domingo, 7 de septiembre de 2014
CAPITULO 181
Paula
Sabía que Pedro estaba en mal estado al segundo en que salí de la habitación de Facundo. Podía ver las líneas de preocupación alrededor de sus ojos y el duro gesto de su mandíbula. Y más que definitivamente, sentí la tensión de su cuerpo cuando se negó a que el auto nos llevara casa e hizo a Len esperar por nosotros en su lugar. Pedro no aceptaría otro bocado de nada del senador. Había terminado.
Al momento en que Leo nos dejó en el vestíbulo de nuestro edificio, Pedro me empujó dentro con pasos rápidos. No desperdició ni un segundo en un simple saludo a Claude, nuestro conserje, como siempre hacía. Nos movió con un singular propósito, arrastrándome al ascensor sin pronunciar una sola palabra.
Me llevó a una esquina y apretó su cuerpo contra el mío, dejando caer su cabeza en mi cuello e inhalando. Aún en silencio, simplemente me sujetó ahí y respiró de mí. Podía oler la esencia masculina y seductora emanando de él. El olor de deseo sexual, y las ardientes ganas de aparearse.
—Pedro —gemí su nombre.
—Shh. —Llevó un dedo a mis labios y lo mantuvo allí—. No hables.
Podía sentir la longitud de su polla presionando mi cadera y un largo escalofrío rodó por mi espina dorsal. Ya estaba mojada y él aún no me había hecho nada excepto presionar su cuerpo contra el mío y expresar su descontento por la conversación. Todo estaba en el poder de sugestión en sus
maneras, la forma en que me comunicaba con su mente y cuerpo lo que quería, era tan persuasivo.
Pedro quería follar.
A mí.
Sabía que él solo estaba frenando la tormenta de fuego que vendría hacia mí en el momento en que las puertas estuvieran cerradas.
El clic del pestillo de la puerta sonó increíblemente fuerte contra el tenso silencio.
Con mis sentidos en máxima alerta, me preparé para cuando viniera a mí. No tuve que esperar mucho. En menos de un segundo, estaba cubierta desde detrás por un duro cuerpo absorto en otro y con sólo una meta. Entrar en el mío.
Pedro tenía las manos debajo de mi falda y sus dedos deslizándose sobre mi clítoris antes de que pudiera dar un paso. Su contundente sondeo en mi sexo fue primitivo, y me envió a una lujuria instantánea. Fue su desesperación animal lo que accionó el interruptor. Pedro era una bestia salvaje justo detrás de mí, y la erótica imagen que evocaba en mi mente me volvía igual de salvaje.
—Así que ya empapada —ronroneó con aire de suficiencia en mi cuello, sus caderas empujando en mi trasero mientras tocaba mi coño, trabajándome hasta que mi cuerpo se hizo cargo, y mi mente no tuvo que pensar en otra cosa más allá de esto.
Me empujó hacia adelante, encima de la mesa del vestíbulo.
—Pon tus manos ahí y mantenlas —ordenó.
Cuando tomé mi lugar, sentí mis bragas bajar bruscamente, una pierna levantada fuera de ellas y entonces… sus mágicos dedos estaban de vuelta en mi coño. Gracias. Esta vez, él saqueaba desde el frente para poder triturarme desde atrás. Extendiendo mis jugos arriba y bajo, trabajándolos talentosamente alrededor con los dedos, acariciando y lubricando mi carne hasta que estuve cerca del orgasmo. Pedro era bien versado en los signos, y sabía por eso que él podía subir de marcha las cosas. Me dejó ir hasta que empecé a balancearme con el ritmo que él había marcado, montando su mano como una libertina. Entonces se detuvo.
—No —grité en protesta cuando sus dedos me dejaron.
—Te tengo, nena. Aguanta. —Golpeó mi nalga con una firme bofetada, el escozor aumentando mi placer a un nivel superior. Mis músculos se tensaron y se estremecieron, desesperada por él dentro de mí. ¿Cómo lo sabe?
El ruido de él bajándose la cremallera era el mejor sonido que había oído en todo el día. Todavía temblando, gemía en anticipación mientras sentía la punta de la cabeza de su polla en mi entrada, caliente y listo.
Apoyando los brazos en la mesa, miré hacia el suelo hecho de hermoso mármol Travertino. La escena debajo sólo podía ser descrita como sexo personificado. Piedra forrada cremosa, creada por la naturaleza, y yuxtapuesta con un desorganizado grupo de ropa abandonada. Los pantalones gris oscuro de Pedro y el cinturón de cuero amontonado debajo de sus rodillas, mis bragas rosas de encaje enrolladas todavía en mi tobillo izquierdo, mis altos zapatos Gucci de punta abierta sosteniendo mis piernas. Un espectáculo realmente asombroso para la vista, debido a lo que representaba. Salvaje, sexo sucio entre dos amantes demasiado desesperados como para molestarse en desnudarse.
Y también que estaba a punto de ser follada hasta quedarme sin sentido.
Pedro me llenó con un empuje constante, sus manos en mis caderas para impulsarse. Hizo ese gemido entrecortado de placer que adoraba escuchar de él cuando se hundía en mí.
—Siéntelo, mi bella. Todo esto… sólo para ti. —Siguió con un glorioso deslizar de su gruesa polla—. Te ves tan bien, tan jodidamente hermosa en este momento, doblada sobre la mesa… —se sumergió más profundamente en mi interior— tomando mi polla.
Dios, se sentía tan bien dentro de mí.
—¡Sí… ohh! —No podía responder a sus eróticos desvaríos con ninguna coherencia. Todo lo que podía hacer era tomarlo.
—¡Me perteneces! —Ladró con empujes más duros, su ritmo casi castigador mientras golpeaba más rápido.
Sí, lo hago. Mi hombre intentaba restablecer su reclamo sobre mí después de dejarme en el hospital. Él necesitaba esto. Yo lo necesitaba. Una y otra vez bombeaba dentro de mí, su carne caliente hundiéndose y retrocediendo en un endiablado avance que me dejó casi sin poder respirar.
—Quiero escucharte decirlo —gruñó él.
Mi orgasmo construyéndose, apenas podía pensar, y mucho menos hablar, pero su demanda siempre lo sacaba de mí.
—¡Oh Dios mío, Pedro… sí… sólo te pertenezco a ti!
Sentí la primera convulsión empezar, llevándome a la cima cuando me cerré sobre su polla martilleando tan duro como pude.
—Oh, mierda, sí. ¡Apriétame justo así! —Su mano agarró mi cabello en un enorme puñado y tiró de mi cuello hacia atrás.
Entendía por qué. Pedro necesitaba la intimidad de nuestras bocas y ojos encontrándose, no sólo la unión de nuestros sexos. Llevó su otra mano alrededor de mi garganta y me sostuvo inmovilizándome, su polla golpeando sin descanso desde atrás mientras tomaba mi boca. Su beso fue abrasador, devorante y voraz. Me mordió y succionó con sus labios ásperos y dientes, poseyéndome en todos los sentidos, demostrando que yo era, de hecho, suya.
Justo como yo necesitaba serlo.
Cuando llegué al clímax en una bendecida explosión de intensidad, su lengua se hundió profundamente en mi boca reclamando mi aliento, mi alma, mi todo.
Sentí que se endurecía y se hinchaba dentro de mí. Grité su nombre en un largo y bajo gemido, incapaz de vocalizar otra cosas que no fuera una palabra. “Pedro” era la única palabra que conocía.
—Te amo —dijo él con voz áspera contra mis labios, justo antes de que empezara a correrse.
CAPITULO 180
—Paula.
—Facundo.
Su rostro se suavizó.
—Gracias por venir… aquí —dijo claramente, como si él también hubiera sido informado por el secretario de prensa de su padre.
—Por supuesto. —Me acerqué y coloqué las flores en el lado de la manta y extendí mi mano.
Sus dedos tatuados agarraron mi mano extendida, y milagrosamente… nada terrible sucedió. El mundo no se acabó, ni la puesta de sol se volvió oscura. Facundo llevó mi mano hasta su mejilla y la mantuvo allí.
—Estoy tan feliz de verte de nuevo.
El fotógrafo disparó el infierno en ese momento, y supe que iba a ver las imágenes en la prensa, en la televisión, las revistas, en todas partes. Estaba en esto ahora, y no había vuelta atrás. Para ninguno de nosotros.
Podía sentir a Pedro a mi lado, tan rígido como la cuerda de un arco a punto de romperse. Él estaba, sin duda, furioso de que Facundo me estuviera tocando de una manera íntima. Extrañamente, no me afectaba de todos modos. Me sentía entumecida más que cualquier cosa. Así que me obligué a mí misma a continuar con la farsa, a empujarla hacia delante para que todos pudiéramos ponerle fin a la tortura.
Recuperando mi mano de su agarre, dije:
—Facundo, este es mi esposo, Pedro Alfonso. Pedro, Facundo Pieres, un viejo… amigo de San Francisco.
Facundo le dio a Pedro toda su atención y le tendió la mano a modo de saludo.
—Mucho gusto en conocerte,Pedro.
Hubo una larga pausa en la que no estuve segura de si Pedro devolvería el apretón de mano. El tiempo se detuvo cuando todo el mundo contuvo la respiración.
Después de lo que pareció una eternidad, Pedro llevó su mano hacia delante y le dio una fuerte sacudida.
—¿Cómo estás?— El saludo fue expresado sin ningún problema, pero yo conocía a mi hombre, y él odiaba cada segundo que estaba aquí. Tener que fingir.
Entonces, como si de un director de cine estuviera llamando a escena, alguien se acercó y tocó a Pedro en el hombro, pidiendo disculpas por la interrupción, pero él tenía una llamada importante que requería de su atención. Y así como así, se excusó. Vi salir a Pedro, el modo rígido me demostró lo difícil que era para él, dejarme sola. Puedes hacerlo.
—¿Quieres sentarte?
—Sí, claro. —Seguí el guión, asombrada de que mi cerebro recordara lo que debía decir y hacer.
Una vez que estuve sentada junto a él, extendió la mano y tomó la mía de nuevo. Lo permití solo porque podía oír el clic de las cámaras, capturando fotos de nosotros charlando juntos como amigos, cuando uno de ellos estaba herido en el hospital. Estás haciéndolo y ya casi has terminado. Termínalo, y saldrás por la puerta para nunca volver a mirar hacia atrás.
—Luces tan maravillosa. Te ves feliz, Paula.
—Soy feliz. —Y como si necesitara recordar, mi pequeño ángel mariposa, eligió ese momento para asegurarme su presencia. Cerré los ojos y me permití sentir los movimientos oscilantes de mi bebé en crecimiento, a salvo dentro de mí. La belleza de esa especie de milagro hizo que toda la incomodidad de ese momento se desvaneciera de mi enfoque, permitiéndome soportarlo.
—Paula… lo siento mucho por esto… que tengas que venir aquí. Lamento que tuvieras que hacerlo, pero estoy tan agradecido por finalmente volver a verte. —Su voz era tan diferente ahora. La forma en que hablaba era diferente. Sentí sinceridad…
Abrí los ojos y lo miré, encontrando muy difícil dar con una respuesta. Finalmente lo hice.
—Espero... que te recuperes rápido, facundo. T-Tengo que irme. —El momento del golpe seguro, la parte que sería la más difícil para mí atravesar. Pero sabía que se esperaba que lo hiciera. Y así lo hice.
Me levanté de la silla y me incliné hacía él.
Su rostro cayó, su expresión cambió a una de desagrado porque estaba terminando la visita. Tomé una respiración profunda y presioné mi mejilla contra la suya en un sencillo abrazo. Sostuve el abrazo mientras la cámara explotaba en otra ronda de clics furiosos.
Facundo llevó sus brazos alrededor de mi espalda.
Cerré los ojos otra vez… y pensé en Pedro y en mi ángel mariposa para ayudarme a superar el momento
Mi misión estaba casi completa, la bandera cuadriculada a punto de caer, cuando Facundo me susurró al oído. Las palabras fueron pronunciadas apuradamente, y audibles sólo para mí, pero sólo había una manera de describir la forma en que sonaba. Desesperado.
—Paula, por favor vuelve a visitarme. Tengo que decirte cuánto lamento lo que te hice.
CAPITULO 179
Mis piernas me impulsaron hacia delante.
No sé cómo.
Sentía la sensación de estar fuera de mi cuerpo para ser honesta, pero de alguna manera me moví en lentos pasos cortos que me llevaron a su habitación privada de hospital.
No sabía lo que esperaba. Sabía que Facundo había sido horriblemente herido y que su pierna había sido amputada debajo de la rodilla derecha, pero la persona acostada en la cama era casi irreconocible para mí.
El Facundo Pieres que recordaba era un chico de preparatoria, la costa oeste de la sociedad de chicos. Limpio y ambicioso. Había sido un estudiante en Stanford encabezado por el título de abogado cuando estábamos juntos.
Él no se veía como el estudiante de Derecho de Stanford ahora.
Los tatuajes cubrían sus brazos como mangas hasta los nudillos de sus manos. Su cabello castaño estaba corto como el de un oficial militar, pero mezclado con la barba sin afeitar, parecía tosco e inquieto. Tenía un gran cuerpo, musculoso y firme, vestía una bata de hospital y yacía en la cama, con la mirada fija hacia el frente en la pared. No a mí.
Se veía despojado, y en absoluto como el misógino frío que había llevado en mi cabeza en estos largos años.
Debo de haberme detenido, porque la mano de Pedro en mi espalda presionó con más firmeza.
Di otro paso, acercándome. Él levantó la vista. Los oscuros ojos marrones como los recordaba. Ya no estaba aplomo arrogante que también recordaba.
Ahora, veía en él algo que nunca había visto antes. Había arrepentimiento, pesar, y vergüenza por la forma en que se presentaba ante mí, en la camilla, sin una de sus piernas.
En algún momento de los últimos siete años, quizá solo desde su lesión, Facundo Pieres había encontrado su conciencia.
sábado, 6 de septiembre de 2014
CAPITULO 178
Paula
Quien diga que el gobierno se mueve lentamente no está hablando de la gente que trabaja para el futuro Vicepresidente de los Estados Unidos. Las cosas se movieron a la velocidad de la luz tan pronto como di mi acuerdo para visitar a Facundo Pieres.
Tienes que hacer esto. Me puse de pie en el pasillo del hospital, a la espera de entrar, el olor a antisépticos y alimentos impregnando el aire esterilizado me daba ganas de vomitar. El ramo de flores que me habían dado se sacudía ligeramente en mi mano mientras trataba de salir del auto. No tienes elección. La mano de Pedro en mi espalda se sentía posesiva, pero no podía hacer frente a ninguna emoción que él sintiera en el momento. Tienes que hacerlo para proteger a tu bebé. Sabía por qué Pedro se estaba volviendo loco. Pero no había nada que pudiera hacer por él ahora mismo.
En el momento en que Pedro había enviado mi acuerdo para visitar a Facundo en un mensaje de texto desde mi teléfono, un bien organizado show mediático se puso en movimiento. Limosinas, escoltas policiales, entradas secretas, fotógrafos personales, regalos para el paciente, sesiones informativas sobre qué hacer, cuánto tiempo debía quedarme, qué decir. Cada cosa fue arreglada hasta el milésimo segundo. Vas a hacer esto. La mano de Pedro acarició la parte baja de mi espalda. Él estaba siendo forzado a ser parte de este circo también. Mi marido estaba a punto de conocer mi pasado. Todo lo que quería olvidar. No es más que un soldado que ha sido lesionado por servir a su país.
—Sr. Alfonso, se quedará a su izquierda hasta después de su introducción al Teniente Pieres, entonces se excusará de la habitación para tomar una llamada telefónica. Su esposa va a terminar la visita por sí sola con el Teniente Pieres. —La secretaria de prensa que se dirigió a Pedro, palideció ante la mirada que él le dio. Hizo una mueca de dolor. No pude verlo lanzándole la mirada de aléjate-maldita-pretenciosa, ya que estaba un poco fuera de mi campo de visión, pero pude imaginar cómo lucía su rostro ahora. Y no, Pedro no se llevaba bien con las instrucciones en absoluto, ¿lo haría ahora? Especialmente cuando le había dicho que me dejara en manos de otro hombre. Facundo no es solo cualquier otro hombre. Pedro podría ni siquiera seguir sus instrucciones. Supongo que la Señorita Secretaria de Prensa estaba a punto de averiguarlo.
—¿Ya estamos listos? —Me preguntó, evitando deliberadamente el contacto visual con Pedro.
No.
—Sí. —Él es un soldado que ha sido lesionado por servir a su país. Lo conociste hace mucho tiempo… puedes hacer esto.
CAOITULO 177
PEDRO
Histérica, era la única manera de describirla cuando llegó a mi oficina. Leo hizo subir a Paula hasta el piso cuarenta y cuatro, y nos encontramos en la recepción. A partir de ahí la llevé directamente a la suite adyacente en donde trabajaba.
Ella miró alrededor del estudio con confusión, preguntándose probablemente por qué nunca estuvo aquí, o me oyó hablar de él. Decirle que este era el lugar donde me había follado a todas las mujeres antes de que ella llegara, no parecía apropiado en ningún momento, ¿pero ahora mismo? Estaba fuera de puta cuestión.
Así que la sostuve entre mis brazos en su lugar.
—Dime que estás bien, nena.
—Pedro, ¿por qué me hacen esto? ¿Cuándo, alguna vez, van a parar?—Sus preguntas me rompieron el corazón. Como si me clavaran un cuchillo en el pecho dándole un golpe cordial, rompiendo mis huesos y arrasando mi carne.
—Paula, necesito que te calmes y que me escuches. —Tomé su rostro entre mis manos y lo levanté, obligándola a concentrarse en mí—. El senador Pieres me llamó esa noche después de que la noticia estallara. Él quiere que tú visites a su... hijo en el hospital, y mostrar al mundo lo buenos amigos que son. —Me puso enfermo tener que decirle eso, pero me había dado cuenta hace un par de noches, que no había manera de salir de este lío.
—¿Él te llamó? ¿Hablaste con él y no me lo dijiste?—Gritó en tono acusador.
Sacudí la cabeza.
—Lo siento, pero hice un juzgamiento de la llamada…
—Pero, ¿por qué? No quiero ver a Facundo Pieres otra vez, jamás mientras esté viva. No te atrevas a pedirme que vaya con él —espetó—. ¡No eres mejor que mi madre!
Con sus ojos quemándome violentamente, me di cuenta de que ella hablaba en serio, así que cerré esa idea de una puta vez.
—No, no es cierto —dije, agarrándola con ambos brazos, obligándola a enfocarse en mí—. Le dije que no. Le dije que no iba a pedirte que hagas algo que te molestaría, pero entonces me mandaron esa captura de Facebook. —Bajé la voz y le dije la brutal verdad—. Esa mierda no va a desaparecer hasta que vayas y registres que eres una amiga cercana de la familia.
—No… —dijo lastimosamente.
—Paula, nena… hay otros que saben acerca del video, tú misma me lo dijiste. Esta visita para ver a Pieres en el hospital hará que sea inútil. No puedo arriesgarte más de lo que ya he hecho. Por favor, sólo escucha el porqué.
¿La mirada que me dio? Esa expresión trágica en su hermoso rostro, surcado de lágrimas y devastación… Jodidamente lastimándome.
Después de un momento, cerró los ojos y asintió con la cabeza casi imperceptiblemente.
La besé largo y lentamente. Sólo para acercarnos, y mostrarle primero y ante todo, lo mucho que la amaba. Entonces la hice sentarse y le hablé de mi conversación con el Senador. Acerca de lo importante que era evitar que algún otro que supiera de la existencia del video, intentara hacer lo que había hecho Bruno Westman. El punto degenerado chantajista. Y, también neutralizar cualquier efecto negativo al declarar la amistad con Facundo Pieres. Perro violador con dos pollas. Como si verlos siendo amigos, entonces un crimen nunca pudo haber ocurrido… sólo una indiscreción juvenil entre dos niños, en caso de que el video alguna vez saliera a la superficie para avergonzar al futuro Vicepresidente de los Estados Unidos. Gusano inmoral chupapollas.
Paula lo asimiló todo, escuchándome hablar sin interrumpir o arrastrar cada cosa con más preguntas. Sus claros ojos marrones me seguían, procesando silenciosamente la situación. Dios, admiraba su fuerza. Nunca dudaría de la valentía de mi chica, o su inteligencia.
Pero también estaba haciéndole daño en este momento.
Sabía cómo era enfrentar las cosas que te asustaban. Para Paula, ser obligada a visitar a Oakley en cama la asustaba.
Está jodidamente matándome también.
Ella pareció pensar en cada cosa que le había dicho, y se levantó dirigiéndose al cuarto del baño, deteniéndose ante el espejo. Se quedó allí observándose, con aparentemente poca emoción, luciendo, en algunos aspectos, en nada similar a la chica apasionada que había conocido en mayo.
Finalmente se dio la vuelta para mirarme. Sus labios temblantes, con los ojos llenos de lágrimas, abrió la boca para hablar. Su garganta tragando reflexivamente, su voz quebrada:
—Yo-Yo tengo que ir a ver a Facundo… ¿no?
Me encogí ante su pregunta, sabiendo que solo había una respuesta que le podía dar. Puta situación llena de mierda.
CAPITULO 176
Leo sostuvo la puerta para mí cuando salí de la oficina de la Doctora Roswell.
—¿Quiere que la lleve a casa, Señora Alfonso?
Suspiré hacia mi gentil y gigante conductor.
—Leo, por favor. Ya hemos pasado por esto una y otra vez. Quiero que me llames Paula.
—Sí, Señora Alfonso. ¿A casa entonces?
Le lancé una lenta inclinación de cabeza, y murmuré:
—Me rindo. —El hombre era tan estoico, y sin embargo todos los días sentía que me estaba tomando del pelo, jugando a este pequeño juego nuestro. Me acomodé en el asiento y medité lo que la Dra. Roswell y yo habíamos hablado sobre el TDEP Trastorno de estrés postraumático. Tenía mucho en qué pensar. Por Pedro y por mí misma, pero sobretodo, sólo quería ser una buena esposa y un apoyo para él.
Haciéndole saber que estaba allí, y que lo amaba, no importaba lo que él había gritado durante un mal sueño, o necesitaba de mí para que se sintiera mejor. Si se necesitaba un poco de sexo duro para ayudarlo a relajarse después de un mal sueño, entonces podía hacer eso. El sexo era siempre excelente, y ahora mismo mi cuerpo era una gran unidad llena de hormonas, así que…
Mi teléfono sonó y lo saqué de mi bolso. Era Oscar.
¿Estás bien, cariño?
Sonreí cuando lo leí. Oscar no había debajo de preocuparse por mí solo porque estaba casada con Pedro ahora. Nos manteníamos en contacto religiosamente. Él era un amigo que me amaba con todo el corazón, y sabía que sólo podía ser yo misma cuando estábamos juntos. Oscar y yo éramos diferentes de una manera que no podía ser con Gaby. Oscar y Gaby eran muy cercanos, pero ella tenía sus propios demonios también. Las dos le tomábamos el pelo a Oscar con que atraía a amigas con montañas de problemas emocionales. Él dijo que le daba “puntos de marica” saber que nos hacía mujeres motivadas. No podía estar en uno, pero hacía girar al mundo, por lo que valía la comprensión. Tristemente, su broma era cierta. Oscar había visto la historia de Facundo salpicando en todas las noticias. Diablos, una persona tendría que vivir bajo una roca para no haberlo escuchado. Así que sólo estaba haciéndome saber que estaba en mi esquina.
Le respondí:
Lo estoy :) Te extraño también. ¿Me llevarás a comprar unas cuantas prendas de maternidad algún día pronto?
Sí, mamá sexy. XO
Tenía el mejor gusto, en cuanto a todas las cosas de la moda y diseño. Oscar haría que lo haga bien en el departamento de ropa, no tenía ninguna duda.
El tráfico de Londres dictó que el tiempo dedicado para llegar a casa iba a tomar mucho más de lo que debería, así que comprobé los correos electrónicos y los respondí, hasta que mi bandeja de entrada quedó limpia. Leo no era un charlatán, así que no tenía que mantener con él una conversación mientras conducía el Rover expertamente a través de las calles obstruidas y la llovizna de otoño.
No se me escapó el conocimiento de que mi madre nunca trató de llamarme tampoco. No era una sorpresa realmente. Yo había dicho algunas cosas bastantes duras y le había colgado. Pasaría un tiempo antes de que volviéramos a hablarnos. Nuestra relación estaba hecha un asco. Odiaba creer eso, pera la verdad a menudo era fea, y para mi madre y para mí, la verdad era un súcubo con intenso SPM sindrome pre-menstrual.
Mi teléfono me alertó sobre un texto entrante. Cavé dentro de mi bolso una vez más y lo leí.
Era un mensaje multimedia que incluía una captura de pantalla de mi perfil de Facebook. Miré más de cerca, sintiendo a mi corazón hundirse como una piedra cuando descifré exactamente lo que me habían enviado. Una publicación que habían hecho de mi perfil, cuando había usado el GPS en Facebook para que Pedro diera con el lugar en donde Bruno me tenía. También había etiquetado a Bruno Westman en ¿Con quién estás? Así que Pedro supo quién me habían llevado. Debajo de la pantalla había solo una frase:
Bruno Westman ha estado desaparecido desde el 3 de Agosto y el último contacto conocido eras tú.
viernes, 5 de septiembre de 2014
CAPITULO 175
Paula
—Encontré a Pedro fuera en el balcón fumando, hace unas pocas noches. Había estado molesta antes por… la situación con Facundo Pieres… y desperté en medio de la noche encontrando la cama vacía. Me levanté para ir al baño, y luego fui a buscarlo. Él había intentado dejar de fumar, y lo estaba haciendo bien por lo que sabía, pero hace un par de noches… me di cuenta que se había salido de la carreta.
—La adicción a la nicotina no es más difícil de superar de lo que son las drogas o el alcohol —dijo la Dra. Roswell sin prejuicios.
—Creo que es más que solo la adicción a la nicotina en su caso, sin embargo.
—¿Cómo es eso, Paula?
—Umm, me dijo una vez sobre el tiempo que pasó como prisionero de guerra en Afganistán. —No estaba segura de qué contarle, porque sentía que era como una traición compartir la historia de Pedro sin su permiso. Decidí que mi necesidad de información superaba su vida privada—. Fue captivo y torturado durante veintidós días. Durante su tiempo en cautiverio, sufrió necesidad por los cigarrillos hasta el punto de que casi se volvió loco. Me dijo que los cigarrillos eran un recordatorio de que había sobrevivido. De que él estaba vivo después de todo lo que tuvo que soportar… para poder fumar un día más. Él tiene terribles pesadillas y sufre a través de ellas, y cuando intento ayudarlo se cierra. No me dice mucho, y creo que se siente avergonzado. Es horrible… Me preocupo mucho por él.
—Me imagino que es muy difícil para Pedro. Muchos soldados sufren de Trastorno de Estrés Postraumático. —Me di cuenta que ella lo escribió en su libro.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por él?
—Lo que tienes que entender acerca de las víctimas de traumas, y por lo que acabas de decirme, Pedro ha sufrido y sobrevivido a un trauma en extremo, por el cual ellos harán casi cualquier cosa para no tener que recordar lo que le provocó el trauma en primer lugar. Es demasiado doloroso.
—Así que, cuando lo presiono para que me diga, ¿sólo lo hace más difícil para él? Pedirle que hable de lo sucedido, ¿le dolerá aún más?
—Bueno, pensando en tus términos, Paula. Tú has sufrido un trauma. Y eso afectó tu vida en todos los sentidos. Me acabas de decir acerca de cómo la cobertura de las lesiones de Facundo en los medios de esta semana te ha molestado muchísimo. —La Dra. Roswell nunca fue de aquellos que endulzaban las cosas—. ¿Qué tan duro trabajas en evitar recordar lo que te pasó?
Real y jodidamente duro, Doctora.
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