la parte de arriba de la cabeza—. Pero ahora
mismo necesito llevarte en brazos.
—Lo sé —susurró ella, y luego juntó su mejilla con la mía, cerró los
ojos y respiró hondo. Estaba inhalando mi aroma. También entendía su
necesidad de hacerlo.
La parte acerca de protegerla y estar alerta seguía siendo verdad. Tendría
que hacer esto por ella siempre, mientras mi cuerpo tuviera fuerzas para
ello. Sujetar a Paula cerca de mi corazón era necesario para mi…
existencia. Esto sí que era necesitar a otra persona. Para mí no podía ser
más fuerte. Si las cosas hubiesen sido distintas, si las consecuencias se
hubiesen vuelto trágicas, entonces mi tiempo en este mundo habría tocado
a su fin… y lo demás ya no importaría. Y no querría que fuese de ninguna
otra manera. Paula era mi vida. Adondequiera que fuera, necesitaba estar
allí con ella.
Aún no habíamos hablado mucho, pero a ninguno de los dos nos
molestaba lo más mínimo. La llevé hasta el baño y abrí la ducha. La dejé
en la encimera y le quité primero los zapatos y luego la camiseta, y seguí
prenda a prenda hasta que se quedó desnuda, preciosa y perfecta. La
examiné de forma minuciosa y lo único que vi fue su maravillosa piel,
afortunadamente sin señales de maltrato. Luego hice lo mismo con mi ropa
y metí a Paula en la ducha.
Simplemente nos quedamos de pie bajo el agua, nos abrazamos el uno al otro… y dejamos que el agua se llevara todo.

CAPITULO 157



Mi primer instinto fue arrancar la lámpara de la pared y ponerme a
golpear a Bruno con ella en la parte de atrás de la cabeza. No sé cómo no lo
hice. Quería hacerle daño, hacerle sufrir y que agonizara durante mucho,
mucho tiempo antes de morir. Nadie podría imaginar todo el mal que le
deseaba. Tendría que mantenerlo enterrado dentro de mí para siempre. Sin
problema.
Llevó un tiempo, pero al final llegó el momento. Bruno se aburrió en
nuestra pequeña prisión y se puso a mandar mensajes de texto a alguien o a
jugar a algo, no sabría decirlo. Así es como supe que tenía su teléfono y
dónde estaba. Tendría que quitárselo en algún momento y utilizarlo para
llamar al único número que recordaba, el número de teléfono que tenía
desde mi traslado a Londres hacía cuatro años. No me sabía ningún otro
número de memoria más que ese.
Pensé en cómo podía conseguir el iPhone de Bruno. Con el tiempo me di
cuenta de que la única forma era escarbar en el fondo de mi psique y
averiguar hasta qué punto estaba dispuesta a apostarlo todo, como diría
Pedro. A apostarlo a todo o nada. A estudiar cuidadosamente los riesgos, o
las consecuencias. A intentar ganar, y a estar dispuesta a perderlo todo.
La ira sería el vehículo que me llevaría hasta allí.
—Has matado a mi padre, maldito hijo de puta —dije en voz baja.
Él levantó la vista de la pantalla y me miró fijamente.
—Se lo merecía. Lo odiaba desde hacía mucho tiempo por no dejarme
verte después de lo que pasó. Te mantuvo oculta de tus amigos, y de mí.
Yo quería ayudarte y estar ahí cuando me necesitaras. Cada vez que trataba
de hablar contigo, el capullo de tu padre me lo impedía.
—Me estaba protegiendo para que no me hicieran más daño. ¡Era su
responsabilidad como padre, gilipollas! —Dejé que mis emociones
crecieran en mi interior—. ¡Me quería!
—Sí, bueno, pues se interpuso en mi camino. Matarlo ha hecho que mi
plan funcione mejor. Pieres estaba acojonado en el funeral. ¿Viste cómo
sudaba?
—No —contesté—, estaba llorando por mi padre, pedazo de cabrón
desalmado.
Bruno me sonrió con suficiencia y me dieron ganas de sacarle los ojos con
una cuchara.
—No como tu padre cuando lo liquidé. El muy hijo de puta se mantuvo
frío, incluso cuando supo lo que iba a pasar. —Bruno me miró de forma
despectiva—. Dijo tu nombre con su último…
No pude aguantar el grito agonizante que salió de mi corazón cuando
escuché sus palabras indiferentes, pronunciadas como una ocurrencia de
último momento. Era demasiado para asimilarlo. Mi padre había muerto
sabiendo lo que Bruno había planeado para mí.
—No estés tan disgustada, Paula. Le dije a tu padre que yo cuidaría de
ti —añadió en un tono arrogante, y luego me dio la espalda.
¡Gracias, puto monstruo!
Dicen que bajo la influencia de un subidón de adrenalina, los humanos
son capaces de realizar grandes proezas físicas. Madres que levantan
coches para salvar a sus hijos y cosas así. No sabía si ese efecto se me
podría aplicar a mí, pero no me importaba. Era hora de golpearle con la
lámpara, mi mejor opción de las que tenía a mano. Una base sólida como
una roca que resolvería el problema si no se hacía añicos por la fuerza que
iba a utilizar.
¡Ahora mismo!
Agarré la maldita lámpara y me abalancé con ella con todas mis fuerzas
sobre la parte de atrás de la cabeza de Bruno.
Había hecho lanzamiento de peso en el instituto, y lo hice ahora. La
clave era el impacto junto a una perfecta precisión y fuerza bruta. Bruno
cayó como una piedra en un estanque. Tal vez las historias sobre madres
que levantan coches sí que encajaban conmigo.
Yo era madre, y le recordé a Bruno ese hecho tan importante.
Recogí su teléfono del suelo e hice lo primero que se me ocurrió. Lo
saqué por la ventana y tomé una foto de la línea del horizonte. Y luego la
mandé a mi antiguo número de teléfono.
Esperaba haber matado a Bruno, porque eso era exactamente lo que se
merecía, pero no podía estar segura y no quería quedarme para averiguarlo.
Iba a salir de allí.
Perdí un precioso minuto en la puerta porque Bruno había puesto una
cadena de seguridad en la parte de dentro que me costó unos cuantos
intentos abrir, ya que me temblaban mucho las manos. Sabía que
estábamos en un tercer o cuarto piso y que tenía que bajar a la calle para
estar a salvo, pero cuando salí del apartamento me encontré en un pasillo.
Este lugar era un desastre de planificación arquitectónica. Más bien una
total falta de planificación. Busqué a mi alrededor la mejor forma de salir.
La forma más rápida.
Las esquinas y las escaleras me recordaban al hotel Mision Inn de
Riverside que había visitado con mis padres de pequeña. Podías seguir
diferentes caminos y terminabas dando vueltas sin sentido, escaleras arriba
y abajo que te devolvían a donde ya habías estado. ¿Dónde estaban los
ascensores en este lugar?
Pensé en Pedro y me pregunté otra vez si habría entendido mi mensaje
de texto y cómo iba a poder encontrarme. Luego me acordé de la cosa esa
del GPS de la que habíamos hablado y se me ocurrió en un abrir y cerrar de
ojos: ¡Facebook! En Facebook podías publicar tu ubicación con una
aplicación con GPS integrado.
Eché un vistazo al teléfono de Bruno y encontré la aplicación de
Facebook. Entré en mi cuenta e hice clic en Lugar. Dejé que la aplicación
hiciera su trabajo y seleccioné la primera ubicación que apareció en la lista
de posibilidades. Casi tuve que reírme de lo que salió. Número 22-23 de
Lansdowne Crescent. El hotel Samarkand. Escribí en mi estado de
Facebook: «Estoy aquí, Pedro, ven a por mí». Etiqueté a Bruno Westman en
«¿Con quién estás?» y pulsé Publicar, mientras continuaba mi búsqueda
desesperada de los ascensores. Necesitaba alejarme de ese lugar.
Después de lo que pareció una eternidad, encontré los ascensores y
acribillé el botón de bajar, mientras buscaba indicios de que Bruno se
estuviese acercando, él o cualquier otra persona. ¿Por qué estaba tan
muerto este lugar? ¿Dónde estaba la gente? Las puertas se abrieron y allí
que me monté. Pulsé para ir a la planta baja y no volví a respirar hasta que
las puertas se cerraron y el ascensor comenzó su pesado descenso.
La libertad se hallaba al alcance de mi mano. Casi fuera. Pedro vería
mis mensajes en mi teléfono antiguo y en Facebook y sabría dónde
buscarme. Podría llamarlo en cuanto encontrase un lugar seguro como un
restaurante o una tienda.
Las puertas se abrieron suavemente y salí a una especie de entrada de
servicio en un sombrío patio. Esta era obviamente la puerta trasera del
hotel, no la principal como esperaba. Salí de todas formas y entonces fue
cuando escuché a Pedro gritar mi nombre:
—¡Paula! —El sonido más dulce para mis oídos.
Fui hacia la voz, concentrada solo en ella. Podía notar la urgencia en su
llamada y sentí un alivio enorme. Pedro me había encontrado; estaba viva
y todo iba a salir bien.
—¡Pedro!
Corrí hacia Pedro, hacia mi amor y mi corazón, cuando me agarraron por
detrás unos brazos que primero forcejearon y luego me sujetaron con
firmeza, atrapándome como a una mosca en una telaraña.
—¡Nooooo! —grité devastada.
—No pensarías que te podías escapar de mí, ¿verdad, Paula? —La
asquerosa pronunciación de Bruno resolló en mi oído.
Mi intento de matarlo obviamente había fracasado, porque ahora tenía
un frío cuchillo afilado apretado contra mi cuello que me obligaba a dejar
de forcejear. La decepción que sentí fue tremendamente amarga de digerir,
pero peor resultó la desgarradora visión de la cara de Pedro. Se encontraba
a menos de nueve metros de mí. Tan cerca, pero no lo suficiente.
La carrera a toda velocidad de Pedro se paró en seco, sus brazos se
extendieron en señal de rendición, su cabeza se movía de un lado a otro en
una silenciosa súplica a Bruno para que no me matara.
Esto… sería la perdición de Pedro. Su miedo al cuchillo lo impulsaría a
cualquier tipo de negociación para liberarme. Lo sabía. Pedro se
sacrificaría a sí mismo para evitar que me rajara la garganta. Bruno no
podría haber elegido mejor detonante para el miedo de Pedro en todo el
mundo.

jueves, 27 de marzo de 2014

AVISO!

NOVELA NUEVA: LA UNICA EN MI VIDA a partir del sabado


LA CHICA BUENA.Paula Chaves no bebe, no se mete en líos y trabaja
muy duro. Cree que ha enterrado su oscuro pasado, pero cuando llega a la
universidad, un rompecorazones conocido por sus ligues de una noche pone en
peligro su sueño de una nueva vida.
EL CHICO MALO. Pedro Alfonso, sexy, musculoso y cubierto de tatuajes,
es justamente el tipo de chico que le atrae a Paula, justamente lo que quiere evitar.
Dedica sus noches a ganar dinero en un club de lucha itinerante, y sus días a ser el
estudiante ejemplar y el seductor más popular del campus. Toda una mezcla
explosiva.
¿UN DESASTRE INMINENTE… Intrigado por el rechazo de Paula , Pedro
intenta colarse en su vida proponiéndole una apuesta que trastocará sus mundos y
lo cambiará todo.
… O EL INICIO DE ALGO MARAVILLOSO?
En cualquier caso, Pedro no tiene la más mínima idea de que ha iniciado un
tornado de emociones, obsesiones y juegos que los terminará dañando,… aunque
puede que también los una para siempre.