No pude resistirme a mandarle un mensaje a Pedro a la hora del almuerzo.
Parecía disfrutar de nuestras bromas y solía contestar si no se encontraba
en una reunión, e incluso a veces aunque estuviera en una. Mensajes
traviesos también. Sonreí según tecleaba. Es posible q tenga q ir desnuda
xa casarme contigo. Aún no tengo vestido. Estás comiendo? ».
No tuve que esperar mucho antes de que mi móvil vibrara.
«No, nena. No lo entendiste. Vale a lo de ir desnuda SOLO en la luna de
miel. Vestido indispensable xa la boda. Xx».
Me reí en alto y llamé sin querer la atención de mis amigos. Intenté
disimular revolviendo la ensalada.
Era imposible que funcionase.
—¿Mensajes guarros otra vez? —preguntó Oscar con una sonrisa.
—Lo siento. Sale espontáneo. —Me encogí de hombros y ladeé la
cabeza—. ¿Culpa de las hormonas? —Merecía la pena utilizar en mi
defensa la excusa de las hormonas al menos una vez.
—Te pillé, querida —dijo Oscar con una risita y el radar de cotilla
encendido. Estoy seguro de que podría engatusar a una monja para que se
quitara la ropa si quisiera. Daba miedo el modo en que conseguía las cosas.
—Solo tenían que mirarse el uno al otro para hacer que la sala entrara en
combustión espontánea —añadió Gaby burlonamente mientras le daba un
buen sorbo a su copa de vino.
Me dio rabia no poder unirme a ella con otra copa y decidí que no
pasaba nada si sentía celos inhumanos por ella en ese momento.
—No seas mala, Gaby, ya me estás dando bastante envidia con el vino.
No puedo evitar que Pedro consiga que entre en combustión espontánea.
Gaby se echó a reír y volvió a llenar su copa de Chardonnay.
—No me sorprende que Pedro te dejara embarazada. Imagino que al
principio apenas comían o bebían. Todo lo que hacían era darle como
conejos.
La miré con cara muy seria. Aguanté unos diez segundos antes de
romper a reír.
—Es cierto, es totalmente cierto.
Estábamos bromeando, haciendo el bobo cuando me sonó el teléfono.
¿Mamá? ¿A estas horas? Nunca me llama por la mañana.
—¡Mierda! Me está llamando mi madre. ¿Creén que ha notado que
hablaba mal de ella? —Decidí dejar que saltara el buzón de voz.
—¿La melodía de Psicosis es el tono para tu madre? —preguntó Gaby,
que se había quedado con la boca abierta.
Me encogí de hombros.
—Pedro fue quien lo puso. —Silencio incómodo—. Siempre está
jugueteando con aplicaciones y esas cosas. —El silencio se hizo aún más
evidente—. Quiero decir que quien se pica… —Intenté zanjarlo con algo
ligero y gracioso.
Oscar me salvó cuando empezó a reírse y me lo contagió. Dios, si tenía
que aguantar el terrible resentimiento de mi madre, también podía intentar
encontrarle la gracia a hacerlo. Oscar la había conocido y había sobrevivido
para contarlo. Mi madre le toleraba, pero ella adoraba a Gabriela, así que
estoy segura de que Gaby pensaba que estaba siendo muy dura. No lo era.
Oscar era testigo de ello.
Un minuto más tarde vi que tenía un mensaje de voz, lo que no era una
sorpresa. Mi madre me dejaba mensajes de voz todo el tiempo. Sabía que
no le cogía el teléfono y eso le molestaba aún más de lo que ya lo estaba
conmigo. De pronto me sentí cansada. Era agotador mantener esta guerra
entre nosotras. Deseé que hubiese paz. Me pegaría un tiro si tuviese una
relación así de tortuosa con mi hija o hijo.
Mientras me bebía mi limonada me quedé pensativa un rato, contenta de
oír a Gaby y Oscar hablando sobre distintos estilos de velos y los pros y los
contras del blanco y el crema para una novia embarazada. Hasta que me
empezó a invadir la culpa.
¿Qué decía esto de cómo estaba manejando la situación? ¿Y si algún día
mi hija no quisiera hablar conmigo? ¿O si no aguantara estar cerca de mí?
¿O si pensara que era una perra hipócrita?
Me quedé hecha polvo.
Cogí mi móvil y pulsé el buzón de voz.
—Paula, necesito hablar contigo. Es…, es… una emergencia. Intentaré
llamar a Pedro y ver si puedo dar con él.
Un miedo helador me atravesó al instante. Si mi madre se dignaba
llamar a Pedro, entonces se trataba de algo realmente malo. ¡No! No dejes
que se trate de papá. No dejes que se trate de él. Ni podía pensar en eso.
Me quedé congelada mirando el teléfono. Su voz no era normal. Sonaba
como si estuviese llorando. Mi madre nunca lloraba.
Me tembló la mano al apretar las teclas de su número. Me di cuenta de
que Pedro acababa de mandarme un mensaje de texto, pero lo ignoré. Y
entonces el móvil de Oscar se encendió como un árbol de Navidad.
—¿Qué ocurre, Pau? —Gaby se acercó y me tocó el brazo.
—No lo sé. Mi madre… dice que es una emergencia…, estaba llorando.
Las ideas se agolpaban en mi cabeza, mi corazón latía tan fuerte que
podía sentir mi cuerpo temblar. Oscar contestó a su llamada. Su mirada se
cruzó con la mía y dijo:
—Está aquí mismo. Llamando a su madre.
Sabía que Oscar estaba hablando con Pedro, y sabía que eran malas
noticias. Mi mente estaba aturdida cuando escuché la voz de mi madre al
otro lado de la línea. Todo se movía tan rápido que no podía hacer nada por
pararlo. Quería parar el tiempo. Párate. Por favor, para todo esto… No
quiero saber lo que sea que tiene que decirme.
—¿Paula? Cariño, ¿estás con alguien? —Mi madre nunca me llamaba
«cariño» y nunca sonaba como lo hacía ahora mismo.
—¡Mamá! ¿Qué ocurre? Estoy con Oscar y Gaby. Estamos buscando mi
vestido de novia… —Podía oír cómo mi voz se empezaba a quebrar—.
¿Por qué has llamado a Pedro?
El silencio de mi madre fue como la hoja de un cuchillo clavándose en
mi corazón. Sabía que no estaba callada por mi comentario sobre el vestido
de novia. Quería pensar que esa era la razón, pero sabía que no era así.
—Paula…, es tu padre.
—¿Qué le ocurre a papá? ¿Está… bien? —Apenas podía preguntar. Miré
a Oscar y vi su gesto de sincero dolor. Entonces empezó a hablar bajito
por su propio teléfono. No me miraba, mantenía la vista baja. Sabía lo que
estaba haciendo. Oscar estaba hablando con Pedro y diciéndole en qué
restaurante estábamos para que pudiese venir a por mí.
¡Noooooooooo! Eso significaba que algo muy malo había ocurrido.
—Paula, cariño, tu padre se ha ahogado en la piscina. Lo encontró el
servicio de mantenimiento. —Mis oídos escuchaban las palabras, pero mi
cerebro se rebelaba. No podía aceptarlo. No podía.
—¡No! —la interrumpí.
—Paula…, es cierto. Ojalá no lo fuese…, pero lo es.
—Pero no puede ser, mamá. No puede estarlo… ¡No! ¡No, no me digas
eso! Mamá… ¿Mamá?
—Cariño, estuvo en el agua mucho tiempo. Probablemente fue un ataque
al corazón.
—N… no… —gimoteé—. No puede ser cierto. Papá va a venir a
Londres a visitarme. Vendrá a mi boda…, me va a llevar al altar. Él me lo
dijo. Me dijo que estaría aquí…
—Paula…, se ha ido, cariño. Lo siento tanto. —Estaba llorando. Mi
madre estaba sollozando por teléfono y yo estaba estupefacta porque nunca
la había visto u oído llorar antes.
Se me cayó el teléfono y terminó en mi plato de sopa, que salpicó todo
lo que tenía enfrente. Yo solo me quedé mirándolo y lo dejé en el fondo de
la sopa de pollo. Pedro me conseguiría otro. Ese teléfono ya era parte del
pasado. No volvería a tocarlo.
De algún modo me puse en pie, pero no tenía adónde ir. No había ningún
sitio bueno al que ir, estaba atrapada. Así que empecé a flotar como hice
aquella otra vez. Solo yo me di cuenta de lo que me estaba ocurriendo en
ese momento. Agradecí la sensación. La ligereza resulta agradable cuando
tu corazón es tan pesado que te quiere arrastrar hasta la boca del infierno.
Sí, salir de tu cuerpo es mucho más agradable.
Floté más alto hasta que pude verme ahí abajo. Vi a Oscar abrazarme y
arroparme en su regazo. Se sentó en el suelo del restaurante sin soltarme.
Gaby estaba a su lado hablando con alguien por teléfono. El camarero se
apresuró para echar una mano.
Pero era todo tan absurdo…
¿Por qué estaban todos en el suelo de un restaurante lujoso londinense
cuando deberíamos estar comiendo? Teníamos que salir de ahí. Tenía que
encontrar un vestido y organizar mi boda. Mi padre iba a llevarme al altar
dentro de siete semanas. La reina de Inglaterra había recibido nuestra
invitación. ¡Santo Dios! ¡No teníamos tiempo de hacer el idiota así!
Finalmente me di cuenta. La ligereza que sentía tan agradable
desapareció y el peso del dolor y la pena volvieron a su lugar.
No quería regresar a la Tierra. Quería quedarme justo donde estaba.
Eso no era cierto. Quería seguir flotando hacia arriba hasta
desintegrarme. Eso sonaba agradable. Desintegrarme…
Lo único que sentía era un odio absoluto hacia el techo. Ese maldito
techo traidor estaba evitando que siguiera flotando.
¡Deja que me vaya! Deja que me vaya flotando…
La expedición de compras demostró mi teoría de que sería una auténtica
locura.
—¿A qué te refieres con que no vas a llevarte estos zapatos? —Oscar
sujetaba lo que resultaban ser unos stilettos de Louboutin de quince
centímetros con cristales incrustados—. Son fabulosos. No puedes no
llevártelos, amor. Harán tus piernas kilométricas.
Puse los ojos en blanco y después le miré.
—Y el objetivo de eso es…
—¿Estar sexi?
Sacudí la cabeza hacia Oscar.
—No, querido. El objetivo de ese día es casarse, no que parezca que
trabajo para un servicio de prostitutas de lujo. —Me señalé vientre—.
Embarazada, ¿recuerdas?
—Sí —dijo sarcásticamente Gaby a mi izquierda—. ¡Aún no me creo
que me ocultaras el secreto durante casi dos semanas!
—Lo siento, no era mi intención ¿y he mencionado que todo esto fue un
shock para mí? En todos los sentidos —le contesté con otra buena dosis de
sarcasmo—. Estoy empezando a sentirme humana. —Fruncí el ceño—.
Enfatizo el empezando.
Gaby sacudió la cabeza.
—Apuesto a que sí —dijo, y miró a lo largo de un perchero lleno de
vestidos con la esperanza de encontrar algo que pudiese servir para pasar
por una dama de honor—. Siete semanas, Pau. Tenemos siete semanas
para organizar esta boda. Es de locos.
—Lo sé. Ojalá pudiésemos tener un poco más de tiempo para planearlo
todo, pero Pedro quiere hacerlo lo antes posible. Tenemos un margen de
dos semanas tras la clausura de las Olimpiadas. —Bajé la voz hasta
reducirla a un susurro—: Cree que si nos casamos con una gran celebración
pública y anunciamos que estamos embarazados, impedirá que quienquiera
que me esté siguiendo haga algo. Solo espero que esté en lo cierto. —Se
me revolvió un poco el estómago, pero me deshice de cualquier miedo. Lo
cierto es que ya no tenía tiempo de preocuparme de quién podría ir tras de
mí. Iba a tener un bebé y era otra persona a la que proteger. Me sorprendió
lo fácil que era asumir ese papel. Me di cuenta de que la fuerza de la
naturaleza era innata en nosotros. Proteger a mi bebé era tan solo un
instinto natural que debía seguir. Respiré hondo y recordé que Pedro me
tenía bien vigilada y que no estaba corriendo ningún riesgo. Nunca más.
No, ese mensaje extraño en mi móvil antiguo me había aterrado
muchísimo, además de la idea de que dos de mis agresores del vídeo
estuviesen muertos con casi total seguridad. Miré hacia donde Leo estaba
haciendo guardia; la tienda de novias no le había frenado en absoluto. Esos
días era mi sombra, al estar Pedro y Pablo tan ocupados con las Olimpiadas.
Le sonreí y vi cómo suavizaba el gesto durante un momento antes de
regresar a sus obligaciones de guardaespaldas, analizando el lugar y
manteniendo a los locos alejados. Gracias a Dios.
Gaby debió de notar mi preocupación, porque me rodeó con el brazo.
—Has sufrido mucho. ¿Cómo has hecho para no enloquecer, Mujer? —
Apenas hizo una pausa para tomar aliento—. ¿Color? ¿Nos quieres en
tonos morados o lavanda?
—Esa es una muy buena pregunta. Una pregunta para la que no tengo
respuesta. —Me encogí de hombros—. Me refiero a lo de por qué no he
enloquecido —le dije suspirando—. Y me encantarían de morado si
encuentras algo que te guste. Quiero que Eliana y tú se sientan cómodas
lleven lo que lleven, Gaby. Y sus vestidos no tienen por qué ser
iguales en absoluto, o incluso del mismo tono o tela. Quiero que lleven lo
que les guste. Estaran preciosas con cualquier cosa.
—Bueno, ya basta de cháchara, señoritas. Tenemos que encontrar un
vestido de novia y el tiempo vuela —anunció Oscar de manera imperiosa
mientras miraba su reloj de forma teatral—. ¿Puedes decirme qué es lo que
buscas en el vestido, querida? Si sé lo que buscas será coser y cantar. —
Chasqueó los dedos de ambas manos haciendo una floritura.
Gaby puso los ojos en blanco ante la afirmación de Oscar.
—Eso es un poco osado, Oscar. Eres un hombre. ¿Qué te hace pensar que
puedes dar con el vestido de Pau entre el millón de tiendas de Londres?
Oscar miró a Gaby y le chistó.
—Soy gay. Con eso es suficiente, mujer. ¿Cuándo te he aconsejado mal?
—Repasó a Gaby de arriba abajo. No era ningún secreto que él siempre le
elegía la ropa y que ella siempre se tomaba sus sugerencias a rajatabla. Oscar
era muy bueno con la moda y el diseño. Dios, les quería tanto a los dos…
—Me gusta lo que sugeriste antes, Oscar . Algo de inspiración vintage,
un encaje sencillo es bonito, y quiero mangas. Pueden ser cortas, pero nada
de un vestido sin mangas. —Hice un gesto con las manos sobre mi vientre
—. Tal vez un talle alto sea lo mejor, por si acaso me empiezo a hinchar.
¿Un toque de morado tal vez?
Oscar miró al cielo.
—Para nada pareces embarazada, querida. —Inclinó la cabeza y dijo,
curioso—: ¿Tendrás barriga el 24 de agosto?
—No lo sé y no empieces, por favor. Todos los invitados saben que
estoy embarazada, así que no es como si intentásemos ocultarlo. Créeme,
ya he tenido que escuchar a mi madre. Como si fingir que no vamos a tener
un bebé fuera a ser más respetable de algún modo. Odio los numeritos que
monta. ¿Por qué no puede tan solo alegrarse por mí? Va a tener un nieto,
¡por el amor de Dios!
Gaby posó su mano en mi hombro.
—Con barriga o sin barriga, estarás preciosa, y tu madre tendrá que
superarlo sin más. La sorprenderemos con una boda maravillosa y una
novia tan radiante que no tendrá otra opción que encantarle todo.
Eran muy monos por decirme eso, pero no tenía muchas esperanzas de
que mi madre cambiara de opinión. No quería oír hablar de Pedro ni de
nuestra relación. De hecho tuvo el valor de decirme que estaba tirando mi
vida a la basura con Pedro y el bebé. Me preguntó para qué habían servido
los últimos cuatro años si todo lo que había hecho era quedarme
embarazada de nuevo. Eso duele. Pensaba muy poco en mí. La primera vez
no fue culpa mía y esta vez…, bueno, no pretendía quedarme embarazada.
Sé que Pedro y yo fuimos irresponsables, pero no me arrepentía de las
consecuencias. No podría arrepentirme. Me toqué el vientre y lo acaricié
de un lado a otro. Este bebé había sido concebido con amor
independientemente de lo que pensara mi madre o lo que yo opinara de mí
misma. Al menos sabía que eso era cierto. Amaba a Pedro y él me amaba a
mí. No tenía más opciones, lo entendiese mi madre o no; no había otra
opción para mí en este mundo.
—Gracias, chicos. De verdad…, no sé cómo habría organizado esto en
tan poco tiempo sin ustedes dos —dije suspirando—. Incluso Eliana y
Luciana están hasta arriba de trabajo. Espero que podamos de verdad sacar
esto adelante.
—Como si no pudieramos —se burló Oscar—. Tendrías que detenerme a
punta de pistola para evitar que te ayude con esta boda pija, llena de
famosos y organizada en una mansión ¡a la que Su Majestad ha sido
invitada!
—Sí, bueno, recemos para que no venga. Gracias a Dios que Eliana me
puso en contacto con esa planificadora de bodas, Victoria algo. Me ha
asegurado que se hará cargo de todo lo que tenga que ver con reinas y
príncipes. No sé nada del protocolo a seguir cuando se tiene a la realeza en
la boda de uno. —Miré a Oscar y a Gaby, lancé los brazos al aire y tragué al
pensar en todo—. Creo que me estoy poniendo mala.
—No. Nada de ponerse mala, pequeña —dijo Oscar con determinación,
colocando sus largos brazos sobre mis hombros—. Vamos a sentarnos para
tomar un agradable almuerzo y coger fuerzas para volver a la búsqueda del
vestido perfecto para tu Lujosa y famosa boda campestre. Que tendrá lugar en
siete semanitas. —Oscar miró al cielo y se santiguó—. Podemos hacerlo.
El pelo de su barba jugaba con mi piel. Una lengua cálida se movía
alrededor de mi pezón convirtiéndolo en un duro y sensible bulto. Me
arqueé hacia su boca y gemí de placer, lo que parecía excitarle más.
Alguien estaba bien despierto y dispuesto a hacer que me corriese antes del
desayuno. La mejor manera de empezar el día.
Abrí los ojos y le miré fijamente; mi despertar era como una señal de
tráfico dando permiso para seguir adelante. Me encantaba despertarme con
Pedro así: su peso apretándome, sus caderas colocadas entre mis piernas,
sus manos clavando las mías a la cama. Sus ojos se encendieron cuando me
llenó con una decidida estocada. Expresé mi placer y me arqueé para
juntarme a él todo lo posible. Poseyó mi boca con su lengua y encontró
otra parte de mi cuerpo que reclamar.
Me gustaba que Pedro me reclamara. Me encantaba.
Se movió despacio y constante, marcando el ritmo con las profundas
embestidas que terminaban con un pequeño giro de cadera. Contraje los
músculos internos, sabedora de que le ayudaría y me llevaría al clímax más
rápido. Lo deseaba con todas mis fuerzas últimamente.
—Aún no, nena. Tienes que esperarte esta vez —me dijo gruñendo—,
me correré contigo, y yo te diré cuándo.
Cambió nuestra posición rápidamente, colocándome a mí arriba, pero no
estaba satisfecho con que yo le cabalgara. Pedro se incorporó, se sentó y
me agarró fuerte de las caderas para poder maniobrar conmigo sobre su
sexo, empujándome muy profundo con cada movimiento, nuestras caras a
meros milímetros y nuestros cuerpos conectados. Él podía ver todo lo que
decían mis ojos: cuánto le amaba, cuánto le necesitaba, cuanto le deseaba.
—Ooooh, Dios… —Me estremecí, intentando desesperadamente
controlar el placer que estaba a punto de consumirme, consciente de que
resultaba imposible porque Pedro era un maestro en el arte de dármelo. Era
un maestro también dirigiendo el sexo. Su naturaleza dominante brotaba
con toda su fuerza, controlando cuándo correrme. Me hacía esperar. Hoy
era una de esas ocasiones. Sin embargo, no tenía dudas de adónde me
llevaría. La espera solo hacía que lo que viniese al final fuese mucho
mejor.
—Cuando estoy dentro de ti es como estar en el paraíso —dijo; acto
seguido sus labios encontraron de nuevo los míos y sus palabras quedaron
silenciados por el momento—. Estás tan húmeda para mí… y tu sexo tan
contraído… Adoro tu coño, nena. —Esperaba esa parte del ritual en la que
me decía cosas obscenas. Nada me excitaba más que lo que salía de su
boca. Bueno, tal vez lo que de hecho hacía con ella. Y con su pene. Pedro
podía soltar la palabra «coño» y conseguir que no sonase sucia. De todas
formas, esa palabra no tenía el mismo significado entre los británicos. No
era tan horrible como en Estados Unidos. Los comentarios eróticos de
Pedro me volvían loca de deseo.
Le dejé entrar en mí y que me poseyese, y sentí cómo la fusión de
nuestras lenguas cobraba intensidad a medida que adentraba su sexo en mí
y controlaba mis movimientos, levantándome y dejándome caer una y otra
vez contra su excitado pene. Noté cómo se endurecía y recé para que se
ahogara dentro de mí.
—Por favooor… —rogué con un gemido que él acalló con su boca y su
lengua.
—¿Mi preciosa quiere correrse?
—Sí, ¡me muero de ganas!
Sus manos abandonaron mis nalgas, desde las que me había ido
dirigiendo, y subieron para pellizcarme los pezones.
—Di mi nombre cuando lo hagas. —Las agudas sensaciones me
invadieron, dejando salir la enorme ola de placer que había estado
conteniendo y permitiendo que me inundara.
—Pedro, Pedro, Pedro… —grité, y me derrumbé sobre él, sin ser capaz
de controlar mi cuerpo. Perdí la conciencia tras eso, pero me di cuenta de
cómo se corría. Oí sus duros gruñidos y sentí el calor de su eyaculación
emanando en mi interior, lo que me hizo recordar que así fue cómo
concebimos a nuestro bebé. Justo así. Nuestros cuerpos conectados en un
frenesí maravilloso hasta que el nirvana ocurrió y nada más importó.
Me levantó y giró la cadera despacio para recibir los últimos momentos
de placer de este encuentro. Ronroneé contra su pecho sin querer moverme
de ahí. Nunca.
—Buenos días, señora Alfonso —dijo mientras sonreía con dulzura.
—Mmmmm…, lo han sido, ¿verdad que sí? —Me moví sobre sus
caderas y me contraje aún excitada, alrededor de su sexo, dentro de mí—.
Todavía no soy la señora Alfonso.
—Cuidado, preciosa —jadeó—. No te deshagas de mí antes de que
pueda convertirte en una mujer honrada.
Me reí.
—Creo que yo corro más peligro que tú. Dios, me vuelves loca. —Le
acaricié los labios y la nariz con la mía, disfrutando del tiempo que
pasábamos juntos y de la idea de que Pedro era totalmente mío durante un
ratito antes de que tuviese que irse a trabajar.
Se encontraba tan tenso con las Olimpiadas y trabajaba tanto que yo
estaba decidida a ayudarle en lo que pudiese. Empezar el día con sexo
maravilloso era una de las formas, y yo también disfrutaba de sus
beneficios.
—Me encanta volverte loca. Te quiero. —Me besó suave y dulcemente
—. Y serás la señora Alfonso dentro de nada, así que tal vez deberías
acostumbrarte a que te lo llame.
—De acuerdo, creo que puedo hacer eso por ti. —Extendí la mano
izquierda, miré el anillo otra vez y me fijé en que el morado oscuro de la
piedra parecía casi negro con la luz gris de la mañana—. Y yo también te
quiero. —Aún me asombraba un poco verlo ahí, en mi mano. Estaba
comprometida con Pedro y de verdad íbamos a casarnos. Y de verdad iba a
tener su bebé. ¿Cómo ha podido pasar todo esto? Seguía teniendo que
recordarme que no se trataba de un sueño.
—¿De verdad te gusta el anillo? —me preguntó suavemente—. Sé que te
gustan antiguos y este era tan poco usual que pensé que te gustaría más que
uno moderno. —Tenía mi cara entre sus manos y me acariciaba las
mejillas con el pulgar—. Pero si quieres uno distinto, tan solo dilo. Sé que
no es un anillo de pedida convencional y quiero que estés feliz.
Me cubrí la mano izquierda con la derecha de forma protectora.
—Me encanta mi anillo y nunca lo vas a recuperar —bromeé—
—¿Bien?
—Muy bien, señor Alfonso. Tiene un gusto exquisito para los
regalos, que son demasiado lujosos pero que me encantan igualmente. Me
estás malcriando.
Movió las caderas bajo mi cuerpo, recordándome que aún estábamos
unidos.
—Tengo derecho a hacerlo, y no he hecho más que empezar, nena.
Espera un poco —contestó guiñándome un ojo.
—Yo no te he hecho ningún regalo —dije mientras tiraba de las sábanas
amontonadas bajo mis rodillas.
—Mírame. —Su voz era seria y había dejado de bromear.
Alcé la mirada y me encontré con sus ojos de un azul centelleante.
—No digas eso. No es cierto. Tú me has dado esto. —Me cogió la mano
y la posó sobre su corazón—. Y esto. —Colocó su mano sobre la mía—. Y
esto. —Colocó nuestras manos sobre mi vientre y las dejó ahí—. No hay
regalos mejores, Paula.
Pedro me retiró la silla de la mesa y me ayudó a levantarme.
—Quiero enseñarle a Paula el jardín —anunció.
—Pero ¿no deberíamos ayudar a recoger la mesa? —pregunté.
—No, por favor, querida, deja que Pedro te enseñe el precioso jardín de
su madre. Quiero que lo veas. —El tono de Horacio era contundente. Ni
siquiera me planteé discutirlo.
Miré a Pedro y le agarré la mano.
—Bueno, de acuerdo, si no te importa. El salmón y la bearnesa estaban
deliciosos. Estoy asombrada con tus dotes para la cocina, Horacio. —Le
guiñé un ojo a Maria—. Sabía que mi tía era la reina de la cocina, pero tú
me sorprendes.
Horacio se encogió de hombros.
—Tuve que aprender. —Al instante me sentí mal por recordarle a todo
el mundo la pérdida de la madre de Pedro. Él había perdido a su madre
cuando era un niño, pero Horacio había perdido a su mujer y a su alma
gemela. Era algo muy triste, pero Horacio había tenido muchos años de
práctica lidiando con momentos incómodos como este y no le dio ninguna
importancia—. Maria y yo hemos sido un gran dúo esta noche, creo. Yo
hice el pescado y el arroz y ella la ensalada y el postre. —Horacio le guiñó
un ojo a mi sonriente tía. Me pregunté si estaban… saliendo; era una idea
rara que estuviesen teniendo una relación de pareja, pero me haría feliz si
fuese cierta. Tal vez fueran solo amigos, pero desde luego se les veía muy
tiernos juntos. Me pregunté qué opinaría Pedro de ver a su padre con una
mujer.
Pedro me colocó la mano en la espalda y me guio al exterior. Soot iba
delante de nosotros antes de saltar a la base de ladrillo de una enorme
jardinera que flanqueaba un apartado banco rodeado de consueldas de un
morado intenso y lavanda azul claro.
—Esto es precioso, justo como un jardín inglés sacado de una postal. —
Me encogí de hombros hacia Pedro, al que notaba muy tenso para una
simple visita al jardín. Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija—. ¿Te
resulta duro ver a tu padre con Maria? —pregunté con tacto.
Negó con la cabeza.
—En absoluto. Maria es muy atractiva —dijo sonriendo—. A por ella,
papá.
—Bueno, es un alivio. Estaba un poco preocupada. Parecías… tenso
durante la cena.
Me llevó hacia el banco del jardín y me envolvió con sus brazos,
enterrando su cabeza en mi cuello.
—¿Parezco tenso ahora? —murmuró entre mi pelo.
—No tanto —contesté mientras le acariciaba el cuello—, pero tus
músculos están muy tensionados. ¿Cuándo se lo vamos a decir? Pensé que
a estas alturas ya lo habríamos hecho.
—Lo haremos cuando regresemos dentro. Necesito un momento a solas
contigo primero.
—Me tomaré ese momento a solas contigo. —Sonreí a su hermosa cara,
que me miraba intensamente; la iluminación de las luces del jardín se
reflejaba en sus ojos azules como diminutas chispas. Se acercó a mí y me
besó y me devoró con su experta técnica. Noté un pequeño cosquilleo en el
estómago y me sentí tan afectada como durante el momento en que nos
miramos por primera vez a los ojos aquella noche en la Galería Andersen a
principios de mayo.
Pedro me besó en el jardín de su padre durante mucho más que unos
segundos, pero yo podría haber estado toda la noche. Sus labios y su lengua
seguían siendo igual de mágicos que el primer día. Pedro me hacía sentir
especial cuando me besaba. Ningún otro hombre me había hecho sentirme
tan amada en mi vida.
Poco después se retiró y me sujetó la cara entre sus manos. Me acarició
los labios con el pulgar y me deslizó el labio inferior lo bastante como para
enviarme un mensaje. Un gesto que decía «eres mía» y que despertaba
sensaciones extrañas en mi interior. De todos modos, el simple roce de
Pedro lo conseguía y ya estaba familiarizada con esa sensación. Tan solo
me hacía quererle más, si es que eso era posible.
—Te compré una cosa cuando estábamos en Hallborough. Lo encontré
en una tienda de antigüedades cuando recorrí el pueblo y supe que era para
ti. He esperado hasta el momento adecuado para dártelo. —Sacó un
pequeño paquete rectangular del bolsillo de su chaqueta y lo depositó en
mi regazo.
—Oh… ¿Tengo un regalo? —Cogí el paquete y le quité el bonito papel
azul. Era un libro. Un libro muy viejo y muy especial. Mi corazón se
aceleró al darme cuenta de lo que Pedro me había dado—. Lamia, Isabella,
la víspera de santa Inés y otros poemas de John Keats… —Me impactó
tanto que me atraganté.
—¿Te gusta? —La expresión de Pedro era vacilante y me di cuenta de
que tal vez tenía dudas sobre el regalo, de si me gustaría o no. Una primera
edición de Keats debía de costar una fortuna, y esta lo era. Tenía la
cubierta de piel verde y todavía se veían las letras doradas en relieve en el
lomo. Para mí era una obra de arte.
—¡Oh, Dios mío! Sí, puedes estar seguro, cariño. Es precioso, un regalo
maravilloso. Lo querré siempre. —Lo abrí con cuidado y lo acerqué a una
de las lámparas del jardín para poder verlo—. Hay una dedicatoria. «Para
mi Marianne. Siempre tuyo, Darius. Junio de 1837». —Me llevé la mano al
cuello y miré a Pedro—. Era el regalo de unos enamorados. Darius amaba a
Marianne y le dio el libro.
—Como yo te quiero a ti —dijo él suavemente.
—Oh, Pedro. Me harás llorar otra vez si sigues haciendo estas cosas.
—Bueno, no me importa que llores, de verdad. Nunca me ha importado.
Especialmente si no son lágrimas de tristeza. Puedes llorar de alegría
siempre que quieras, nena. —Se inclinó y posó la frente en la mía—.
Adoro el sabor de tus lágrimas —dijo antes de apartarse.
—Yo también te quiero —susurré al tiempo que le acariciaba la mejilla
—. Y me haces regalos demasiado caros.
—Nunca, nena. Te daría el mundo si pudiese. Nunca me has pedido
nada. Eres muy generosa y me haces mejor persona con tu espíritu. Me
maravillas la mayor parte del tiempo. De verdad —asintió para enfatizar
sus palabras—. No miento.
—Ahora me toca a mí preguntar si eres real.
Su mirada me recorrió asintiendo de nuevo.
—Creo que me volví real cuando te conocí.
Se me cayó el corazón a los pies en el momento en que Pedro se levantó
del banco y se arrodilló frente a mí. Me cogió la mano.
—Sé que soy un poco bruto a veces y que he irrumpido en tu vida, pero
te quiero con todo mi corazón. No lo dudes nunca. Eres mi chica y te
quiero y te necesito conmigo para siempre. Habría querido un futuro
contigo independientemente de las circunstancias. El bebé es tan solo una
señal más de que es lo correcto. Estamos haciendo lo correcto, preciosa.
Estamos bien juntos.
No podía hablar, pero coincidía con él. Estábamos bien juntos.
Todo lo que podía hacer era mirar sus preciosos ojos y enamorarme más
de todo lo que representaba Pedro Alfonso. Mi increíble hombre.
Los caminos que tomamos en la vida nunca están claros y nadie puede
predecir el futuro, pero la noche en que vi a Pedro supe que había algo
especial en él. Cuando fui a su piso la primera vez para estar con él, lo
supe. También supe que la decisión me cambiaría la vida. Para mí lo había
hecho. Él era todo lo que podía soñar en un compañero, e incluso más de lo
que nunca pude haber imaginado. El momento nunca es bueno. Uno tiene
que lidiar con lo que viene cuando entra en tu vida.
Pedro era sencillamente… la persona adecuada para mí. Le apreté la
mano. Era la única respuesta que podía darle teniendo en cuenta que mi
corazón latía tan deprisa que estaba segura de que podría salir volando si él
no me sujetase.
—Paula Chaves, ¿me harías el hombre más feliz de la Tierra
casándote conmigo? Sé mi mujer, la madre de nuestro hijo. —Inclinó la
cabeza y susurró el resto—: Hazme real. Solo tú puedes hacerlo, nena. Solo
tú…
—Sí —asentí con rapidez.
No sé cómo me las ingenié para decirle siquiera esa única palabra. Me oí
hablar en alto, pero lo único que podía hacer era mirarle. Mirarle
arrodillado ante mí y sentir el amor que me brindaba. Había muchas otras
cosas que podía haber dicho, pero no lo hice. Quería disfrutar del momento
para después recordar cómo me sentí cuando Pedro me pidió que le hiciese
real.
Entendía lo que quería decir con eso. Lo entendía porque yo sentía lo
mismo. Él me sacó de la oscuridad y me llevó a la luz. Pedro me había
devuelto mi vida.
Algo frío y pesado se deslizó por mi dedo. Cuando bajé la mirada para
ver lo que era me encontré con que tenía el anillo más bonito del mundo
colocado en el cuarto dedo de mi mano izquierda. Una amatista enorme,
antigua y hexagonal, de color morado oscuro e incrustada en platino con
diamantes, brillaba hacia mí. Lo llevé hacia la luz del jardín para poder
verlo bien. Era imponente, precioso y demasiado lujoso para mí, pero me
encantaba porque lo había elegido Pedro. Me tembló la mano y las
lágrimas comenzaron a brotar. Era incapaz de contenerlas. Estaba bien que
me acabara de decir que no le importaban mis lágrimas porque caerían
sobre él en cuestión de segundos.
Esas eran definitivamente lágrimas de felicidad.
—Quie… quiero ca… casarme contigo. Lo quie… quiero. Te quiero
muchísimo, Pedro. —Mis palabras salieron entre sollozos. Estaba tan
abrumada que no podía asimilarlo todo, y estoy segura de que mi estado
hiperhormonal tampoco ayudaba.
Pedro me agarró la mano y la besó, y el familiar roce de su perilla unido
a sus cálidos labios me consolaron de una manera que no podría describir
con palabras. Simplemente me hizo sentir querida, tal y como siempre
hacía. Ahora era suya, y recibí ese hecho con los brazos abiertos. Me había
llevado un tiempo conseguirlo, pero había llegado hasta aquí. Había
aceptado el amor de Pedro y le había ofrecido todo mi ser a cambio. Por
fin.
Nunca creí que fuese posible ser tan feliz en la vida.
Me detuve ante la casa de ladrillo rojo en Hampstead donde había
crecido y aparqué en la calle.
—Esta es la casa de mi padre.
—Es preciosa, Pedro. Un elegante hogar inglés, justo como lo había
imaginado. El jardín es muy bonito.
—A papá le gusta trabajar la tierra con las manos.
—Siempre he admirado a las personas con mano para las plantas. Me
gustaría tener un jardín algún día, pero no sé demasiado sobre el tema.
Tendría mucho que aprender —dijo ella desde el coche con cierta
melancolía—. ¿Te sientes bien cuando vienes? ¿Lo consideras aún tu
hogar? —Me pareció que hablaba con nostalgia.
—Bueno, sí. Es el único que tuve hasta que conseguí el mío. Y sé que mi
padre estaría encantado de enseñarte lo que hiciera falta. El jardín de mi
madre está en la parte de atrás de la casa. Eso sí que quiero que lo veas. —
Recorrí con la mirada a Paula; estaba preciosa, como siempre, con un
vestido de flores y unas botas moradas. Dios, me encantaba que llevase
botas. La ropa se podía ir, pero las botas podían quedarse… siempre—.
¿Estás nerviosa?
Asintió.
—Lo estoy… y mucho.
—No tienes por qué, nena. Todos te quieren y piensan que eres lo mejor
que me ha pasado. —Le di un suave beso en los labios, saboreando su
dulzura antes de que tuviésemos que estar en público y de que la constante
necesidad de tener mis manos sobre ella hubiese de ser contenida durante
las horas siguientes. Es un asco ser yo en esos momentos—. Y lo eres —
añadí.
—Oh, vamos… Recuerdo cuando mi padre te interrogó… y cómo te
falló la voz —dijo riéndose—. Su cara no tenía precio, ¿verdad?
—Supongo. En realidad no recuerdo su cara. En lo único que podía
pensar era en lo agradecido que estaba por tener miles de kilómetros entre
nosotros, ya sabes, para evitar que me cortara las pelotas.
—Pobrecito mío —me consoló mientras se reía con una mano sobre el
estómago.
—¿Te encuentras bien? ¿Cómo se está portando nuestra frambuesa esta
tarde?
Paula me acarició la mejilla.
—La pequeña frambuesa está cooperando por ahora, pero nunca sé lo
que vendrá en un rato. Por alguna razón la noche es mi enemiga. Tan solo
tengo que tomármelo con calma.
—Estás preciosa esta noche. Mi padre va a estar entusiasmado. —Le
cogí la mano, le di un beso en la palma y después la presioné contra su
vientre.
—Vas a hacerme llorar si sigues por ese camino. —Me cubrió la mano
con las suyas.
—No. Nada de lágrimas hoy. Es un momento feliz. Piensa en lo feliz que
estaba tu padre anoche cuando se lo dijimos. Bueno, al menos lo estuvo
después de percatarse de que se hallaba demasiado lejos como para
castrarme. —Le guiñé rápidamente el ojo.
—Te quiero, Alfonso. Me haces reír, y eso es mucho. Terminemos
con esto.
—Sí, jefa. —Salí, di la vuelta al coche, saqué a mi chica y la acompañé
hasta la puerta. Llamé al timbre y esperé. Sentí un cálido roce en mi
pierna. El gato había crecido desde la última vez que vine.
—Soot, tío. ¿Qué tal estás? —Le cogí en brazos y le presenté a Paula
—. Este es Soot, el autoproclamado dueño de mi padre. Podría decirse que
él le ha adoptado.
—Ohh…, qué gatito tan lindo. Qué ojos más verdes. —Paula se acercó
a acariciarle cuando Soot agachó la cabeza hacia su mano—. Es muy
amistoso, ¿eh?
—Sí que lo es.
La puerta se abrió y se interrumpió ese momento que estábamos
viviendo. La tía de Paula, Maria, estaba en el porche de mi padre con una
sonrisa de bienvenida.
—Sorpresa —dijo Maria—. Me apuesto lo que sea a que no esperaban
verme aquí, ¿verdad?
Yo reí incómodo, en realidad me había pillado algo desprevenido, pero
me recuperé enseguida a pesar de mi asombro.
—Maria, si esta no es la sorpresa más agradable del mundo, no sé cuál
podría ser. ¿Estás ayudando a mi padre con la cena?
—Exacto —respondió ella—. Por favor, entren.
Nos saludó a los dos con besos y abrazos. Paula y yo intercambiamos
una rápida mirada. Apostaría todo mi dinero a que Paula estaba tan
sorprendida como yo de ver a Maria ahí.
En cuanto atisbé a mi padre, supe que ocurría algo. Se limpió las manos
con un trapo de cocina y nos saludó. Un cálido abrazo y un beso en la mano
para mi chica y un más bien frío gesto con la cabeza hacia mí. Soot saltó de
mis brazos y se marchó a alguna parte.
—Maria y yo ya habíamos quedado para cenar aquí esta noche antes de
que llamaran para venir —explicó mi padre.
¿De verdad?Paula y yo intercambiamos otra mirada y resultó obvio
que estábamos tratando de disimular. ¿Así que papá y Maria estaban…?
Bien. Seguía pensando que Maria era muy atractiva para ser una mujer
madura. La idea de que mi padre tal vez estuviese molesto por haberle
interrumpido su noche romántica cruzó por mi mente. Bueno, mierda.
—¿Por qué no lo dijiste entonces? —pregunté—. No teníamos por qué
venir esta noche.
Mi padre sacudió la cabeza hacia mí y se quedó en silencio. Si no le
conociese tanto, diría que me estaba ignorando. Pero solo a mí, no a
Paula. Le dirigió una cálida sonrisa y dijo:
—Creí que debían venir esta noche, hijo.
¿Qué demonios? ¿Sabía ya algo? Iba a partir un par de cabezas si mi
hermana o Luciana se habían ido de la lengua. Le miré fijamente. Él se quedó
impávido.
Maria rompió la tensión. Gracias, joder.
—Paula, querida, ven a ayudarme con el postre. Bizcocho de
frambuesa, y va a estar de muerte.
Me entraron ganas de sonreír cuando dijo «frambuesa» y mi mirada se
encontró al instante con la de Paula. Me guiñó un ojo y siguió a Maria a
la cocina.
—¿Por qué estás así de seco, papá? ¿Hemos interrumpido tu noche o
algo? Podías haberme dicho que hoy no te venía bien, lo sabes.
Mi padre apretó la mandíbula y levantó ambas cejas, haciéndome saber
quién mandaba en esa pequeña discusión. Es increíble cómo un padre tiene
ese poder. Era capaz de llevarme a mi adolescencia y recordarme cuando
me sentaba y me echaba la bronca por meterme en algún lío.
—En realidad sí has interrumpido mi noche, pero eso no tiene nada que
ver. Siempre me alegro de ver a mi hijo. No, lo que no me puedo creer es
que tenga que esperar a que me llames, Pedro. —Me apuñaló con la
mirada.
—¿Podemos dejar de hablar en código? Obviamente estás molesto por
algo.
—Oh, sí, algo —respondió cortante.
—¿Qué quieres decir con eso? —solté un gallito. ¡Joder! Estaba metido
en un lío. ¿Lo sabía mi padre? ¿Cómo?
—Creo que lo sabes, hijo. De hecho, sé que lo sabes.
—¡Lo sabes! —Sí, mi voz seguía cambiando de tono como un cantante
de ópera en escena—. ¿Cómo es posible?
Suavizó un poco su expresión.
—Parece ser que un montón de cosas son posibles, hijo. Imagina mi
sorpresa cuando llamé a Luciana y mi nieta me contó alegremente que el
tío Pedro y la tía Paula están embarazados.
¡Oh, Dios! Me froté la barba de inmediato.
—Así que el pequeño monstruo te lo contó, ¿verdad?
—Desde luego. —Mi padre aún mantenía una expresión severa—. Delfina
tiene bastante que decir al respecto.
Me agarré las manos en señal de rendición.
—¿Qué quieres que diga, papá? Ha sucedido sin más, ¿vale? No fue
intencionado, ¡y te puedo asegurar que nos sorprendió tanto como al resto!
Se cruzó de brazos, sin parecer afectado por haberme pillado
desprevenido.
—¿Cuándo es la boda?
Miré al suelo, de repente avergonzado. No tenía respuesta para él.
—Estoy en ello —murmuré.
—Por favor, dime que te casarás enseguida. —Levantó la voz—. ¡No
puedes esperar a que nazca el bebé como hacen algunos famosos!
—¿Puedes bajar la voz? —le rogué—. Paula está…, bueno, se siente
recelosa con respecto al compromiso. Le da miedo… por su pasado.
Mi padre me lanzó una mirada que mostraba bastante bien lo que
opinaba de mi explicación.
—Demasiado tarde para eso, hijo —resopló—. Ya están todo lo
comprometidos que pueden estar. Tener a su hijo sin los beneficios de
un matrimonio legal será incluso más aterrador, te lo aseguro. Para ti y
para Paula. —Sacudió la cabeza—. Olviden el pasado, tienen que pensar
en el futuro. —Me miró como un perro miraría un filete—. ¿Le has
propuesto matrimonio siquiera? No veo ningún anillo en su dedo.
—Ya te he dicho que estoy en ello —le contesté. Y, joder, de verdad que
lo estoy, papá.
—El tiempo no espera, Pedro.
—¿De verdad, papá? Gracias por el consejo. —Mi sarcasmo me habría
supuesto un bozal en la boca durante mis años mozos. Ahora solo recibí
una mirada severa y más frialdad. De repente se me ocurrió que tal vez ya
había compartido nuestra noticia—. ¿También lo sabe Maria? —pregunté
altivamente.
—No. —Mi padre me regaló otra mirada hostil unida a una hacia el
cielo antes de dirigirse a la cocina con Paula y Maria.
Observé cómo se marchaba enfadado y decidí que poner algo de
distancia ahora sería lo mejor. Carecía de sentido tener una pelea familiar
y enfadar a todo el mundo. Mejor lo sufría yo solo. Planté mi culo en el
sofá y deseé un cigarro. O un paquete entero.
Es gracioso lo diferente que reaccionaron nuestros padres a nuestras
noticias. Miguel Chaves se alegró por nosotros, después del asombro inicial,
creo. No nos exigió una fecha de boda, sino que simplemente quería ver
que éramos felices y que yo quería a su hija y estaba dispuesto a cuidar de
ella y de nuestro hijo. Incluso sugirió venir a hacernos una visita a finales
de otoño, algo que entusiasmó a Paula.
La madre de Paula tampoco preguntó por la fecha de la boda. La
señora Shultz era otro cantar, de verdad, pero el caso es que yo no le
gustaba, y estoy seguro de que no le agradaba tampoco el hecho de
convertirse en abuela. Era su problema. Un silencio helador fue lo que
recibimos del otro lado de la línea cuando llamamos para darle la noticia.
Paula no había querido decírselo a su madre por Skype como había hecho
con su padre, y ahora entendía el porqué. Su madre nos habría dedicado un
par de miradas malvadas al oír nuestras noticias y mi dulce chica no
necesitaba verlas en absoluto. Ya había sido bastante malo consolarla
después de colgar el teléfono. Sí, había marcado los límites y le había dado
mi opinión. La madre de Paula era una amargada criticona que
claramente se preocupaba más de su posición social que de su hija. Por
suerte, nuestros encuentros serían mínimos.
Así que sí, la instantánea hostilidad de mi padre ante la falta de fecha
para la boda me había pillado por sorpresa. Sobre todo cuando un mínimo
de paciencia habría puesto fin a sus preocupaciones.
Tras unos momentos Soot encontró mi regazo y se puso cómodo. Se
quedó mirándome con sus ojos verdes mientras yo le acariciaba el brillante
pelaje y me preguntaba cómo era posible que en una noche agradable
hubiese acabado recibiendo la corona al rey de los idiotas en un cojín de
terciopelo.
—Tengo un plan —le dije al gato—. Lo tengo, solo que aún no se lo he
dicho a nadie.
Soot me guiñó uno de sus ojos verdes en señal de total entendimiento y
ronroneó.